Hago notar al lector, antes de entrar en tema, la ingeniosa ocurrencia de no haber incluido en el título de este texto signos de interrogación ni de exclamación. Como no obviará, el acento de la palabra “cómo” indica que no es un adverbio de modo sino de interrogación o exclamación. Pero hete aquí que, faltándole tales signos, la propuesta es que el lector mismo elija los que, al menos en principio, crea convenientes.
No obstante, debería advertir que la forma interrogativa tiene una sola interpretación, apunta a responder a la pregunta ¿de qué modo mira el pollo? Mientras la exclamativa tiene dos: ¡con qué intensidad mira el pollo! o ¡cómo se le ocurre al pollo mirar! De la diferencia entre estas últimas no puede dar cuenta la dialéctica.
Desde hacía varios días lo venía observando. Un pollo, distanciándose de la actitud pavota, o —en atención al particular— pollota, de sus congéneres, estiraba el cuello por encima del límite superior de la caja del criadero. ¿Qué pretende este pollo? ¿Es, acaso, un pollo filósofo o científico que imagina averiguar sino el qué al menos el cómo de la existencia? ¿Ha de atribuírsele a este ser —al ser del pollo— un alma o, tal vez, un pasado en otro contexto? ¿Es un pollo que, habiendo vivido ya varios siglos como hormiga o alimaña está preparado ahora a desempeñarse, pongamos, como mamífero, así se trate de una horrible rata? ¿Será en un futuro ignoto un Bergson que tejerá etéreas elucubraciones o quizá un Lenin que con frases cortas mas contundentes amilanará a adormilados terratenientes y pragmáticos burgueses?
Estas y otras cuestiones relativas a la teoría de la evolución ocupaban mi mente.
Pero un pollo mira de un modo ambiguo. Es verdad. Uno puede percatarse fácilmente que la mirada no se centra en nuestros ojos sino que parece oblicua o bizca, que no repara en la situación misma, que tal vez falte un self, un yo, un sí mismo que aporte a la mirada del pollo una pizca de reflexión. El que no parece estar en situación es su propio yo, pues está ausente. La mirada resulta, entonces, mecánica. Y, no obstante, mira. No solo mira, se esfuerza en hacerlo. Estira el cuello y apura el empeine para ver más allá. Algo que gran parte de los humanos detestan hacer.
Mas, sobre la teoría de la evolución yo tenía entonces, y guardo aun, ominosas dudas. No solo por aquella frase atribuida a Nietzsche que afirmaba que no podemos descender de los monos porque los monos no son tan estúpidos, sino porque, aun sin adherir al diseño inteligente y especies semejantes, la cosa tiene sus baldíos.
Por ejemplo, los veinte metros que separaban al trozo de cráneo y las tres muelas del fémur que cerraba el caso. Entiéndase: lo que hizo un “caso” del Pithecantropus Erectus fue el fémur —que según muchos era simplemente Sapiens— y no el cráneo y las muelas, que eran simiescos. Pero no había nada que los relacionara, solo el hecho de que estaban “cercanos” y la pertenencia a la misma capa geológica. Pero en dicha capa geológica también se encontraron dos cráneos perfectamente humanos. En fin, algo no que se devela, no que se desoculta sino que se construye. Un caso en el que se encuentra lo que ya se quería encontrar. En fin. Un horror. ¡Qué haremos sin el Homo Erectus! Pero, más allá de la posibilidad de que en esto me equivoque o me halle largamente desinformado, solo quería mencionarlo por hacer pie para saltar a otra cosa.
Se piensa, generalmente, que la teoría de la evolución fue un duro golpe a la teología. Sin embargo, yo encuentro pocas cosas tan teológicas como la teoría de la evolución. Veamos.
Evolucionamos. ¿Hacia dónde? Somos cada vez más complejos. ¿Cuánto más lo seremos? Somos cada día mejores. ¿Cómo quién? Como Dios. Al final de la teoría de la evolución se encuentra Dios y no puede encontrarse otra cosa. O sí, el Espíritu Absoluto, que es Dios con otro nombre. Darwin fue, pues, solo un hegeliano.
¿Y nuestro pollo? Nuestro pollo mira aun, mas, feliz de haber escapado a la condición de prueba o evidencia —morirá, pero al menos en una granja y no en un laboratorio—, bosteza indiferente al universo.
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