Estamos hoy aquí para despedir los restos mortales y rendir tributo a un compañero y un grande de la Patria: el Capitán de Fragata Lucas Pastrana.
Un hombre, un trabajador incansable del porvenir que en toda circunstancia opuso su semblante bravo al desaliento, que combatió la postración y la desidia, que embistió aun ante la adversidad y el desencanto.
Es cierto que los primeros impulsos de su inagotable inventiva recibieron la crítica mordaz y a veces la burla de alguno de sus camaradas. Cuando se poseen dotes excepcionales falta, a veces, el sentido de la mesura o la oportunidad para liberar al conocimiento público los adelantos de una mente visionaria. Pero esa es la marca indeleble del genio.
Me refiero, como tal vez alguno de ustedes recuerde, al fusil-despertador, ese artilugio orientado a poner fin a la más cotidiana y a la vez artera de las lacras que manchan el servicio de armas de la Nación: el dormitar durante la Guardia. ¿Cómo iba a adivinar, Pastrana, joven idealista todavía, que el ingenio humano se revela a veces ladino y doblega los propósitos más altruistas? El mecanismo se usó, claro, pero para dormir más tranquilamente aun hasta la hora del reemplazo. No arredrado por el momentáneo fracaso, Pastrana ajustó el aparato para que sonara en intervalos de diez minutos. Y aunque su efecto fue el esperado es indiscutible que ello proporcionaba al potencial enemigo la distribución exacta de los centinelas.
A pesar de su ascenso al grado superior de Teniente de Caballería, Pastrana abandonó el ejército de tierra para ingresar a la Fuerza Aérea. Con el grado de Alférez le llegarían los primeros éxitos, algunos de los cuales, de celebrada fama, lo hicieran conocido incluso en el extranjero.
Advertido de que la dinámica del desarrollo moderno eleva a la rapidez y a la versatilidad al primer rango entre las cualidades de una unidad de combate, concibe el que sea, quizá, su más imperecedero emprendimiento: el Cuerpo de Enfermeros Paracaidistas. Un cuerpo que, como tal vez algún ingenuo imagine, no se limita a llegar por aire al lugar donde es requerido, sino que desarrolla sus prácticas en el aire mismo atendiendo las urgencias que durante el descenso pudieran acaecer entre los combatientes. Aquí un apósito, allí una urticaria, la administración de un analgésico o un antibiótico, el enfermero ha sido adiestrado para mantener en el mejor estado posible a la tropa que desciende sobre el enemigo.
Menciono, solo para los más jóvenes, las indelebles imágenes que quedaron eternizadas por los Noticieros Cinematográficos de la época en las que se ve al Coronel M. —quien quiso permanecer en el anonimato— siéndole aplicada una lavativa —primer lavativa aérea— a cargo del Cabo Enfermero Ferdinando López, ante la intempestiva presencia de un cuadro de constipación. Todavía vemos al Cabo López, después de dos intentos fallidos, saludando triunfal hacia la cámara que, en arriesgada maniobra, sostiene desde otro paracaídas el omnipresente Pastrana.
Pero allí no concluyó su genio innovador. Fiel al derrotero de progreso que se había marcado, Pastrana concibió una nueva avanzada, una nueva alquimia: el Primer Cuerpo de Cirugía Montado. Este Cuerpo —aun en etapa experimental— está dotado de los más grandes adelantos de la técnica moderna y, obviamente, de un equipo de instrumentistas, anestesiólogos y auxiliares de las más diversas disciplinas, todos a su vez expertos en el manejo equino. Y como corresponde a su compromiso y vehemencia, en oportunidad de una apendicitis se ofreció él mismo para la primera intervención real que fue llevada a cabo con todo éxito en un trayecto improvisado en Sierra de la Ventana. Es cierto que el resultado final no obtendría la aprobación de un cirujano plástico, pero a Pastrana eso lo tenía sin cuidado y lucía su cicatriz como una herida de guerra.
Durante los dos meses que permaneció convaleciente en el Hospital Militar la mente de Pastrana no se acogió al descanso y mientras consumía cantidades ingentes de lápices y papel dio a luz innumerables proyectos que aun se mantienen en los Archivos del nosocomio para futuro análisis de los especialistas. De allí surgió la idea final cuyo fatal desenlace nos tiene hoy reunidos aquí: el Cuerpo de Paracaidistas a Caballo.
Así es. Es innegable que una fuerza de caballería que atacara de tal modo súbito era todavía algo impensado, no vislumbrado siquiera por las mentes más encumbradas. En las prácticas y ejercicios que precedieron al primer lanzamiento, y los registros que han quedado de ellos, lo vemos siempre aplicado a la observación del detalle, estricto y a la vez ameno en el trato del personal, más allá de un par de circunstancias en la que alguna incontinencia verbal condujo las cosas a las manos.
¡Pastrana no se amilana! solía decir el Capitán, entonces Alférez, que revistaba ya a la Armada al momento de su deceso, una fuerza que supo quererlo y lo recibió con los brazos abiertos y se enriqueció con su esmero pletórico de sueños y diseños, algunos inacabados, como los Capellanes hombre-rana, el torpedo a vela, la bicicleta táctica —que podía convertirse tanto en bicilóptero como en bicilancha— y tantos y tan maravillosos halagos a la inteligencia y destreza técnica de los argentinos y toda la especie humana.
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