El metal siente añoranza. Y quiere
abandonar las monedas y ruedas,
que le enseñan una vida pequeña.
Y de las fábricas y las cajas fuertes
retornará a los filones
de las montañas, cuyas fallas
se cerrarán nuevamente tras él.
Libro de la peregrinación
Rainer Maria Rilke
Se baja en la estación Jussieu. Podría bajarse en Lemoine, claro, pero le gusta demorarse. Este recorrido, o algún otro, es de las pocas cosas que no lo decepcionan. Todavía, al menos. Hablará de Merlin —de qué puedo hablar—, de ese híbrido político, religioso, místico. Citará nuevamente a Cocteau: “la historia es la presentación de una verdad que a la larga se convierte en una mentira; mientras que el mito es la presentación de una mentira que terminará volviéndose verdad”. Pero no servirá de nada. La última vez, un mocoso se levantó para decirle que hablaba de Merlín para no referirse a Palestina. Que era un agente del imperialismo, le faltó decir, si no fuera, tal vez, porque su cara de cansancio, de frustración, bastaron para ponerlo en su sitio. Continuó la clase y agregó al final: Merlin y Palestina están relacionados. Más relacionados de lo que creen. Pero son ustedes los que deben descubrir esa relación.
Cuántas veces Solange le había dicho que dejara la universidad, que se jubilara. Que estaba harto, que no le importaba. Sí, tenés razón, le contestaba, pero me interesa. Todavía me interesa. Todavía espero que un chico vuelva un día, ya mayor, y me diga que iluminé un pedacito de su vida. Pero ya no espero que deduzcan que fui como ellos. Que estuve en el 68. Sería demasiado pedir. Pedir algo que yo mismo no podría exigirme. Me toman por reaccionario, a mí, ellos que apenas saben lo que es la izquierda.
Entonces la izquierda era el maoísmo. Todos éramos maoístas. La Revolución Cultural iluminaba una posibilidad que la Unión Soviética había dejado atrás hacía mucho tiempo. Pero además, lo tomábamos de un modo bastante anarco. Trotskista no fui nunca. O sí, unos meses. Hasta el día que vi ese afiche que decía: Trotsky, el martillo de Kronstadt. El “Martillo de Kronstadt”, como el “Martillo de las brujas”, ese texto de la Inquisición. Y corrí despavorido. Y todavía no había leído a Castoriadis.
Hoy la cúpula del observatorio brilla de un modo especial, piensa, mientras espera la luz del semáforo. Luego se mira los zapatos y advierte que ha vuelto a equivocar las medias azules. Son de pares distintos. Desde que Solange no está, los cajones, los armarios, la casa, son un descalabro.
Derechista. En fin. No sería la primera vez que se lo dicen. La lógica lo enerva. No puede escuchar la palabra lógica sin que el puercoespín de la nuca se tense dispuesto a atravesarlos a todos con sus dardos. Nunca lo ha dicho, pero cómo le gustaría decirles: Señores, tengan la amabilidad, la delicadeza, de no mencionar en mi presencia la palabra “lógica”. No lo ha dicho porque no quiere darles las cosas masticadas o simplemente digeridas. Quiere que las deduzcan ellos, quiere que lo sorprendan, que lo interrumpan felinos mientras sutilmente rodea el tema a la espera de que alguno salte sobre él con su propia conclusión. Pero no ha sucedido, salvo en raras ocasiones. Y ha comprobado también que siempre, o casi siempre, esos pocos dotados desaparecen. Como si estuvieran demasiado dotados y continuasen su camino por derroteros que él desconoce pero le gusta imaginar. Los imagina atizando las brasas en el fogón nocturno de una comunidad anarquista. Polemizando con sus camaradas, en una cueva en Yemen, atestada de municiones. O, por qué no, de monjes trapenses aseando la celda de Thomas Merton.
E intentó, de un tiempo a esta parte, poner de relieve cómo se encadenan las cosas. Ahí entra Merlin —un tema que él mismo hubiera considerado irrisorio unos años atrás— para ir destruyendo, restándole ladrillos a esa pared a cuyas vigas y columnas llaman “lógica”. Unos años atrás todo parecía irrisorio, si soviets y electricidad bastaban para el socialismo.
Las profecías, señores, no son simples desvaríos de mentes enfermas. Tienen una función política y las de Merlin son un buen ejemplo de ello. Por algo las condenó el Concilio de Trento, que no fue cualquier Concilio. Recordemos: en 1517 Lutero clava las 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg; en 1524 comienzan las Guerras Campesinas en Alemania; en 1534 Loyola funda la Compañía de Jesús; en 1545 se reúne por primera vez el Concilio.
¡El milenarismo lo había hecho posible!
Esto lo dice hasta Engels, aunque se engaña un poco. ¿Qué dice Engels hablando de Müntzer? Lo mencioné la clase pasada. Dice: “… este cristianismo que se decía primitivo y que en realidad era sumamente moderno.” ¿Puede ser “moderno” el milenarismo? ¿Qué le pasa a Engels? ¿Se volvió loco? No. No se volvió loco. Lo que pasa es que él sabe sin posibilidad de error —ningún alemán dudaba de ello entonces— que la revolución de su tiempo —eso lo escribió en 1850, dos años después de las revolución del 48— es hija de las Guerras Campesinas. Y las Guerras Campesinas —que son, en cierto modo, la primera revolución burguesa— son inseparables de la Reforma luterana. Y la Reforma luterana es la heredera de infinidad de herejías medievales. Por ejemplo, entre las que menciona el propio Engels: los cátaros, John Wyclif en Inglaterra, los husitas y los calixtinos en Bohemia, etc. Entonces él aborda el tema —al comienzo de su amistad con Marx— para decir que sí, esa relación existe, pero lo importante es que está teñida de racionalidad, que Müntzer es por poco Spinoza o Kant. ¡Mentira! Bueno. Mentira no. Él lo creía. Pero era su cabeza la que era “moderna”, no Müntzer.
Bocinazo. Un sujeto pelado y bien trajeado lo insulta desde el volante de un Audi. Se recompone y sigue caminando. Tiene que calmarse un poco. Toca, por si acaso, el bulto en el bolsillo. Continúa ahí. Bien. Sigamos.
¿Entienden? Con todo, Engels valoraba esos movimientos. En el mismo lugar dice: “Junto a esta forma de herejía existe la exaltación de las sectas místicas, los flagelantes, Lollards, etc., que en los tiempos de opresión mantienen viva la tradición revolucionaria.” Mantienen viva la tradición revolucionaria. Qué diferente a un Mannheim o incluso a un Cohn. Qué diferentes Marx (y Engels) a los marxistas.
Miren, por ejemplo, lo que dice Mannheim: “Cuanto más extensa es la clase que logra dominar relativamente las condiciones concretas de la existencia, cuanto mayores son las oportunidades de una victoria obtenida por medio de una evolución pacífica, tanto más probable es que esa clase tome el camino del conservatismo. Esto significa, sin embargo, que los diversos movimientos habrán renunciado a los elementos utópicos en sus propios modos de vivir. Lo anterior queda comprobado hasta la evidencia por el hecho, ya mencionado, de que la forma más pura de la moderna mentalidad milenarista [él usa la expresión “quiliástica”, pero es lo mismo], tal como está representada por el anarquismo radical, desaparece casi enteramente de la escena política …” Pero, si las cosas son como él dice, ¿cómo sucedió lo que acabamos de relatar? ¿Desapareció el anarquismo de la escena política o en su estado de “disolución” es precisamente cuando está más presente que nunca?
Hay aquí un menosprecio que, a pesar del autoengaño, no está presente en Engels. Hoy Engels al menos diría: Mantiene viva la tradición revolucionaria. Es cierto, acto seguido maniobraría con todas sus energías contra los anarquistas, inventaría acusaciones, etc. Pero eso es otro problema. Acá tratamos de llegar más lejos. Porque el problema, señores, es comprender qué es la utopía. Y yo veo —no sé ustedes— una relación diferente con la utopía de parte de Marx y Engels respecto a los marxistas.
Lo utópico —que va desde los oráculos sibilinos, pasando por la teúrgia, hasta los diversos Apocalipsis y la profecías medievales— es utópico, en un momento dado, porque pretende continuar la normalidad de la vida en un ambiente distópico. No es, por tanto, una idea “rara” sino lo contrario, una idea común. Parece rara pero no es rara, solo se destaca sobre un fondo que es lo verdaderamente raro.
Hoy se pretende desvincular al pensamiento del ser. Llamar pensamiento al cálculo. La utopía en cambio es auténtico pensamiento, porque la utopía piensa al ser. La utopía siempre quiere regresar al ser. Quiere humildad, vida sencilla, calor humano. Y, claro, eso parece raro. Parece “utópico”. Pero lo raro son Mannheim, Cohn y tantos otros que ya no sufren siquiera las contradicciones de Marx y Engels sino que hablan de la utopía como si trataran de una enfermedad mental.
Paréntesis. Acá debería abrir un paréntesis, piensa, y entra a un bar a tomar un café. Llegará tarde. Qué más da. Es la anteúltima clase. E imagina el retorno a casa. Los días cálidos, cuando regresa de la universidad, le gusta acodarse en la barra del rincón de la barbacoa, en el jardín, mientras fuma un porro y degusta una cerveza helada. Ese es el rincón de los sueños. Allí planearon, con Solange, el viaje a Egipto, la permanencia en Chiapas, la incursión a Siria. Allí discutieron cuando ella volvió entusiasmada de su viaje a Buenos Aires. “Piqueteros” repetía, en ese español prestado, mientras él imaginaba al hombre del caballo de las corridas de toros y ella corregía: esos son picadores. De acuerdo, piqueteros. ¿Hay hombres a caballo con lanzas en las calles de Buenos Aires? No, mon cheri. No entendés nada. Y reían. Y se besaban. Ya no ríe, o más bien poco, en ese rincón, pero sigue soñando.
(Bien. En este paréntesis debería arreglar cuentas con Lacan y tantos otros. Con los ingleses. Madre mía, ¡qué estúpidos son los ingleses! Nietzsche-Wagner: impensable. Pero no. No. Pobres chicos. El Pseudo Metodio. Eso sí. Eso está bien.)
El Pseudo Metodio, señores. ¿Leyeron algo de la bibliografía? ¿No constituye una enorme ironía que un misterioso personaje del siglo VII escriba en siríaco, en el norte de la Mesopotamia, un Apocalipsis atribuyéndolo, firmando con el nombre de un obispo y mártir del siglo III sobre cuya propia existencia hay enormes dudas y que en numerosas y, a menudo, irrastreables versiones y traducciones se haya esparcido por el mundo y haya tenido tal influencia que solo fue superada por la propia Biblia y los Evangelios y, todavía, setecientos años después, haya sido de los primeros textos entregados a la imprenta? Hasta Nostradamus, nuestro paisano, el astrólogo judío, nacido en 1503 bajo el signo de Sagitario, se sirvió de parte de su obra.
Aquel hombre vivió bajo el reinado de Abd al-Malik, el quinto Califa Omeya, el que mandó construir la Cúpula de la Roca en Jerusalén y expandió el mundo árabe hasta Túnez. El texto, el Sermo de regnum cantium et in novissimis temporibus certa demonstratio, venía a decirle a los cristianos que no desesperaran, que llegaría el día de la victoria. Y ese día llegó.
Pero ¿no es, por lo menos, curioso que ahora, 1400 años más tarde, Siria haya sido invadida por fuerzas que usurpan, sin duda, el nombre del Islam pero se encuentre, sin embargo, amenazada clara y fehacientemente no solo por Israel sino por Arabia Saudita? Todo se mezcla. Los siglos danzan frente a sus ojos y se dan la mano y ustedes con la nariz en el teléfono.
No quiero ser apocalíptico (no he pretendido equiparar los Apocalipsis en tanto escritos originariamente utópicos con el uso secundario que puede hacerse de ellos al modo del evangelismo fundamentalista norteamericano), pero ¿qué pasaría si Estados Unidos apoyara la declaración de Jerusalem como capital de Israel? Las Cruzadas habrían llegado a su fin. Y habrían cumplido un ciclo no por la fuerza de las armas —o solamente por ellas— sino a fuerza de lenguaje.
Todo esto se relaciona, como ustedes saben, con aquel tema que hemos tratado sobradamente en clase y que es la polémica Heidegger- Cassirer de Davos del 29 sobre la interpretación de la Crítica de la Razón Pura. Rememoremos. Allí se enfrentó la Lógica Trascendental a la Estética Trascendental. La Teoría del Conocimiento a la Ontología Fundamental. La Infinitud neokantiana a la Finitud heideggeriana.
Disculpen lo prosaico de la comparación, pero el hombre es finito y no puede esperar que los conocimientos del FMI —por tomar solo un ejemplo del ámbito de la técnica—, es decir, sus teorías económicas, fundadas en la lógica, produzcan algún día resultados convincentes. Aquí se enfrentan teoría y facticidad y es esta facticidad la que vincula a Heidegger con Müntzer y, por supuesto, con Marx y Engels.
Para concluir, señores. No lo olviden: Hay conservadurismo de derecha, sin duda, pero hay también progresismo de derecha. Todo depende de qué se quiera conservar y de qué se quiera destruir. Diferente no es mejor, es solo diferente. Cambio no es progreso. Es solo cambio. Si uno está en el lugar correcto no hay hacia donde progresar y cualquier “progreso” es un regreso. Por eso conservación no es conservadurismo y los ecologistas son conservacionistas, no conservaduristas.
Hemos llegado al final del semestre y van encontrar mañana el tema sobre el que trabajar, pero yo no voy a estar presente. Así que los saludo ahora y les deseo felices vacaciones.
Cuando por fin salieron, se acercó a la pared, sacó el objeto que llevaba en el bolsillo y, presionando la perilla escribió en grandes letras rojas:
Un mono que calcula
no es un hombre.
Es un mono que calcula.
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