Distopia y semivida


Probablemente lo más oneroso en términos vitales sea hoy, para la existencia mediada en el planeta —llamo existencia mediada a la vida de las personas que estamos en contacto con los medios de comunicación—, el reinado, la naturalización, del autoengaño, de la displicencia con que se acepta una existencia rota, quebrada, dividida entre lo que es y lo que debería ser.

El modelo de lo que resulta apetecible o, al menos, aceptable ha decaído hasta tal grado en la civilización que su sola visión induce a la arcada o al vómito o a la triste convicción de la pérdida de toda esperanza.

Que la mentira haya sido adoptada como norma presupone un permanente, agotador y desorientador esfuerzo de ida y vuelta, de falsos acuerdos, de supuesta relatividad que no es relatividad siquiera, por hacer coincidir o, mejor dicho, mal adaptar —pues ya todos hemos renunciado a la pretensión de coincidencia— las palabras y los hechos.

Se vive la mitad —o mucho menos— y el resto se lo rellena con apariencias. Apariencias que no están destinadas solo a los otros sino a uno mismo. Y se presenta esto como normal. Y no solo como la norma sino como el éxito. Después viene el asombro de que un fiscal “exitoso” (Nisman) se pegue un tiro. O que el suicidio sea la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años.

La mentira mata. Pero no solo la mentira de las farmacéuticas o las tabacaleras o los gobiernos. La mentira de los padres también mata cuando no ofrece a sus hijos otro modelo que una vida de mentira.

Lo contrario a una semivida es una vida plena. ¿Es una vida plena una vida feliz? En un vida plena la felicidad estaría presente, pero no sería su condición esencial. Plena significa que llegue al fondo de sus posibilidades y puede que esas posibilidades la lleven por caminos no necesariamente o, al menos, no inmediata ni fácilmente felices. Lo que vemos hoy día es justo lo contrario. La felicidad es tan inmediata como efímera, estéril, quebradiza.

Pero no he dicho gran cosa. El contramodelo que se perfila hasta aquí se adaptaría tanto a la vida de Schopenhauer como a la de Macri. Macri también diría que no siempre se la pasa bien o que no siempre se puede hacer lo que a uno le gusta. Y, sin embargo, Macri —ni que decir Milei— es un fiel representante de lo que pretendo criticar.

Si uno quiere llegar más a fondo tiene que llegar al “qué” y mostrar que su intento no es un simple “cómo” del asunto, que tan lúdicamente se instala cuando se trata de juzgar las cosas. Un torturador puede torturar bien y estar satisfecho de su trabajo. El bien y el mal, si hemos de comenzar siendo un poco simplistas, no están tanto en el cómo como en el qué. Y esto es lo primero que la sociedad debería reasumir. Reasumir, digo, porque hubo un tiempo en que los hombres no se atrevían a ciertas cosas.

Atreverse. ¿Cuándo el hombre comenzó a atreverse? Atreverse es “Tener el valor o la decisión suficientes para hacer algo que comporta riesgo o provoca temor o inseguridad”. Pero uno escucha, por ejemplo: “No te atrevas a ponerme una mano encima”. Pegarle a alguien en inferioridad física ¿es tener valor? ¿No es, más bien, falta de valor?

Hay mucha confusión y la confusión viene de muy atrás. Está soterrada, solventada, por verdades a medias.

El Humanismo, ese movimiento sobre el que se erige nuestra época, fue una verdad a medias. Tampoco, entonces, reivindicar lo humano nos hizo más humanos, necesariamente. ¿Qué tiene que ver el progreso, el progreso material, con el progreso de los derechos humanos? ¿Las máquinas nos hicieron más humanos? ¿La técnica nos hizo humanos? ¿Somos humanos porque podemos sacar cuentas, aplicar un patrón, visualizar equivalencias? ¿Y la equivalencia fundamental, esa que iguala lo que es solo porque es? ¿Esa no la sacamos? ¿Esa la olvidamos? Y si olvidamos esa ¿de qué nos sirven las otras?

Porque enfrentar el poder omnímodo de la Iglesia estaba muy bien, pero cuál era la alternativa: ¿los Médici? ¿No eran los Médici curas sin sotana —y muchas veces con sotana— y su Iglesia otra Iglesia, la de la razón? ¿Y los cristianos primitivos, esos que no estaban ni con la Iglesia ni con nada parecido a los Médici? ¿Nadie los vio? ¿No existieron? No soy cristiano y en cuanto a primitivo no estoy seguro, pero ¿no era esa una opción mucho más entrañable?

Porque a los Médici, como a los Macri, los votamos nosotros (a los Médici, implícitamente) pero, encima, lo hemos olvidado y después nos preguntamos de dónde salió este mundo invivible.

Y lo peor es que los seguimos votando.

Seguimos cantando loas al progreso cuando la única discusión, la única con sentido, acaso sea si el progreso es posible. Que el progreso en términos relativos es posible, no hay dudas. Que sea relativo quiere decir que lo que ganes hoy lo tendrás que devolver mañana. Porque que yo sepa todo lo que hemos progresado lo estamos pagando bastante caro. Tan caro, que hasta es posible que hayamos perdido la oportunidad de devolverlo.

Si corres para hacer más cosas no has ganado tiempo. Ese tiempo que has ganado lo vas a devolver descansando más o arruinando tu salud y lo vas a pagar con vida. No se puede engañar a la naturaleza, porque no se puede deshacer en cien años lo que a la naturaleza le llevó miles. Y aun cosas que constituyeron verdaderas novedades, como las prótesis, por ejemplo, deben ser evaluadas por el costo total que significaron para la sociedad. Y ese costo total está a la vista. Y, además, no demuestra que no pudieran haberse desarrollado de otro modo, con una ciencia que fuera simplemente ciencia y no ideología.

No. No vamos bien.

Cuanto más ahondas en el tema más parece que el hombre sufrió un gran vacío que trató de llenar dando un portazo —y no niego que una religión oficial y burocratizada produzca un gran vacío. Pero las cosas venían de antes. Y tienen todo el aspecto de eso que se quiere arreglar no cambiando de rumbo sino insistiendo en él. Es decir, tratando de tapar un estruendoso fracaso. Como cuando se pide más deuda para tapar deuda.

Vivimos una distopía. Y hemos descendido varios niveles en ella. O, lo que es lo mismo, la distopía de una distopía de una distopía. Aunque la RAE diga de distopía: “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana” esto es muy real y muy actual. Solo basta verlo.

Como seguramente sabrás, religión viene de religare, re-ligar. Si hubo que re-ligar es porque la “liga”, lo que ligaba, se había roto. Pero la religión intenta reponer esa ligazón artificialmente. ¿Qué es artificialmente? Por medio de gestos, de prácticas que representan pequeños fragmentos de lo que antes estaba unido. En suma, de técnica. Sí, la técnica ya estaba presente en la religión porque la técnica no es más que esa conciencia superficial de lo importante que trata de llegar a la esencia de algo, en este caso, de volver a lo esencial, recordando y repitiendo lo superfluo. Es como aquella persona que pretende ser artista imitando los gestos, la forma, los modos del artista. En este sentido, tiene algo del pensamiento mágico. Pero el pensamiento mágico es libre de sí mismo, puede cambiar en cualquier momento, mientras la técnica es su propia carcelera.

Los pueblos “primitivos” tienen la vivencia de esa totalidad, no necesitan de la técnica. Saben que sus muertos están en algún lado sin necesidad de que se los diga un libro o un sacerdote. ¿Qué es que sus muertos estén en algún lado? Es que, como parte de un ciclo infinito, nunca dejamos de ser parte porque ya somos parte. Es ver el mundo sin resquebrajamientos, como algo inevitablemente unido. Lo que a nosotros nos tortura, nos angustia, es haber perdido la certeza de esa conexión, certeza que tratamos de reemplazar con el pensamiento. Pero el pensamiento no puede reemplazar a la vida. O tu vida está inserta en la naturaleza o vas a tener que recrear ese vínculo con el pensamiento, como recrea un parque de diversiones a la diversión o un videojuego a la aventura o un televisor a la compañía —eléctrica compañía. Por eso el quiebre está vinculado a la civilización, que viene de civis = ciudadano. Ser civil o ciudadano es vivir en una ciudad. En una ciudad no estás en la naturaleza. Nadie está allí en la naturaleza, así que tampoco tienes tu tribu (aunque las tribus urbanas intenten recrear esa vivencia). Todavía la aldea guardaba algo de aquella relación esencial, pero la ciudad ninguna. Pero aun en la aldea, si todas tus tareas están transidas de técnica es porque ya estás en otro lado, aunque ese lugar esté en medio de la selva.

La técnica es pues atajo, “cortar camino”. Pero “cortar camino” que no se puede cortar, porque lo que se corta al “cortar camino” es la vida misma. Es una sensación, creo, que los padres pueden reconocer muy bien. Yo me reconozco en ella porque soy un típico padre de ese estilo. Cuando mis hijas viajan o tan solo salen de casa, no puedo dejar de preguntarme si las voy a volver a ver. No hago nada al respecto, salvo darles todas las recomendaciones del caso. Pero sé con precisión que “cortar” ese peligro no sería más que “cortarles” un pedazo de vida. No se puede hacer nada al respecto. No se debe hacer nada al respecto.

Ese es el fundamento de la imposibilidad del progreso —del progreso en términos absolutos. Porque no hay progreso independiente de la existencia.


CC BY-NC-ND 4.0

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