Hola. Soy el hombre bala. Y el circo partió y se olvidó de mi.
Sabía que esto iba a suceder. Se lo advertí al Director muchas veces. El Director es, como siempre, el domador de leones. De porte gallardo, frac rojo, galera y botas hasta la rodilla. De voz estentórea y ceño de pocos amigos. Y su mujer es la bella Sigflama, la encantadora de serpientes.
Mi número, desde al menos diez años, cerraba el espectáculo. Es más. Ilustra el cartel que una semana antes se fija en las calles de todos los pueblos de la región. En él, el artista ha sabido captar lo dramático de la situación. Instruye sobre los primeros momentos de la deflagración y la potencia con que el artilugio químico metalúrgico me proyecta por los aires. Es un momento único, y lo fue durante muchos años, solo que lo fantástico no puede durar siempre. Hasta los niños empiezan a cansarse y en vez de esperar mi regreso triunfal, sano y salvo, por la puerta principal del entoldado, miran hacia los payasos que preparan los globos postreros de la jornada.
Le dije al Director: no puede Ud. poner el acto de Sigflama después del mío. Es injusto que, cuando aun no he alcanzado a salir por el agujero del techo para abatirme sobre el montón de heno -del que se alimenta el elefante-, aparezca ella y todo el mundo se quede boquiabierto. Él parece esbozar razones estrictamente escénicas. Para sacar provecho de ese momento culmine y enlazarlo a otro de mayor embeleso. El de la figura, los ojos y las contorsiones de Sigflama.
Porque allí las serpientes tienen poco que ver. Los bífidos son, apenas, un embuste de un par de cuerdas y una manguera usada. La verdadera serpiente es ella y apenas se escurre el humo, y la luz cenital y la vigorosa caída del clarinete marcan su aparición, algo atraviesa la atmósfera, algo inexplicable pero que es como si el tiempo se congelara. Al principio no hace nada, solo basta su presencia. Y mientras crece la tensión ante el enigma de su inmovilidad y la flauta ejecuta una ascensión ambigua aunque constante de dos octavas, su cuerpo empieza a estirarse, como si se desenroscara, y una sinuosidad no ya sensual sino obscenamente erótica agita el aire mientras todos suspenden, durante unos segundos, el acto mismo de la respiración.
Sus ojos, sus ojos no se ven. Son oscuros y, sin embargo, se perciben, se adivinan como brazas despidiendo melifluos vapores desde el centro de la arena. Sus ojos. Son sus ojos los que enturbian mi sueño. No miran de costado, no se enternecen. Miran en un ángulo perfecto con la frente. Miran rectamente. Miran como una pulsión que te abraza las mejillas y empuja el éter en un maremoto que arrasa el entendimiento y te deja tieso, flotando, ignoto, como acabado de nacer.
Por eso durante el día intento evitarla. Apuro el paso frente a su caravana cuando transporto el pienso de los animales. Y si ella sale entonces de improviso, finge que no me ha visto, que me escabullo a su mirada. Por eso creo que me ama. Pues, he sabido desde siempre, desde que ingresó a la compañía, que su mirada me desea cuando surco el firmamento hacia la noche estrellada. Ese es mi momento. Cuando en el espacio vibra aun el último pulso del redoblante. En ese instante supremo nuestros rostros se cruzan, aunque yo no veo nada, y ella comprende, ella sabe, sin posibilidad de error, de mi vocación poética. Ella sabe de la hazaña de mi vuelo hacia el infinito. Hacia la libertad que ella también anhela y que trasciende la miserable taquilla o el restallar violento del látigo frente a la cara de las pobres bestias. Es algo que va más allá. Es una libertad metafísica.
Por eso el Director introduce cada vez más pólvora en el aparato. Para que llegue el día en que desaparezca definitivamente. Pero me basta con alejar, cada noche un poco, la montaña de heno o corregir, levemente, el ángulo artillero. También es cierto que he engordado y que, técnicamente hablando, se requiere más potencia. Y que incluso mi perímetro cabe con un poco de dificultad en el alma del mecanismo.
Es cierto. Tal vez anoche bebí demasiado. Y tras el flechazo de su retina caí en transe y pensando en ella me abandoné al calor mullido del lecho vegetal. Y esta mañana, parecen cien años que el circo pasó por aquí. No me despertó la trompa del elefante. Y casi puedo ver a través de mi. Solo el viento helado me cosquillea las sienes.
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