Los fantasmas de la Royal Society



A Liliana Bodoc


La Royal Society —la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, la entidad científica más antigua del mundo, fundada en 1660—, ocupa un pesado edificio del centro de la ciudad. Su doceavo presidente fue nada menos que Isaac Newton. Todos han pasado por ella. Leibniz, Darwin, Einstein.

Nadie cree allí en fantasmas. Sin embargo, tal vez les anden entre las ropas y se les asomen por los bolsillos. Si omitimos la eventualidad de que todo sea un sueño (ya es curioso que de la obra de un hombre que pensaba que lo único seguro era su pensamiento, se haya derivado el atributo “objetivo”) sería gastar pólvora en chimangos llamar fantasma a una abstracción cualquiera. El perigeo, por ejemplo, está entre las que a nadie perjudican. De otro calibre son el ente o la materia. Pero la más famosa que ha dado a la luz tan notable institución es, quizá, la evolución. No deberíamos olvidar, no obstante, que tiene partidarios, en términos no idénticos mas semejantes, en ámbitos tan lejanos como las doctrinas de Oriente.

Si la vida terrestre surgió hace cuatrocientos cincuenta millones de años y va a desaparecer muy pronto —atendiendo al aumento de la tasa de extinción de especies cuyo ritmo diario ronda hoy las 150, solo entre las animales—; y si al planeta le restan cinco mil millones de años de existencia antes de ser consumido por el Sol (ambos son los valores más populares) —obviando, además, un destino similar al de Marte, de aniquilación absoluta de toda posibilidad viviente u otro evento impredecible—, podría recomenzar todavía 11,11 veces.

(Es un número curioso, de una terquedad a toda prueba. Por más decimales que extraigas, siempre obtendrás un 1. Ese uno, ¿no nos estará diciendo que solo hay una existencia?).

Como el inveterado uno, por razones físicas insoslayables, cada vez que la vida recomience, el resultado se predice equivalente. En repetidas charcas chapotearan los peces y los anfibios y reptiles inundarán la tierra. El primer mamífero se escurrirá al paso de análogas corpulencias y los hombres vivirán pobres pero felices hasta que el excedente productivo arruine sus vidas y la de los demás seres.

Salvo mezquinas vicisitudes, pues, en esos cinco mil millones de años nada habrá cambiado, como no sea la posición del planeta en relación al universo. Es la única variable que se deja calificar de significativa.

La evolución, por ello, o presupone el punto de vista espiritual o concurre al astrológico. Pero sería impropio hablar de evolución, en sentido pleno, cuando todo recomienza (el Big Bang no implica reanudación alguna porque aniquila lo mismo que habría de recomenzar).

Así las cosas, la ley más general del desarrollo biológico —“la piedra angular de la biología moderna”— no es la evolución sino la iteración y aquella, acaso, un fenómeno local de índole accesoria, que para unos ejemplificará avances, mientras para otros recaídas. Ya me cuesta decidir entre pelo suelto y enlazado, imaginen pronunciarme por los pterodáctilos o las gallinas. El Homo ergaster sería tal vez mejor persona. Como se deja ver en la senilidad de los tiranos, en la sobrevida no radica una virtud ineludible.

Como sea, no eran muchos los que en 1903 rumiaban tales inquisiciones.

Oliver Heaviside, en esa época, fellow de la Royal Society, no era un miembro encumbrado, ni lo sería por mucho tiempo. La que sigue es la conjetura de sus tropiezos. Si no les satisface la siguiente reconstrucción —más digna, a mi modesto entender, que el común de las versiones—, a él o a sus descendientes les aguardan más de diez oportunidades de componerla. No porque lo prefiera yo, sino por el dictum inapelable de la ciencia.

***

Desde que llegó a la Sociedad en 1891, a Oliver algo no le cuadra. Al principio era solo una sensación incómoda, pero con el tiempo llegó a resumirla en el siguiente interrogante: ¿existe una relación necesaria entre dinero y conocimiento? Y no tardó en responderse: es obvio que una billetera bien surtida da a su poseedor tiempo y recursos que los que carezcan de ella no poseen. Pero eso era apenas una parte de una cuestión más esencial: ¿existe una relación necesaria entre dinero y entendimiento? O, dicho de otro modo, ¿los ricos entienden más y mejor que los pobres? Eso ya no le pareció tan evidente. Imaginó que mientras unos poseían los datos, otros podrían relacionarlos. Si también disfrutaran de ellos, claro. Pero no era eso lo que sucedía. O sucedía, sí, pero cuando ya lucían estériles.

Todavía le pareció percibir otro matiz. Cuando asistía a las reuniones y se exponían temas no necesariamente relativos a su especialidad, siempre imaginaba soluciones levemente diferentes a las del resto, mientras ese resto parecía compartir un instinto propio que las hacía semejantes. ¿Es posible? No lo creyó. Es como consagrar que existen realidades diversas.

Oliver nació en Camden Town, un barrio de las afueras, al norte de Londres, en una familia humilde. Sus padres pudieron enviarlo al Grammar School hasta los 16, pero no a la universidad. Cuando ingresó a la Sociedad, a pesar del halago, se sintió extranjero. ¿Son imperiosas las alfombras, los mármoles, los dorados? ¿La ciencia no es un servicio a la humanidad que nos aproxima más al santo que al poderoso? Su ropa no se condice con la de sus colegas. Sus zapatos, a pesar de su esmero en limpiarlos, los termina apartando del frente de la silla. Aunque todo es sumamente correcto, incluso esa corrección lo repele.

Es afable, desprovisto de solemnidad, más próximo a un campesino que a un ciudadano. Sus palabras no suenan neutras. Parten del mismo lugar pero arrastran otros flujos. Intensidades poco preciadas en la Academia. No se valora allí el mostrarse demasiado humano. No quieren alentar la sensación de que sus juicios puedan tildarse de subjetivos. ¿Pero qué podrían ser si, al fin y al cabo, somos hombres? ¿O será que quien llegue a la comprensión de esa parcialidad pueda adivinar otras menos inocentes?

Describiré brevemente los asuntos que ocupaban su mente. Luego me concentraré en los que ocupaban su espíritu.

Idiosincracia inglesa al fin, a Oliver le apasionaba la electricidad. Los ingleses no se parecen en nada a los alemanes, dados a la elucubración de más oscuras materias. Ni se inclinan fácilmente al lirismo de los franceses. Por eso son tan compuestos. Pueden tomar el té de pie sin derramar una gota, sosteniendo el plato en una mano y la taza en la otra. Se sabe que estos son lugares comunes, pero no lo son tanto, no vaya a creer. Un inglés no le va a contar su vida tras haberlo conocido. Puede, incluso, que no se la cuente nunca. Y es algo de lo que han contagiado a media Europa. Mi prima Ana, por ejemplo, española de pies a cabeza, me preguntó un día, recién llegado yo allí:

_ ¿Cómo es que conoces a tantos latinos?

_ ¿Y a qué latinos conozco yo? —contesté.

_ A todos esos con los que hablas cuando paseamos por Barcelona.

_ Si no los conozco. Los he conocido entonces, cuando nos hemos encontrado con ellos.

_ Pero, ¡tío! ¡Si se cuentan la vida!

Tal vez para Ana, buena prima, América se asemejaría a un barrio de los alrededores de Amsterdam, no lo sé. Pero lo traigo a colación para ilustrar la índole de los ingleses.

Como decía, a Oliver lo atrapaba la electricidad. Se familiarizó con ella trabajando para un pariente en una línea telegráfica. No era una línea menor. Era un cable que atravesaba el mar entre Inglaterra y Dinamarca. Hubo de solucionar muchos problemas. Problemas, algunos, completamente nuevos, relacionados con las corrientes de fuga y la autoinducción, aunque previstos por Lord Kelvin —William Thomson— en 1855, quien también se había visto involucrado en la instalación de una línea telegráfica y —señalemos de paso— en la oposición al gobierno de Irlanda y por cuyas contribuciones fue nombrado barón de Kelvin —el río que transcurría cerca de su laboratorio— convirtiéndose en el primer científico admitido en la Cámara de los Lores (y en la Junta Directiva de la Eastman Kodak).

Oliver nunca intentó obtener un beneficio económico de sus aportaciones, nunca inscribió una patente, pero completó y mejoró la teoría de Kelvin, un hombre tan apartado de sus propios principios.

En 1874 abandonó un trabajo en Newcastle y regresó a lo de sus padres, aparentemente por una enfermedad, pero también por el deseo de concentrarse en el estudio. Nunca retomó un empleo y rechazó las posibilidades que le ofrecieron, viviendo con devoción y austeridad su entrega a la investigación.

Se involucraría luego con las cuatro ecuaciones de Maxwell, un modelo de elegancia —como gustan decir los especialistas—, que inspiraron a Einstein el desarrollo de la Teoría Especial de la Relatividad. Pues bien. Esa elegancia se debe en gran parte a Oliver, pues, cuando Maxwell falleció, las ecuaciones eran veinte y con veinte incógnitas y fue su desarrollo del cálculo vectorial lo que las llevó a cuatro y las revistió de la belleza sublime que hiciera escuela entre los matemáticos transcurrido el tiempo.

Finalmente, alrededor de 1893, hizo importantes aportes en el cálculo operacional, una técnica por la cual las ecuaciones diferenciales se pueden transformar en problemas algebraicos. El lector me agradecerá que no lo someta a la exposición de tan intrincados pormenores. Solo diré que, no muy apreciado por sus contemporáneos inmediatos, se volvió indispensable veinte años más tarde. Referiré, para terminar, una frase de Oliver que sintetiza todo lo que he relatado de él. Dice en Electromagnetic Theory:

"Si el amor es lo que mueve al mundo, la autoinducción es lo que mueve las ondas por su intermedio.”

A pesar de todo, rara vez aparece en la historia general de la Royal Society. Publicó en una ocasión en el periódico de la Sociedad, el Philosophical Transactions, pero el Tribunal de Publicaciones no aprobó el texto completo y apareció solo después y como separata. En otra oportunidad, otro escrito no superó el juicio del Tribunal y debió retirarlo, sin siquiera la opción de mantenerlo en el Archivo entre los no publicados.

En cuanto a los asuntos del espíritu, Oliver los tenía bien guardados. Existe, como dije, ese prurito inglés de no mencionar las propias preocupaciones. Pero bien entendido, hubiera sido una locura mencionarlas.

Una parte —ciertamente, la menos relevante— se relacionaba con el asunto ese de Mathew y Darwin. Tal vez el lector esté anoticiado de él. Lo describiré brevemente. Patrick Matthew (1790-1874), en su libro On Naval Timber and Arboriculture describe la teoría de la Selección Natural mucho antes que Darwin y Wallace. En 1831. De hecho, 27 años antes de que Darwin y Wallace realizaran su lectura ante la Linnean Society (la Linnean Society es una institución de estilo muy similar a la Royal Society pero centrada exclusivamente en Historia Natural). Los fundamentos son tan similares que se prestan incluso a un juego de palabras. Mientras Mathew dice “proceso natural de selección” Darwin ha utilizado “selección natural”.

En fin. No es que pretenda yo entrometerme en este asunto. Pero a Oliver puede haberle parecido, como a muchos en aquel momento, que el célebre “El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida” semejaba más una obra político-religiosa que un libro de ciencia.

Y a eso se sumaba la cuestión de Spencer. Miembro de un club más exclusivo que la Royal Society —el X Club, de tan solo nueve miembros, pero del que surgieron tres presidentes de aquella—, Herbert Spencer fue quien acuño la famosa frase “la supervivencia del más apto” después de leer justamente a Darwin. Baste mencionar, para describir su pensamiento, que no solo afirmaba la existencia de las razas sino que cada una de ellas poseía su propia acumulación de intuición y conocimientos. Oliver esperaba que Darwin diera al traste con tan insidiosa deriva de sus propias ideas pero, en cambio, en la introducción a la quinta edición de El origen de las Especies, en 1869, afirmó:

“…la expresión utilizada a menudo por el Sr. Herbert Spencer de la supervivencia del más apto es más exacta [que la de selección natural], y es a veces igualmente conveniente.”

Era el colmo. No solo se sentía en la piel de Mathew sino que comprendía la inutilidad de su sacrificio.

***

Pero decía que, de los asuntos que azotaban su espíritu, estos eran los menos trascendentes.

La siguiente parte de la historia transcurre en Newton Abbot, un pequeño poblado del sur de Inglaterra, en el condado de Devon, sobre el Canal de la Mancha, donde Oliver se instaló en una casa campesina en 1897.

Newton Abbot era famosa por la Tucker's Maltings que, desde 1831, elaboraba algunas de las mejores maltas y cervezas de la región y porque fue en ella, en 1688, donde William III, príncipe de Orange, leyó su declaración en defensa de la libertad religiosa y el credo protestante.

En una cantina del pueblo, atendida por un blanquista emigrado tras la Comuna de París, saboreaba Oliver, casi todas las tardes, una deliciosa cerveza.

Conoció allí a un parroquiano, propietario de un Pailebot de dos palos, que hacía frecuentes viajes a Francia y, excepcionalmente, a la costa de España. Ultimamente, con cierta regularidad, llevaba entusiastas de la arqueología a visitar las recién descubiertas Cuevas de Altamira —un viaje hasta Santander que le dejaba buenos dividendos, pues se trata de 420 millas náuticas o unos 800 kilómetros— y al volver de cada excursión repetía las frases de asombro de los excursionistas.

El caso era muy debatido. Descubiertas por Marcelino Sanz de Sautuola y su niña en 1879, vecinos de Santillana del Mar (en realidad, por un empleado suyo, Modesto Cubillas, quien se lo comunicó cuando, estando de caza, un perro que lo acompañaba se introdujo en ella; aunque no fue Cubillas ni fue Sautuola sino la pequeña María la que las vio), los especialistas eran sumamente escépticos en torno a su verdadero origen. Además de la imposibilidad de que un primitivo las hubiese realizado, Sautuola había recibido acusaciones de haber pergeñado el fraude. Curiosamente, tanto los estamentos eclesiásticos como los seguidores de la evolución coincidían en descartar de plano su veracidad.

Oliver leía —o escuchaba, más bien— sobre la polémica cada vez que se topaba con la palabra Altamira en alguno de los periódicos franceses que recibía ocasionalmente el cantinero y pedía que le tradujera. Y no le asombraba tanto la postura de la Iglesia —porque era de esperar pero, por otra parte, porque, en el fondo, no la conmovía— como la de sus propios colegas. De modo que, alrededor del cambio de siglo, también se sintió atraído por la excepcional posibilidad de unas pinturas paleolíticas. ¿Sería eso posible?

Volvió demudado. Y aunque seguía cambiando algunas palabras con el francés, y auscultando de tanto en tanto los periódicos, pasaba largas horas en silencio acodado a la mesa del rincón. Su animo se avinagró y las hendiduras del entrecejo denotaban peores tormentas de las que azotan a la Mancha y su improbable Canal.

Todo lo que creía saber o, medianamente, comprender del mundo estaba ahora en entredicho. La gente cree que solo los dientes desvelan al dentista o las llaves al cerrajero y que no debe esperarse de ellos más que la atención de sus propias minucias. Pero no es así. El dentista sueña a través del torno que está mejorando el mundo y el cerrajero que sus llaves lo ayudan a encauzar el futuro. Tampoco las cargas y las tensiones, los ciclos y las oscilaciones, cuyo comportamiento había apresado en sus fórmulas, eran un mero pasatiempo, el juego insustancial del señorito que atrapa mariposas.

Se sentía defraudado, enredado en una lógica que, como a Mathew —y quizá al propio Darwin—, los superaba largamente. Como las piezas de un tablero que alguien moviera en un mundo paralelo.

La piedra angular de la biología, curiosamente, lo es también del conocimiento, de la sociedad, de la tecnología y de la economía. Y fue todo esto antes de recalar en la biología. ¿No se aplican modelos de algún modo inevitables? ¿O siendo evitables nadie quiere evitarlos? ¿Por qué llenar tan pronto un ámbito del que tan poco se sabe? ¿Por no soportar la duda? ¿Por no regalar terreno al contrincante?

Comprendió que sus colegas ejercían en los territorios del conocimiento la misma práctica que el Imperio aplica a los territorios de la geografía: tomarlos por asalto. Que los mármoles y las columnas eran imperiosos porque eran imperiales. Y que los ostentan los templos del saber, lo mismo que los del poder, para dejar en claro quién es el que manda.

La garantía sobre la hipótesis de la Selección Natural era completamente endeble. Pero, como el dólar norteamericano, se sostenía con su propia emisión. Lo importante no es la verdad sino quién la posea.

Y ahora unas pobres pinturas en un techo de piedra, echan por tierra, incluso, tan miserables justificaciones. Emile Cartailhac, el mayor especialista crítico de las pinturas de Altamira, ha reconocido su autenticidad. Lo acaba de ver en el periódico. El descubrimiento de otras cuevas similares en Francia lo terminan de convencer y concluye así una polémica de 20 años.

Para Oliver esas pinturas son como el prisionero que, injustamente detenido, alerta con sus gritos sobre su condición. Mientras estuvo lejos, nadie escuchó sus reclamos. Pero ahora está aquí, en el sótano de la propia Europa. Ya no es el arte de pueblos lejanos, los ecos improbables de remotas tribus. Ahora es el aborigen europeo el que regresa a decir lo suyo. Y lo que escucha lo deja anonadado:

Yo, pobre cazador sumido en las miserias del atraso, les digo que todo lo que han dicho sobre mi es mentira. Que todas sus máquinas y su civilización no valen un centavo. Pues sin nada de eso ni de las miserias que todo eso les ha deparado, soy tan culto, tan lúcido y tan humano como ustedes. O tal vez más, porque nada entorpece mi visión del mundo.

***

Durante un viaje a Londres, el 1 de noviembre de 1903, Oliver se personó en la Royal Society. Hojeaba un par de libros y tomaba unas notas en la biblioteca cuando Mr. Burnley, sentado enfrente suyo, levantó los ojos del Globe, un diario londinense, al tiempo que comentaba:

_ Estos franceses deben estar locos. De los españoles ya se sabe, siguen siendo unos salvajes. Pero los franceses ya podrían haber madurado. Este tal Cartailhac viaja a esas cuevas y dice que esos dibujos son auténticos.

_ ¿Las conoce Ud.?

_ ¿Qué cosa?

_ Esas cuevas. Esas pinturas.

_ Acaso cree que tengo tiempo para esas menudencias. ¿Por qué? ¿Ud. sí?

_ He estado allí.

_ ¿Y qué hace un electricista visitando un lugar como ese? —y la palabra electricista le sonó a Oliver cargada de ironía.

_ Un lugar como ese abre su mente y la hace volar a lugares insospechados.

_ Pues déjela Ud. en tierra, Mr. Heaviside, y concéntrese en lo suyo. Sabe Ud. perfectamente que la evolución no prevé esas libertades. Solo una civilización avanzada…

_ Pues entonces está equivocada.

_ ¿Perdón…?

Y Oliver, alterado y temiendo ser descortés, se levantó de la silla. Casi de un salto Mr. Burnley hizo lo propio y comenzó a seguirlo por la estancia.

La biblioteca parece, como todos los rincones de la Sociedad, un lugar sagrado. Techo artesonado, volutas, arcos de medio punto, pilares adosados y el eterno dorado de los mesones de baratijas. Miles de libros, amorosamente acomodados, en perfectos estantes de madera noble y oscura.

En un rincón, arrellanado en un mullido sillón tapizado de espléndido cuero argentino, se encontraba la flaca silueta de Mr. Bunge, un habitué del recinto, que mientras pasaban a su lado, les espetó, blandiendo hacia sus rostros un periódico enrollado en su mano derecha:

_ Oh, cáspita. ¿Cómo pueden haber hachas amigdaloides en el achelense medio, si las amígdalas fueron descubiertas por Celsus recién en el siglo I antes de Cristo?

No se detuvieron, pero Burnley agregó:

_ Excepto en las regiones alejadas de la civilización —en África, en Asia y en gran parte de las Américas— todo el mundo sabe que eso es imposible. ¿Qué tiene que ver la naturaleza con la historia, Mr. Heaviside?

_ ¿Le teme Ud. a la historia?

_ ¿Abjura Ud. de la ciencia?

_ A dicho Ud. bien, porque de una religión solo se puede abjurar.

_ Me ha interpretado demasiado literalmente.

_ Si esto es verdad —y lo es— estamos sumamente errados.

_ No habrá estado Ud. leyendo a los alemanes, espero… son tan dados a la locura del espíritu…

_ ¿Y qué opina Ud. de la locura de la materia…?

_ Oh, es algo tan diferente. En la materia puede Ud. confiar. Nunca lo va a defraudar. Puede seguir las relaciones, las causas y los efectos… No puedo creer que tenga que estar diciendo esto a un miembro de la Sociedad. Voy a recomendar que den de baja su membresía.

_ Haga Ud. lo que le plazca, Señor —concluyó Oliver— y se retiró azotando la puerta.

Todavía, hasta 1906, publicó algunos artículos en algunos medios de escasa circulación. Rechazó una ayuda del Scientific Relief Fund, por considerarlo una limosna —no por la suma, sino por su origen— pero, finalmente, aceptó una pensión oficial.

En 1908 abandonó Newton Abbot por Torquay, también en el condado de Devon, para instalarse en un geriátrico.

Falleció en 1925.

Bien pudo Oliver Heaviside haber vislumbrado estas miserias.

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