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¿Myriam Bregman peronista?
Un ejercicio de imaginación política



En estos días han proliferado por las redes críticas y reflexiones alrededor de la figura de Myriam Bregman. Si acaso dijo que Milei y Massa eran lo mismo, si llamó a votar en blanco, si la izquierda es la culpable del triunfo de Milei por haber negado su porcentaje al candidato del peronismo. Y también —no es lo de menos— porque muchos peronistas declaran sin tapujos estar dispuestos a votarla si nada cambia en el ámbito de la principal fuerza de oposición.

Así las cosas, no pude menos que dejarme llevar por la imaginación y preguntarme qué hubiera pasado si Bregman y, al menos, el PTS —dejemos por ahora al FIT-U— hubieran mandado a votar por Massa y hubieran evitado, de este modo, el triunfo de Milei.

Aquí no importa si dicho porcentaje hubiera alcanzado o si la simple “orden” de votar a tal candidato hubiera sido acatada o no.

Mi pregunta va por otro lado. Tan por otro lado que iba a titular este comentario del siguiente modo: “El paso que el PTS no se animó a dar”. Deseché ese encabezado porque se prestaba a una mala interpretación. Parecía querer decir que circulaba información al respecto, cosa que no me consta en lo más mínimo. Y, sin embargo, ese título es mucho más adecuado a este ejercicio de imaginación: qué pasaría —o hubiera pasado— si ese sector de la izquierda hubiera decidido ocupar el lugar —el lugar que en cierto modo sigue vacante, ante la inmovilidad del peronismo o, al menos, del kirchnerismo— como sustituto de la izquierda peronista.

Suponerlo es descabellado pero, al mismo tiempo, instructivo.

Y, antes de entrar en lo más sustancioso del asunto, hay que señalar que el “estilo” del PTS y, sobre todo, de Bregman en relación al kirchnerismo ha sido bastante particular. Parte del prestigio de “la Rusa” proviene de este trato cuidadoso y considerado, que ha evitado la increpación inútil, la ligereza improductiva de la que muchos sectores de la izquierda no pueden abstenerse.

(Digresión: la de Bregman parece ser una cualidad específicamente femenina cuando se la contrasta con Del Caño o Castillo. La de hablar sin resultar triste, pesarosa. Quejica, diría un español.)

Hay que decir también que esto tiene sus antecedentes, aunque en una época y condiciones distintas: la de aquella agrupación denominada Palabra Obrera —elogiada por John William Cooke— que a partir del 57 y 58 del pasado siglo intentó hacer “entrismo” en las filas peronistas, pero que de hecho lo acompañó en la etapa de la Resistencia distanciándose del “gorilsmo” que manchaba a la izquierda tradicional.

Por supuesto, para el PTS eso hubiera ido mucho más allá de una simple decisión electoral. Hubiera significado un cambio profundo en su trayectoria y en su fisonomía, una zambullida en las turbias aguas del populismo. (En el PTS todo está perfectamente delimitado, todo es mucho más claro, siempre que no se pregunte —hasta allí no llegan sus investigaciones— qué es la claridad misma. Pero dejemos, por un momento, a Heidegger.) Aunque ello no implicaría, necesariamente, adoptar una identidad peronista, sí supone postularse como el peronismo esencial, los defensores del programa original que ni el General ni el kirchnerismo —al día de hoy— pudieron continuar.

Como respuesta a los tweets peronistas que achacan a Bregman el triunfo de Milei por no haber llamado a votar por Massa, los trotskistas suelen contestar: échenle la culpa a Randazzo y Schiaretti. Y no es que les falte razón. Pero pasan por alto algo mucho más significativo para este ejercicio: el votante peronista se lo exige a Bregman porque la percibe mucho más cercana, mucho más compañera, esto es, mucho más “peronista” —no importan las comillas— que Randazzo y Schiaretti.

¿Qué buscaría el votante de izquierda peronista —o, tal vez, algunos otros— en el PTS o, acaso, en el FIT-U?. Eso está bastante claro: los votos para un caso como el de Vicentín o como el del préstamo del FMI o como el de la reforma laboral. Y un largo etcétera.

Ello en primer lugar. Sin embargo, aunque se pueda empezar por ahí, lo que imagino debería llegar bastante más lejos. Y tiene una historia, que, al menos en parte, se puede contar.


Más antecedentes

La historia del marxismo consistió, en buena medida, en enfrentar la oferta que —desde el socialismo prusiano de Bismarck hasta el socialismo nacional de Perón— las clases pudientes dirigieron a los desposeídos.

Entre el Manifiesto Comunista de 1848 y la Crítica del Programa de Gotha de 1875 transcurrieron casi 30 años, los más productivos de Marx, en medio de los cuales redactó El Capital, su obra magna, pero en todos ellos refiere, de un modo u otro, al “socialismo de estado” del canciller alemán.

Y es que no es moco de pavo.

Fue el primer Estado social moderno. El primero, entiéndase bien. El primero quiere decir, aquel que no solo Marx sino todos los estados europeos combatieron por haber otorgado lo que ninguno estaba dispuesto a otorgar. Esto de “otorgar” bien puede ser interpretado desde el lado del marxismo como “lo que no pudo no otorgar” por haber sido vencido por las masas en ese terreno y, no obstante, no deja de ser excepcional que Bismarck se adelante con sus políticas a muchos conflictos futuros.

Para quien no sepa qué es eso del Estado social, resumo:

Entre 1883 y 1889, Alemania introduce:

- Seguro de enfermedad obligatorio
- Seguro de accidentes de trabajo
- Seguro de ancianidad e invalidez

Con algunos aspectos inéditos:

- Obligatoriedad legal
- Cobertura nacional
- Financiación contributiva (trabajador + empleador + Estado)
- Gestión institucionalizada
- Reconocimiento del riesgo social.

Aunque en Inglaterra y Francia existían algunas regulaciones laborales, ni se le acercaban. Tal es así que en el prólogo del libro de Chesterton Pequeña historia de Inglaterra, escrito en 1917, se dice:

La influencia de Alemania se dejaba sentir sobre Inglaterra, tanto en materia de reformas sociales como en materia de cultura. La guerra de 1914 vino a despertar a la Gran Bretaña de sus sueños germanizantes. Y el libro concluye en un alegato por la Edad Media, por Francia, por el catolicismo, y por una política gremial que contrarreste todo socialismo a la alemana.

Pregunta: ¿a qué les suena?
Respuesta: a peronismo, evidentemente.

Si admitimos, pues, que el peronismo es, en esencia, bismarckismo —lo que no muchos peronistas están dispuestos a admitir sin más (y es cierto que hubo más: la doctrina social de la iglesia, entre otros ingredientes, además de la propia capacidad del General) el trotskismo argentino está —y siempre estuvo— frente al mismo aprieto que Marx.

Ustedes dirán: bueno, Marx tenía razón. No se crean, porque cuando el primer partido marxista llegue al poder, su máximo dirigente, el mismísimo Lenin, admitirá en Acerca del infantilismo “izquierdista” y del espíritu pequeñoburgués: “…nuestra tarea consiste en aprender de los alemanes el capitalismo de Estado …”

Es más, la cita completa es mucho más explícita. Dice así:

Mientras la revolución tarde aún en “nacer” en Alemania, nuestra tarea consiste en aprender de los alemanes el capitalismo de Estado, en implantarlo con todas las fuerzas, en no escatimar métodos dictatoriales para acelerar su implantación más aún que Pedro I aceleró la implantación del occidentalismo por la bárbara Rusia, sin reparar en medios bárbaros de lucha contra la barbarie. Si entre los anarquistas y eseristas de izquierda hay hombres (recuerdo involuntariamente los discursos de Karelin y Gue en el CEC) capaces de razonar a lo Narciso que no es digno de revolucionarios “aprender” del imperialismo alemán, habrá que decirles una cosa: una revolución que creyera en serio a semejantes hombres se hundiría sin falta (y lo tendría bien merecido). (1)

Aclaremos que el “socialismo de estado” al que aludía Marx y el “capitalismo de estado” al que alude Lenin son esencialmente lo mismo. Ambos refieren a una intervención estatal decisiva que modifica las normas del mercado —incluido el laboral—, distante, sin duda, de la del peronismo, pero conceptualmente idénticas.

Marx no pudo ganarle la partida a Bismarck, ni antes de su muerte ni después. Es más. Todos los gobiernos de Occidente —desde la Rusia de Putin hasta la China de Xi Jinping— llevan la impronta bismarckiana: son, en esencia, diferentes formas y gradaciones de capitalismo de estado.

¿Podrá el PTS ganarle la partida al peronismo?

Desde el lugar hierático de los principios inamovibles, es bastante difícil. Sin duda, ganaran votos (tal vez incluya el mío), pero no mucho más.

Pueden contar con los jóvenes, que siempre estarán disponibles, pero no deberían olvidar que la vida es demasiado breve si la comparamos con la marcha de la historia. 70 años son 7 décadas. Sí has dedicado la mayoría de ellas a tus más puras ambiciones, puedes considerarte coherente. Pero si 10 años de kirchnerismo son algo mucho más real que 60 años de promesas de socialismo, algo tiene que cambiar. No se puede vivir de promesas. Tarde o temprano la sensación de vacío que deja ese alimento espiritual te deja exánime.

Hay que tener algo por lo que vivir en esta vida, no solo en la siguiente.(*)

(*) Frase de la película Ellas hablan (Women Talking) de la directora Sarah Polley, ganadora del Oscar a Mejor Guión 2023. Detalla la Wikipedia: En 2010, ocho mujeres de una colonia menonita aislada en el oriente boliviano luchan por reconciliar la realidad de su fe después que se revela que los hombres de su comunidad drogaron y violaron a varias mujeres durante años.


(1) Escrito: El 5 de mayo de 1918. Primera publicación: Los días 9, 10 y 11 de mayo de 1918, en los núms, 88, 89 y 90 de Pravda. Fuente: Tomado de V. I. Lenin. Obras Completas, tomo 36, pp. 283-314. Fuente: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1918/mayo/05.htm

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