(A propósito del artículo "Arquetipos", de Noé Jitrik, en https://www.pagina12.com.ar/310335-arquetipos del 7 de diciembre de 2020)
Parece mentira que a casi 100 años de la Rebelión de Kronstadt sean necesarias personas que tengan que seguir repitiendo —cual ronda de los jueves en Plaza de Mayo— que una matanza de trabajadores protagonizada por el estado es un crimen y un crimen que, ha no mucho de aquí, será catalogado de lesa humanidad, como cualquier otro crimen de características semejantes.
Más perturbador aun es, quizá, que uno deba aceptar como resarcimiento tal decisión de una democracia burguesa enclenque y harto sospechosa, siempre inclinada a encontrar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, tan repleto de carnicerías y genocidios.
Pero el problema aquí no es un improbable trotskista. El problema es ese floreo disonante con que se adorna la intelectualidad filo peronista, que nada tiene que ver con el trotskismo, que lo más probable es que nunca haya tenido que sufrir el ímpetu de una Comisión de Control, las sospechas de la Cheka interna del partido, las degradaciones a la base, la separación familiar forzada, el traslado a otras regionales, la mirada helada del enfermo de racionalidad que te aparta de los que —hasta ayer— eran tus compañeros y amigos y que ha terminado tantas veces en el suicidio o, en otras palabras, la violencia psicológica, física y cuasi física, cuando no las amenazas de muerte, más excepcionales pero menos retóricas de lo que puede imaginarse.
Y no se trata de que tales miserias sean exclusivas de este sector, cuando han sido características de muchas organizaciones —ante todo armadas— de cualquier índole. Pero no es banal señalar su vinculación con la mórbida obsesión voluntarista hiperracional del leninismo, el ámbito en el que precisamente se mueve el trotskismo.
Y, no obstante, graciosamente, con gesto jovial, se calzan el clavel rojo de Trotsky sobre la oreja izquierda. ¡Oh, qué distinguidos!
En fin.
Volviendo al tema y acotando puntualmente:
1. La llamada Guerra Civil Rusa o, simplemente, la invasión del Ejército Blanco, había terminado. La afirmación contraria, puramente formal, va destinada a calificar cualquier transgresión como desobediencia bajo legislación militar, es decir, traición, a la que, en cualquier lugar del mundo, se aplica la pena de muerte.
Lo que sigue es algo que sabe cualquiera que conozca mínimamente el proceso ruso, pero cito, por pura simplicidad, lo que señala acertadamente la Wikipedia en el artículo Guerra Civil Rusa:
“El período final de la guerra se caracterizó por situar a las últimas tropas del Ejército Blanco en Crimea. Piotr Wrangel reunió los remanentes del ejército de Denikin y fortificó su posición en Crimea con 150.000 supervivientes. Mantuvieron estas posiciones hasta que el Ejército Rojo volvió de Polonia, donde había estado luchando en la Guerra Polaco-Soviética desde 1919. Cuando la totalidad de las fuerzas del Ejército Rojo se enfrentó con los Blancos, éstos terminaron agobiados. Las tropas que quedaron fueron evacuadas a Estambul en noviembre de 1920.”
Repito: decir que después de la retirada de Wrangel la guerra continuaba es una simple afirmación formal que supone que, mientras en algún lugar del territorio de la contienda continúen las acciones militares, ese conflicto no se da por concluido. Su valor es retórico o, a lo sumo, legal. Pero no es político o, en otras palabras, de consideración real.
Ejemplos análogos groseros son los siguientes:
• Todos saben que la Primera Guerra Mundial terminó con el Armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918 en el vagón en el bosque de Compiègne aunque, formalmente, no finalizó hasta la firma del Tratado de Versalles de 1919.
• La rendición de Puerto Argentino se produjo el 15 de junio de 1982. Pero todavía el 6 de enero de 1984 Alfonsín calificaba como alentadoras las declaraciones de Margaret Thatcher en el sentido de que el Reino Unido estaba dispuesto a abolir la zona de exclusión en torno de las Malvinas “si la Argentina declarara el cese de hostilidades”.
2. No se trata de si Kronstadt tenía o no razón, la cuestión que se aborda aquí es otra. Se trata de la (in)justificación de la Masacre. A título informativo, además de “el represor de Kronstadt”, denominación que coincide con el eufemismo de juanka, Trotsky recoge en la literatura especializada y el imaginario popular estas otras denotaciones: “el Asesino de Kronstadt”; “el Martillo de Kronstadt” (en doble referencia al martillo del símbolo comunista y “El martillo de las brujas”, célebre texto de la Inquisición); “el Galliffet de Kronstadt”, en referencia a Gastón Galliffet, militar francés ejecutor de la Comuna de Paris. La Wikipedia recuerda de él: “En una de sus intervenciones en la Asamblea, fue increpado por diputados socialistas, recordando su reputación ganada tras la represión de la comuna, al grito de «¡Asesino!», que Galliffet respondió con un marcial «¿Asesino?, ¡Presente!»”. Era más honesto que Trotsky.
3. Kronstadt es una fortaleza ubicada en la isla de Kotlin, de unos 20 kms. cuadrados —la isla—. Además de la fortaleza, comprendía la ciudad, el puerto, las dársenas y un poblado más lejano. Vivían allí, en aquel tiempo, alrededor de 50000 personas. Veintiún mil —21000— desaparecieron, luego de la embestida bolchevique, de la faz de la tierra. Otros tantos miles fueron hechos prisioneros y unos pocos pudieron huir a Finlandia.
La cifra de víctimas que se maneja es, en consecuencia, de entre 20000 y 30000 muertos-desparecidos. Se da por muertos, de hecho, a la gran mayoría de los prisioneros.
La Wikipedia recoge en el artículo Rebelión de Kronstadt “600 muertos, 1000 heridos, 2500 prisioneros”. Estas cifras provienen del libro de Paul Avrich Kronstadt 1921. Avrich no dice que esas sean las cifras verdaderas, dice textualmente: “No disponemos de ninguna cifra confiable, pero un informe lleva el número de muertos a…” y hay una llamada a la nota 44. Dicha nota específica el origen del dato. Dice: “Pukhov, Kronshtadtskii miatezh, pág. 168; Grazhdanskaia voina, I, 372.” Pukhov es el autor, Kronshtadtskii miatezh (Motín de Kronstadt) es el título de su libro y Grazhdanskaia voina (Guerra Civil) es la colección o la obra mayor en la que fue publicado.
Como sea, Pukhov, A.S. Pukhov, publica Kronshtadtskii miatezh v 1921 —ese es su nombre completo— en Leningrado en 1931. Es pues un autor del régimen.
La cifra de víctimas es, insisto, de entre 20000 y 30000 muertos-desparecidos, aproximación echa por multitud de bibliografía y testigos de los hechos. ¿Se va a discutir esa cantidad? ¿Los 6 millones de judíos de la Shoa ya no serán 6 millones de judíos? ¿Los 30000 desaparecidos de la dictadura ya no serán 30000?
4. Un crimen común en la lejana Namibia puede reunir varios kilos de expedientes, pero ni el General Trotsky ni aparentemente nadie en la ex Unión Soviética consideró necesario una investigación mínima, la apertura del simple trámite judicial que requeriría, por ejemplo, el descarrilamiento de un tranvía. Un “gobierno obrero” mata 20000 obreros —familias enteras, mujeres y niños— y no hay nada que preguntar. Asombrosa la seriedad del compañero.
5. Por si algo faltara, quizá lo más obvio es que la matanza era innecesaria. Hubiera bastado con sitiar, con aislar algo que ya está aislado de por sí, pues es una isla, y haber conducido después a los hambrientos al exilio, a la cárcel o a los campos de concentración. Lo del “peligro blanco” es pura fantasía y justificación bolchevique. Se actuó como se actuó para dar un escarmiento. Se actuó como se actuó porque Kronstadt se perfilaba como la dirección alternativa de la Revolución Rusa.
6. Un gobierno obrero que mata obreros no es un gobierno obrero. De eso no se vuelve. No han vuelto ni volverán jamás, salvo en la imaginación marxista —o la mayor parte de ella, porque no hay que olvidar a los marxistas antibolcheviques, pero no anti por la derecha sino por la izquierda.
Una cosa así repugna, revuelve el estómago, es inadmisible para las entrañas, aunque la cabeza se empeñe en justificarla. Si, no obstante, la cabeza gana momentáneamente esa batalla, es la cabeza de un hombre fragmentado, dividido entre la materia y el espíritu. La disociación cuerpo-mente no es un síntoma de buena salud. Pobres de quienes pretenden vivir con eso sobre los hombros. Cuando yo lo supe —solo una parte de esto— apenas podía dormir y abandoné el trotskismo.
7. La Masacre entregó al mundo la prueba del fracaso de la Revolución Rusa, eso modificó toda la historia posterior. La debilidad de carácter intelectual de Trotsky —y digo de carácter intelectual porque, en cuanto a carácter a secas, no dudo que supiera gritar y mucho—, ese modo pusilánime que evita llamar a las cosas por su nombre (“llamar a las cosas por su nombre” fue siempre uno de los latiguillos preferidos de los autores marxistas), es decir, a lo de Kronstadt, masacre; a la NEP (Nueva Política Económica), giro nacional capitalista; a la URSS, capitalismo de estado, todas esas mentiras sobre la Revolución Rusa de gran parte de sus propios protagonistas, fue el mayor ataque que el proyecto socialista recibió a todo lo largo del siglo XX. Entre 1917 y 1991, 74 años de melindres y autoengaño que impidieron el desarrollo de nuevos proyectos.
La revolución no existe. No existe porque, desde el día siguiente a la toma del poder, los bolcheviques traicionaron los principios más elementales de esa revolución.
La mosca que se posó sobre la nariz del occiso lo va a seguir siempre, vaya donde vaya, para recordarle que es un asesino y el primer stalinista (o el segundo, el primero es Lenin, por supuesto).
Es comprensible que algunos jóvenes concurran a la parroquia trotskista en busca de algo en que creer. Menos lo es el perfume exótico con que se tocan ciertos intelectuales del establishment mediático. A los segundos dedico este breve poema de Rexroth —otro desilusionado por Kronstadt— titulado Buitre:
Santo Tomás de Aquino pensó
Que los buitres eran lesbianas
Fertilizadas por el viento.
Si buscas los hechos de la vida,
Los intelectuales papistas
Pueden ser de muy poco fiar.
CC BY-NC-ND 4.0
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