A todo me refiero


Arpista de narrar gástrico, solía decir de sí misma.

_ ¿Por qué tía? No.
_ Porque cada vez que toco una cuerda a alguien le duele el estómago.

Arpista de narrar gástrico, indolente a fuerza de meditada dolencia, tía Marta aunaba buena parte de las reservas que una familia puede mantener ante la parentela entera. Magra, en el límite de la existencia, transida de algo inmaterial, en su inmediación el universo se ordenaba de repentinas maneras. Gozaba de la extraña habilidad de desplegar lo efímero en un abanico de eras, como si el acontecer se detuviera en cuanto ella le dirigía la mirada.

Por inferencia o inducción, por capacidad de abstracción o destreza sintética, ejercía, desde el sillón de mimbre, una habilidad de analista de inteligencia. Podía ser un desbarajuste familiar, un episodio de pareja o los misteriosos derroteros de la política nacional: hacía la pregunta precisa, iluminaba el perfil inusitado, subrayaba el detalle encubierto.

Recuerdo que le conté cuando el problema de papá y el tío Alberto. Nadie entendía por qué habían dejado de hablarse. ¿Cómo es que el tío, que llevaba veinte años, se iba de la empresa y justamente en un momento en que el país se venía abajo? Mi prima, a la que adoraba, y con quien hacía la facultad, la abandonó para entrar de dependienta.

Ella dijo: porque robaba, pero como tu padre es un caballero no lo ha puesto en evidencia.

Pero ¿cómo sabés tía? Si te lo acabo de contar, si no tenés casi contacto con la familia, si no te invitan ni para las Fiestas …

Ehh …, decía, mientras inclinaba los ojos al cielo.

Pasaron dos años hasta que supe a medias la verdad y tenía razón.

Si andaba enamorada ella no comentaba ¿cómo andás?, ¿qué es de tu vida?. Preguntaba: ¿cómo se llama? Cuando el tío Carlos se casó con la brasileña, pronosticó: no va a durar mucho.

Pero creo que el episodio que marcó su alejamiento de la familia fue cuando mi vejo había entrado al Comité Nacional de la Unión Cívica. Era un cumpleaños, me acuerdo, no sé de quién, y todos lo felicitaban y le auguraban promisorios destinos: Senador, Ministro, Embajador en Estados Unidos. En un momento que se había hecho un silencio, demorado un poco el entusiasmo, dictaminó: Balbín es un hijo de puta. Y nada más. Fue suficiente. Nunca más la invitaron porque, además, mi viejo, efectivamente, no tardó mucho en abandonar el Comité Nacional y la Unión Cívica.

_ Pero con más razón tía, mi viejo tendría que admirarte.
_ No, si me quiere mija. Tu viejo es un buen tipo. Pasa que la verdad hay que graduarla y yo les meto siempre una sobredosis. Es mi estigma, mi condena. Yo no la quiero arruinar, pero la arruino. Siempre. Indefectiblemente. Por qué te crees que sigo sola. Mi marido era de otra estirpe. Yo lo aguijoneaba, le cantaba las cuarenta, le batía la justa, como dicen ustedes. Pero él me miraba y se reía. No me daba lugar. Me miraba con cariño como diciendo: mirá que sos ladina. Y a mi eso me desarmaba, me ganaba a pura comprensión. Pero como él deben haber dos y no sé dónde está el otro.

»Mirá, la amistad en esta sociedad se sostiene sobre un acuerdo tácito, sobre una complicidad perversa: yo disimulo tus miserias, vos te aguantás las mías. Pero yo no sé disimular, me sale fatal, me pongo como una cabra. Tal vez me lo callo, un par de veces. Pero al final me sale, me sale solo. Y bueno, uno no le puede decir a un amigo, generalmente, que es un ignorante o un pelotudo. Parece que está prohibido. Parece que ya no hay pelotudos. Y que todos saben todo. Esta cosa de la apariencia, de la perfección, la gente se la cree. Se rodean de esa superficie luminosa, como un bocadito rebozado en brillantina. Antes las cosas eran de otro modo. Esto es un simulacro, esto no es la vida.

Y yo me quedaba mirándola, comprendiendo, pero si entender del todo lo que decía. Entonces la besaba y me iba.

Quería seguirla, quería incorporar ese talento pero, simultáneamente, le temía, temía terminar como ella, sola entre las plantas del patio.

Otro día le llevé un poema.

Moteja suspiros
rosa del haber sirviente
especioso cavilar
en complacida soledad
untada de exceso
la descomedida

_ ¿Qué te parece?
_ Y, un poquito rebuscado.
_ Sí ¿no? Pero sos vos. Lo escribí para vos.
_ Ah, entonces gracias. Ahora me gusta más. A ver. Rosa del haber sirviente. Eso es muy bonito, pero no sé qué quiere decir.
_ Bueno, yo tampoco. Es decir, más o menos. Rosa es eso, la flor. Haber es estar, persistir. Y sirviente es porque siempre estás disponible. Siempre me contás cosas, siempre me aconsejás.
_ Y descomedida es sin medida …
_ Claro.
_ Y sí, soy yo, está muy bien. Leche hervida, le decíamos antes a eso de excederse. Te salís del envase, te salís del tarro y después te tenés que volver a meter. No te queda otra. Pero ya dejaste el desparramo. Un poquito de vos quedó por ahí. Perdido.
_ ¿Perdido?
_ Bueno, no irrecuperable, pero cuesta remontar el vuelo después. No es sencillo. Te quedás preguntándote si no podría haber sido de otro modo.
_ Pero yo te veo muy bien. Entera.
_ Sí, bueno, más o menos. Entera. Sí, yo me siento entera, es cierto. Pero un poco sola.
_ Pero también es la edad.
_ Sí, la edad y no haber tenido hijos.
_ ¿Te arrepentís?
_ Sí, un poco. La vida nuestra no era para hijos. Esa es la verdad. Pero también hay cosas que hacés o no hacés. Y si las hacés, al final le encontrás la vuelta.
_ ¿Por qué no era para hijos?
_ Los setenta. Vos sabés.
_ Ah sí, entiendo.
_ Pero me tenés a mí.
_ Sí, mi vida, y es maravilloso.
_ ¿Qué estás tejiendo?
_ Una cosita, a ver si me sale.

Ya sé que la tía no es lo que se dice una tierna viejecita. Es áspera. Es, tal vez, complicada. O demasiado simple. Pero le pide a los demás menos de lo que se exige a sí misma. Cuando pasé la semana siguiente me tenía listo un pullover.

_ Gracias tía, que lindo.
_ A ver, probátelo.
_ Uff, ahh, ehh …
_ No, está chico. Uff… y las mangas largas. Es una cagada.
_ Nooo.
_ Sí, mija, una reverenda cagada. Lleváselo a tu hermana, a ver si le entra. Y si no, dejálo por ahí.

Andan soreteando, decía.

_ ¿Qué es eso, tía, suena horrible?
_ Viviendo a pedacitos, a soretes, mezquinando de aquí y de allá. ¡Los quilombos que habré tenido con tu tío!
_ ¿Por qué? ¿Por mujeres?
_ No. Por hombres. Bueno, también por mujeres.
_ ¿Cómo? ¿Por hombres o mujeres?
_ Por los dos.
_ ¿Cómo por los dos?
_ Porque a veces era un hombre y a veces una mujer.
_ ¿Vos tía salías con una mina?
_ Y sí. A veces.
_ …
_ Te quedaste muda.
_ Y qué te parece …
_ Mirá sobrina. A mi me quedan dos, quizá, tres. Cinco años de vida. No te voy a andar güeveando. La vida hay que gastarla —y enrroncaba la voz—, gastarla. No tenemos otra vida. O tal vez sí. Pero en cualquier caso no hay que irse con las ganas. Eso no es hacerle daño a nadie.
_ Pero el tío …
_ El tío tenía sus cosas. Y las que no quiso hacer, allá él. Yo lo quise. Nunca quise a nadie como a él. Pero la curiosidad a mi me puede, qué querés. Si sé, es porque he vivido. No porque me achiqué. Por eso no me banco a los hipócritas. Porque si no mienten a los demás se mienten, por lo menos, a sí mismos. Y no me refiero al sexo, que no tiene normas. No. A todo. A todo me refiero.


Tía nos dejó hace un mes. La Marta, como decimos los mendocinos. No sé qué va a ser de la casa, pero vine a regar las plantas. Ha brotado un yuyo nuevo: cardo pinchudo, arpista de narrar gástrico, jarilla del desierto.


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