Historia del tres


Un grupo de hombres y mujeres no muy numeroso vive en una cueva situada en un paisaje no del todo adverso. La cueva tiene a su ingreso, en el exterior, un espacio pequeño, de un par de zancadas, luego del cual los matorrales ocultan el conjunto. El otoño está avanzado y, sin embargo, solo un hueso cuelga con algo de carne maloliente en lo más oscuro de la caverna. Fuera, en el pequeño espacio que hace de antesala, reservado para los meses cálidos, se encuentra Ur, que ha salido buscando no recuerda qué. Es uno de los miembros más activos de la pequeña comunidad, un cazador experto. Mientras los ojos recorren inquisitivos el terreno, algo llama su atención desde el otro lado de la pared vegetal. Inquieto, se acerca a observar, pero duda de la veracidad de la escena: tres venados se pasean bajo la pendiente que lleva al lugar, a escasos veinte metros. Dos sobrepasan apenas la talla media, mas el otro luce imponente. Su primer reflejo es comunicar al grupo la buena nueva y no obstante, enseguida, un interrogante, una sensación molesta, lo sujeta en su sitio. ¿Cómo evitar que sus compañeros abandonen la cueva arrebatadamente, creyendo que se trata de rodear a un solo ejemplar? ¿Cómo decir que ahora es distinto, que la suerte los acompaña y que puede que este invierno no les duelan las tripas de hambre? Piensa que todos deben verlos y eso bastará para prevenirlos, pero cuando se apresuran a espiar, los animales ya se han marchado. No obstante, no han de estar lejos, pero tiene que advertir a sus compañeros, hacerles entender que deben abarcar un buen palmo de terreno. Exasperado, su vista divaga en busca de una respuesta mientras los otros lo observan perplejos. Repentinamente, algo en el suelo atrapa su atención: las piedras, las mismas piedras que diariamente utilizan para sentarse en la pequeña entrada, le dicen algo, encajan en un modelo que fantasmea aun, casi imperceptible, sobre su retina. ¡Eso es! ¡Las piedras le recuerdan a los venados! Su disposición, la distancia entre ellos, la grande un poco apartada, las dos pequeñas más próximas. Victorioso, las señala, las rodea, se mueve de un lado a otro apuntándolas con el dedo, profiriendo medias palabras, mientras los mira con unción. Pero ellos no entienden de qué se trata. Entonces no era cacería, era otra cosa. ¿Qué querrá Ur? Enloquece. Ahora sus gestos son más violentos, sus pasos más raudos, su mirada más exigente. Gesticula. Casi grita. Pero nada. Finalmente, vencido, toma la lanza e instando a todos a que hagan lo mismo, corre tras las presas. Transcurridas varias horas, regresan fatigados. No hubo suerte. Ni una pieza conquistada.

Esa noche, mientras mastica una raíz amarga, Ur se duerme absorto en sus propios pensamientos. Durante la mañana el sol calienta el infortunado promontorio. Al mediodía todos están afuera, donde se halla Ur desde temprano. Se disponen a sentarse y, para ello, acomodan las piedras. Pero entonces Ur interviene inexplicable, apartándolos a empellones. Se retiran sin comprender mientras, ensimismado y molesto, Ur no deja de observarlas. Acechará muchos meses esas piedras y, otras tantas, a través de los matorrales, hacia la pradera. Una idea lo obsesiona, pero no alcanza a discernirla. Los venados ya no están, mas las piedras siguen ahí. De algún modo están emparentados. Es más: de un modo que no alcanza a comprender, las piedras son los venados. Quizás, nunca más un grupo de venados aparezca frente a la cueva, pero la idea que lo iluminó esa mañana no lo abandonará jamás.

Pasan los años. Está cansado. El grupo ha mermado: la mujer mayor no despertó tras un día agitado, la joven murió junto al niño al dar a luz, un par salió de caza y no regresó: solo quedan Ur y el joven. Quizás esos venados les hubieran permitido emprender el viaje a regiones más cálidas. Las piedras siguen en su lugar, casi no se han movido, pero, desde hace tiempo, Ur lleva tres guijarros –uno grande, dos pequeños- en su morral. Sabe que le queda poco, que pronto morirá. Observa al joven, extrae las piezas y las mantiene en su mano, reflexivo. Entra en la cueva y regresa con tres cueros. Deposita los cueros sobre el suelo y sobre cada cuero, una pequeña piedra. Luego, quita las piedras pequeñas y va en busca de las grandes, las de sentarse, y las ubica sobre ellos. Gesticula sobre cada cuero, imitando los movimientos del venado, quita los cueros, pero vuelve a poner las piedras, y luego reemplaza las grandes por las pequeñas, para volver a empezar. Repetirá esta operación todos los días, hasta el cansancio. Pero una tarde, antes de morir, el joven lo sorprenderá con su propio descubrimiento. Tomando los tres guijarros, desde la palma de la mano desliza uno hasta mantenerlo entre el pulgar y el índice, y, blandiéndolo, observa a Ur. Lo deposita luego en el suelo y parece dudar, pero arranca entonces una hoja del matorral y la deposita al lado de la pequeña piedra. Hace lo propio con cada una de ellas y como corolario, separa las piedras de las hojas formando dos triángulos –uno de piedras, otro de hojas, con la mayor de las piedras y de las hojas arriba- cual reposan aun las tres grandes piedras.

Un día el joven atará al cuello de su hijo, antes de su propio fin, un collar de piedras amarradas: una grande al medio, una pequeña a cada lado. La comunidad del Collar habrá nacido. La tribu de las Tres Piedras.

(El entusiasmo por los números continúa aun. Hombres mucho más avanzados —o tal vez no tanto— creen que por el simple expediente de Ur es posible explicar todo lo que nos rodea.)

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