El impulso para este artículo proviene de una experiencia desagradable. Venía leyendo El loco de Dios en el fin del mundo, el libro de Javier Cercas sobre el Papa Francisco, de 2025, cuando me encuentro con este párrafo:
Francisco dijo que los artistas «se toman en serio la riqueza de la existencia humana […], incluidas sus contradicciones y sus aspectos trágicos», y que poseen una visión compleja y multifacética de lo real. Dijo que el arte sirve para ampliar los límites de nuestra experiencia y nuestro conocimiento. Dijo, atacando a Martin Heidegger sin mencionarlo, que el artista desenmascara la mentira de que el hombre es un «ser para la muerte», y repitió el verbo «desenmascarar» cuando sostuvo que el artista se aplica a desactivar mentiras, lugares comunes contra los que entabla un combate inclemente.
Y de inmediato se me fueron las ganas de seguir leyendo. No estoy diciendo que haya que dejar de leer a Javier Cercas. Estoy diciendo que congeló mis ganas de seguir leyendo ese texto.
Hay diversos motivos para elogiar a Francisco, pero no ese. Como Cercas mismo dice unas palabras antes, el Papa no gozaba de una reputación intelectual. La frase es, pues, una de las tantas que dijo Francisco en el marco de una incontinencia fundamentalmente política. Pero Cercas —que ya se ha declarado racionalista al comienzo del libro— lo pone en letra impresa. Lo celebra. Le parece magnífico que el propio Papa lo diga, porque él también lo piensa.
Pues, bien. Tomar en sentido vulgar, tal una frase que se extrajera de una conversación casual, lo que es una determinación ontológica, un componente técnico del análisis “existencial” —en realidad, existenciario— que funciona dentro de un conjunto interpretativo y no un deseo ni un auspicio gratuito, es asombroso. Pretender que “ser para la muerte” —en realidad, ser-para-la-muerte en su formato más específico— es lo contrario a “ser para la vida” es basto, es grosero, es agreste.
Es como si se quisiera concluir que de la expresión “terapia terminal” de la medicina se pudiera deducir la intención criminal de esa especialidad.
Abundan los autores que lo explican de modo más ameno que el propio Heidegger. Aquí, por ejemplo, Luis Tamayo, en Martin Heidegger, caminos - Ensayos sobre Heidegger:
La experimentación del ser no es una experiencia atemporal, es una experiencia histórica, la cual implica, como deja muy claro Heidegger en la última parte de El ser y el tiempo, la finitud del Dasein. Finitud presente en el Dasein como ser para la muerte y que, contrariamente a lo que el sentido común supone, es lo único que permite al Dasein entregarse a su proyecto.
Contrariamente a lo que el sentido común supone…
Maite Saurí Navarro, en el artículo Martin Heidegger del Diccionario de filosofía Herder:
La muerte es concebida como un “no ser ya más”. Implica, por tanto, la no realizabilidad de ninguna de mis posibilidades. Es, sin embargo, la posibilidad más propia de mi existencia, es decir, su fin, en el sentido de que toda mi existencia está referida a la muerte, entendiéndose como un ser-para-la-muerte (Sein zum Tode). Ello muestra el carácter de pura posibilidad de la misma.
Es, sin embargo, la posibilidad más propia de mi existencia…
Ser para la muerte no solo no se contrapone a ser para la vida sino que es aquello que —en la filosofía de Heidegger— abre la posibilidad de ser.
Hay muchas oportunidades de equivocarse con Heidegger, casi como con cualquier filósofo e, incluso, con cualquier especialidad a la que uno es ajeno.
Para abundar con un ejemplo más transparente aun, aunque de un tema diferente, considérese el siguiente fragmento de El retorno al fundamento de la metafísica (prólogo a la quinta edición de ¿Qué es metafísica? de 1949):
El ente que está en el modo de la existencia es el hombre; solo el hombre existe. La roca es, pero no existe. El árbol es, pero no existe. El caballo es, pero no existe. El ángel es, pero no existe. Dios es, pero no existe.
Una lectura no filosófica, que abandone el párrafo aquí, podría conducir a montones de equívocos: que las rocas, los árboles y los caballos no existen y que, además, Dios tampoco existe. Heidegger emularía, entonces, a Berkeley pero sería, en cambio, ateo.
Sin embargo, el propio Heidegger explica a continuación:
La frase: “El hombre existe" no significa, de ninguna manera, que solo el hombre sea un ente real, que todos los demás entes sean irreales y solo una apariencia. O la representación del hombre.
Continúa, no obstante, con un argumento que es mucho menos transparente:
La frase: "El hombre existe" significa: el hombre es aquel ente cuyo ser se distingue, desde el ser, a través del expuesto estar dentro, en el estado de no oculto del ser.
No pretendo explicarlo aquí, pero sí señalar que la palabra “existencia” tiene en la filosofía en general, y particularmente en Heidegger, un significado completamente específico que dista del uso que se hace de ella en el habla cotidiana.
Extraña, pues, que se pretenda leer filosofía como se lee una noticia del periódico. Si se quiere actuar una travesura que pase por inteligente, es recomendable informarse y evitar desbarrancar en el ridículo.
Ni el Papa Francisco ni Javier Cercas leyeron —es obvio— a Heidegger. No es bueno que pretendan, pues, citarlo, y además, fuera de contexto.
El caso de Cercas trajo a mi memoria otro semejante que tuvo por protagonista a Damián Selci. El joven Selci escribió en 2010 en inRock libros —la sección libros de InRockuptibles— una breve reseña del libro Alternativas de lo posthumano, de Oscar del Barco.
Dice allí cosas como esta:
La lectura de Alternativas de lo posthumano, volumen que antologa los últimos treinta años de su producción ensayística, permite conocer más profundamente el pensamiento de este autor, que en materia política también se reduce a una consigna simple: “no harás nada”
O esta:
Pese a su oscuridad inicial, esta renuncia a comunicarse con el lector se disipa pronto: el Sistema es la Técnica (“video, tele, computadora”) y el Anti-Sistema es la experiencia mística, o sea, las experiencias con alucinógenos. Sería fácil deshacerse de estas ideas situándolas en el pesimismo finisecular del siglo pasado, cuando todavía no se podían vislumbrar ni las potencialidades contrainformativas de Internet ni el socialismo de Evo Morales. Alternativas de lo posthumano documenta el desguace ideológico de un pensador que se tomó en serio la crítica heideggeriana de la modernidad y que propone consecuentemente el camino liberador del LSD, el mutismo zen y la inacción contemplativa, todos lujos a los que la clase explotada, dicho sea de paso, no puede acceder.
Es un caso casi paralelo al de Cercas. Es como si Selci tomara literalmente el cartel que en el piso 40 advierte “No suba! Acceso al techo restringido” y lo colgara en la Planta Baja.
No se trata de eso. A quien llega al edificio hay que decirle: Sí señor, suba a su piso. No es necesario que se quede aquí y puede incluso acelerar el paso si al cruzar la calle ve venir un camión.
Son asuntos diferentes.
En todo caso, lo que puede significar el cartel en el contexto filosófico, es: ¡No agreguen más pisos, no hagan el edificio más alto! Esa es la advertencia.
Heidegger —y Oscar del Barco— hablan del rumbo de la humanidad. De la paradoja de que el socialismo haya terminado en capitalismo. De frases como esta, que acabo de leer en el New York Times: “Incluso si el mundo redujera las emisiones a cero, el planeta no se enfriaría en milenios.”
No dicen que no organices un sindicato. Que no hagas una huelga. Que no promuevas una manifestación.
Hay dos escuetas menciones de Borges a Heidegger, una directa en Nota sobre Bernard Shaw en Otras inquisiciones, de 1951, típica de un arrebato antiperonista y la otra, irónica en Guayaquil en El informe sobre Brodie, de 1970, típica de un arrebato antiperonista.
En la primera dice:
Los temas fundamentales de Shaw son la filosofía y la ética: es natural e inevitable que no sea valorado en este país, o que lo sea únicamente en función de algunos epigramas. El argentino siente que el universo no es otra cosa que una manifestación del azar, que el fortuito concurso de átomos de Demócrito; la filosofía no le interesa. La ética tampoco: lo social se reduce, para él, a un conflicto de individuos o de clases o de naciones, en el que todo es lícito, salvo ser escarnecido o vencido.
El carácter del hombre y sus variaciones son el tema esencial de la novela de nuestro tiempo; la lírica es la complaciente magnificación de venturas o desventuras amorosas; las filosofías de Heidegger y de Jaspers hacen de cada uno de nosotros el interesante interlocutor de un diálogo secreto y continuo con la nada o con la divinidad; estas disciplinas, que formalmente pueden ser admirables, fomentan esa ilusión del yo que el Vedanta reprueba como error capital. Suelen jugar a la desesperación y a la angustia, pero en el fondo halagan la vanidad; son, en tal sentido, inmorales. La obra de Shaw, en cambio, deja un sabor de liberación. El sabor de las doctrinas del Pórtico y el sabor de las sagas.
Llegados al punto que propone Borges, cualquier decir frente al mundo —las obras de Heidegger y Jaspers, las de Shaw, las de Borges e, incluso, el Vedanta— es vanidad.
Nunca me simpatizaron las falacias —esos dictados de la razón en grageas— pero si se tratara de agregar una —aunque tal vez ya exista—, la llamaría “falacia del disparo al techo”: el techo cae, claro, sobre tu oponente. Pero también cae sobre ti.
No conviene olvidar, no obstante, la oportunidad de esta manifestación. Solo dos años antes Heidegger había sido invitado al Congreso Nacional de Filosofía de 1949 en Mendoza. No solo había sido invitado, aparentemente. Según consigna Rubén H. Ríos en Qué es el peronismo, Una respuesta desde la filosofía,
… el canciller de Perón puso a su disposición un avión para que lo trasladara. Hasta último momento se esperó que viajara, pero al encontrarse bajo los procesos de “desnazificacion” desarrollados en la Alemania de posguerra no pudo salir del país.
El plan no era, pues, solo liberarlo de su aislamiento. Era instalarlo en la Argentina.
Al mismo arrebato corresponde eso de “el argentino” —mayoritariamente peronista en 1951—, una diatriba del nivel del Homo Argentum de Guillermo Francella.
La segunda de las menciones de Borges a Heidegger, dice:
Trátase, como tal vez lo sepa el lector, de un historiógrafo extranjero [el doctor Zimmermann], arrojado de su país por el Tercer Reich y ahora ciudadano argentino. De su labor, sin duda benemérita, sólo he podido examinar una vindicación de la república semítica de Cartago, que la posteridad juzga a través de los historiadores romanos, sus enemigos, y una suerte de ensayo que sostiene que el gobierno no debe ser una función visible y patética. Este alegato mereció la refutación decisiva de Martín Heidegger, que demostró, mediante fotocopias de los titulares de los periódicos, que el moderno jefe de estado, lejos de ser anónimo, es más bien el protagonista, el corega, el David danzante, que mima el drama de su pueblo, asistido de pompa escénica y recurriendo, sin vacilar, a las hipérboles del arte oratorio. Probó asimismo que el linaje de Zimmermann era hebreo, por no decir judío. Esta publicación del venerado existencialista fue la inmediata causa del éxodo y de las trashumantes actividades de nuestro huésped.
“… el moderno jefe de estado, lejos de ser anónimo, es más bien el protagonista…” etc., puede ser, a ojos de Borges, tanto Hitler como Perón. El plus de un Heidegger “fotocopiador” y antisemita, no hace más que acentuar la escena.
Sin embargo, nada menos que Steiner dice en su obra Heidegger:
Las acusaciones de antisemitismo resultan, respecto de la magnitud del caso, banales; pero además son, creo, falsas. No he podido encontrar ni sentimientos ni expresiones antisemitas en las obras de Heidegger, ni siquiera en las de naturaleza pública y política, hecho que, para comenzar, lo distingue de la corriente principal del nazismo.
El mencionado George Steiner es el último en este repaso por algunos escritores que no les ha ido bien con Heidegger. Es sin duda, el más inocente de todos. Su libro es a veces sesgado, pero es la opinión de alguien que sí leyó a Heidegger. Solo un detalle. Dice en dicho texto:
Durante las décadas de 1950 y 1960 Heidegger no se pronuncia acerca de la hegemonía estadounidense-rusa sobre el planeta; ni de la destrucción del medio ambiente (que ya había advertido, con soberbia clarividencia, durante los años veinte).
Y bien. Se equivoca. Como prueba el breve fragmento de la sección Videos de este sitio, Heidegger sí se pronunció en 1963, al menos, sobre la hegemonía estadounidense.
(Todas la negritas son mías)
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