Mi madre solía contar esta historia.
Era un hombre que vivía en los límites de un bosque. Durante bastante tiempo había alimentado a un lobo que con frecuencia se acercaba a los lindes del terreno. La bestia, finalmente, se había domesticado. Era ahora casi un perro que pasaba todo el tiempo con ellos. El plural refiere al niño, pequeño aun, de cuna, su hijo. No recuerdo los detalles. Tal vez fuera viudo o su mujer simplemente se había ausentado. Pero una tarde, el hombre sale a cortar leña no muy lejos de la casa. Deja al niño durmiendo. Y al regresar, no solo no encuentra al niño sino que el perro -el lobo- tiene el hocico ensangrentado. Duda unos instantes, busca al pequeño con unción, pero, desesperado, concluye que la fiera lo ha devorado. Toma su escopeta y, apuntando entre sus ojos, casi sin titubear, acaba con él. Agobiado, se arroja en una silla con la cabeza entre las manos. No habrá pasado quizás un minuto antes de escuchar los balbuceos del niño. Los sigue y lo descubre intacto bajo la cama. No logra explicarse lo ocurrido. Inspecciona la casa y comprueba que, desde afuera, el cerrojo de la puerta del fondo ha sido vencido. Hay también en el suelo, frente a la puerta, signos de lucha. Sangre, pelos, restos confusos de piel. Hay también huellas. Son de lobo. Concluye: su perro, su lobo, ha defendido al niño de una incursión de los de su especie. Ha sido él quien lo ha escondido y ha enfrentado luego, valientemente, al grupo.
La historia concluye con una pesada carga. El hombre declara, a un periódico local, que no hay día en que no recuerde los ojos del lobo que sostenían los suyos al momento del disparo. Tristes e inquisitivos a un tiempo. Y no hay vez que yo cuente esta historia que no me embargue una enorme desazón.
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