El crecimiento de la ultraderecha


La situación mundial caracterizada por el crecimiento de la ultraderecha creo que obedece a una cuestión finalmente sencilla: es el resultado de la proyección a futuro de los actuales datos de la realidad.

Una parte de la humanidad está segura de que —o actúa de hecho como si— los parámetros de la deriva ecológica no puedan más que agravarse, no confía en que se detengan ni en la posibilidad de ningún control, y ha comenzado a pelear por su subsistencia.

No se trata solo de que estos sectores hayan sido tradicionalmente enemigos de cualquier tipo de socialización sino de que, a partir de ahora —según su perspectiva—, dejó de ser posible contemporizar, relativizar el flujo de acontecimientos que les permitía perder beneficios en ciertas circunstancias para recuperarlos en otras. Ellos perciben que ya no hay tiempo para eso y que el planeta “se achica” —se ha alcanzado el peak-oil, el agua potable está amenazada, las franjas de territorio habitable se reducen, las ventanas de clima apacible se comprimen— y su existencia pasa a ser una cuestión de vida o muerte.

Ya no hay posibilidad de compartir, no cabemos todos en el mismo planeta, y aun los que queden —sean de un lado o del otro— terminarán combatiendo entre ellos.

Ese es el panorama que tienen en sus cabezas y, por supuesto, no solo los poderosos sino aquellos que entre los pobres aspiran a su modo de vida y comparten la idea de que vivir se trata, fundamentalmente, de poseer cada vez más. Y en eso consiste la novedad. No en que los poderosos giren más a la derecha, sino en que ahora los acompaña un sinnúmero de gente perdida que ya no encuentra opciones en el campo de la izquierda.


La Modernidad creó un mundo mucho más dependiente que el anterior. Porque, entonces, tenías tu tierra o trabajabas la tierra de otro, pero de algún modo el acceso a la tierra —que en gran parte también era comunal— te daba una relativa independencia. Sus productos estaban en tus manos. Podías disponer de ellos de mil maneras, aun cuando no fueras su dueño.

En la era industrial sucede lo contrario. Estás obligado a buscar trabajo. El trabajo es algo que se te otorga, una oportunidad que se te brinda. Además, vives en una ciudad con sus propias reglas. Una casa vale tanto, un coche otro tanto. Tanto vale la electricidad, la luz, el gas, tanto el agua, tanto el transporte. No tienes todas las cosas que el campo te daba gratis o casi gratis. Podías levantar tu casa con los materiales del lugar, tenías la grasa de los animales para la luz, la leña para cocinar, el agua del pozo, el trote del matungo para desplazarte.

Ahora dependes para cada cosa del sistema. Entonces, es lógico que le reclames al sistema. Y el sistema es el que está gobernando, no importa quién. Un día te hartas de todo, de todas las formas de gobierno, de todos lo partidos políticos, de todos los dirigentes y es lógico, porque tu vida —la mediocridad de esa vida que llevas— depende de ellos y les exiges que se detenga de una vez esta locura.

Por eso, a un empleado del rubro que sea se le llama: el dependiente. Porque es lisa y llanamente eso, alguien que ha perdido casi toda posibilidad de propia iniciativa.

La Modernidad y su Sistema se han echado encima una tarea imposible, que no puede cumplir —atender las necesidades de todos, lo que antes sucedía naturalmente— y no sabe cómo zafar de ella. De ahí los intentos demenciales de los Javier Milei que quieren instalar que, en medio de este estropicio, cada uno se haga cargo de sí mismo. Imposible.

Los únicos gobiernos que tienen futuro son los asistenciales, incluso al extremo del chino, que hace de la asistencia una extorsión dependiente —otra vez— de tu comportamiento con aquello que llaman “crédito social”.

La otra alternativa sería más bien extraña: un cambio profundo en la subjetividad humana a partir del cual las muchedumbres acepten pacíficamente vivir en la miseria, algo que de algún modo sucede, pero solo en sociedades subordinadas al extremo.

La izquierda típica no trata este tema del mismo modo. No desea involucrarse en una crítica a la Modernidad, porque su origen es esa misma Modernidad, y por esos sus análisis son siempre escuálidos, escasos, circunstanciales.


La avalancha de desmesura obedece a una lectura extrema de la situación mundial. No estoy seguro de que tal situación exista ya, pero es evidente que tiende hacia dicho límite. En otras palabras, Estados Unidos y sus socios advierten que pierden el control del planeta, esto es, el proyecto capitalista global hace agua amenazado por concepciones si no opuestas, sí diversas.

En este contexto geopolítico, que se complica día a día —Ucrania ha sido derrotada; Arabia Saudita llega a un acuerdo con Pakistán que funda, de hecho, una OTAN asiática; la situación en Palestina no se estabiliza, pero Hamas no ha desaparecido; la vía del Estrecho de Ormuz sigue amenazada, y Rusia y China no paran de colaborar y de crecer— Occidente se siente arrollado por las circunstancias.

Y responde resguardando los recursos en sus áreas de influencia. Eso ha venido a hacer Milei, a alinear el país con el eje Occidental que se prepara para enfrentarse con el Oriente que ha decidido desconocer la hegemonía estadounidense y seguir su propio rumbo. Por eso la renuncia a los BRICS, por eso los barcos yanquis transitando nuestras costas, por eso Joe Lewis, por eso la Ley de Tierras, por eso Malvinas y por eso la amenaza a la Antártida.

Estos tipos están locos. Ya estaban locos desde hace tiempo, si han llevado al mundo al límite del calentamiento global. Y no tienen empacho en hablar de Armagedón, un término que aparece en el Apocalipsis de Juan y que refiere al “fin del mundo” o “fin de los tiempos”, cuando las fuerzas del bien enfrentarán, en batalla definitiva, a las fuerzas del mal.

Todos los indicios —la retórica, las medidas adoptadas, los vínculos— apuntan en la misma dirección. Estos tipos están pensando que se viene la Tercera Guerra Mundial, por eso lo precipitado de todo.


CC BY-NC-ND 4.0

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