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¿Cuánto eres capaz de creerte tu propio relato?



Lo que me suele molestar de ciertas concepciones es el modo pueril en que algunos colectivos —o esferas o burbujas, si lo decimos al modo de Sloterdijk— confían en sus propias construcciones.

Eso se me hizo patente mientras veía la serie basada en las novelas de Patricia Cornwell conocida como Scarpetta —o Kay Scarpetta en otros países—, protagonizada por Nicole Kidman como la médica forense.

Resulta que a lo largo de varios capítulos previos —previos al 7mo al que me voy a referir— su sobrina, una linda y joven morocha, habla a través de un televisor con otra chica. Tal vez por distracción o porque me quedé dormido, perdí el momento y el motivo por el que comenzó este comportamiento un tanto extraño. Aunque no tanto si uno atiende a la costumbre del “chat en vivo” o el Zoom o la video-llamada.

Hasta ese momento yo creía que esa chica en la pantalla simplemente estaba lejos, quizás en el edificio de enfrente, en otro lugar de la ciudad, en otra ciudad o país o continente pero, en cualquier caso, circunstancialmente. Pero en dicho episodio me entero que no solo no está en ningún lado sino que se trata de la expareja de la jovencita morocha y está muerta.

¿Entonces? Entonces la explicación surge sencilla, aunque no deducida por mí sino de los mismos datos del episodio: se trata de una inteligencia artificial cuyo único mérito, comparada con cualquier otra, es que fue programada por la misma mujer que aparece en la pantalla y eso le da —nos obliga a suponer— un cierto margen de “credibilidad”.

Credibilidad que, al menos, la joven morocha no duda en otorgarle ya que es capaz, incluso, de enojarse con ella y apagarla.

Llegado a este punto me pregunté: ¿qué hago viendo una serie en la que se me obliga a creer no ya todos los entresijos del relato —los asesinatos de mujeres de algún desquiciado y el modo en que la médica forense los va desentrañando— sino a creer que alguien puede creer —alguien que, por otra parte, ya se presentó como una experta programadora y de ahí que su expareja también lo fuera— a tal punto en una Inteligencia Artificial como para enemistarse con ella?

Esto es doblemente increíble y hace agua por todos lados. No se puede seguir viendo salvo que uno acepte embobarse más de lo que cualquier producto pasatista comúnmente propone.


(Las Inteligencias Artificiales —al menos, las actuales, no las de los comienzos— son indiscutiblemente útiles: pueden realizar multitud de tareas sin que sea necesario requerirlas una por una. Basta con señalar un propósito general —por ejemplo, dime qué países tienen el 20% de su población en condiciones de indigencia— y en segundos obtienes el resultado —que, no obstante, siempre conviene consolidar. Y, claro, también cosas mucho más complejas, como la predicción de la estructura de las proteínas. Pero lo que no pueden —ni podrán nunca— es reemplazar a un ser humano en términos de emociones, salvo que creas que una escoba o un sartén se pueden emocionar. Y eso a pesar de superar ampliamente el Test de Turing, es decir, de llegar a deslizar exactamente las mismas palabras que una persona diría en una situación similar.

Se podría argumentar que entonces el problema es que “sabes” que se trata de una IA, pero que si no lo supieras, lo aceptarías. Pero no es tan sencillo. La relación con otra persona no solo se trata de respuestas “correctas”. Se trata, incluso, de respuestas “incorrectas” —al menos, incorrectas para ti— pero que generan un intercambio del que surge o puede surgir algo nuevo. Pero de una IA no puede surgir algo realmente nuevo, porque no es más que una copia de lo que ya sabemos.

El desarrollo de la IA en lo que a lo humano se refiere, puede que nos empuje, incluso, a un resultado paradójico, a un regreso a tiempos pretéritos: a la necesidad del “cara a cara”, a la necesidad del “lo vi con mis propios ojos”.

La simulación no es un problema nuevo, por supuesto. La simulación existió siempre. Tiende a pensarse que el jinete medieval que regresaba con la cabeza de su enemigo en la punta de la lanza, lo hacía por pura publicidad terrorista. No era solo eso. La cara del contrincante era la única manera de comprobar que tus tropas no habían llegado a un acuerdo a tus espaldas y te esperaba un ataque por sorpresa.

Del mismo modo, los periodistas actuales —y también los servicios de inteligencia—, salvo en casos excepcionales, consumen más recursos en verificar la información que los que invertían en el pasado.)


Repito lo que dije antes de este largo paréntesis: No se puede seguir viendo [la serie] salvo que uno acepte embobarse más de lo que cualquier producto pasatista comúnmente propone. Ahí, pues, comencé mi meditación sobre este asunto. ¿Por qué me molesta una ficción que tiene adentro otra ficción si, al fin y al cabo, todo es ficción? Y concluí que lo que me molesta es que esta segunda ficción no sea presentada como lo que era —ficción— sino como real.

Me explico. Uno acepta la primer capa de ficción en el sentido de que es algo que no ha sucedido pero podría suceder. Le cabe, pues, la posibilidad. Pero a un programador no le cabe la posibilidad de creer en su propia ficción: sabe, a ciencia cierta —porque él mismo la ha realizado—, que es una construcción.

Sería como pretender que creamos que un mago “cree” en su propia magia. No. No cree, él conoce el truco y no puede creer en el resultado que se muestra al público. Uno —el espectador— no puede creer que quien realiza el trampantojo —la trampa para el ojo— crea que algo ha aparecido de la nada.

Pues bien. Este doble juego de mentiras —este golpe duplicado a la conciencia— es el que uno recibe cada vez que escucha a Milei o a Caputo o a Trump.

No se trata ya de que haya un cierto relato que funciona en el marco de cierta concepción y cierta realidad que no lo desdice, al menos, totalmente. No. El golpe al ojo es total. No solo es mentira para ciertos puntos de vista, es mentira para cualquier punto de vista.

Volviendo al principio, entonces, lo que molesta es la facilidad con que algunos se creen su propio relato. No el hecho en sí de que lo crean —pues todos creemos en algo— sino esa facilidad.

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