_ Sabés que es al pedo.
_ ¿Por qué al pedo? ¿Por qué? Son trescientos ejemplares, entre lo mejor de la afición, no podés no estar, va a estar Freticelli. Freticelli. ¿Cómo vas a faltar vos?
_ ¿Freticelli te pagó? ¿En serio? Dejáte de joder...
_ Bueno, no, no directamente, pero me facilitó un juego de repuestos que la editorial va a sortear entre los suscriptores...
_ ¿Repuestos? Una caja de boludeces que no las puede vender en ningún lado...
_ Dale Miguel, son ciento cincuenta mangos... pie de contratapa, dejáte de joder.
_ Bueno, bueno, dejáme que lo piense, después te digo...
_ Gracias, Miguelito, gracias. Cuento con vos. Te llamo.
Caminó por Montecaseros hasta Córdoba y girando a la derecha se metió en el primer bar que encontró. Cortado con dos raspadas, dijo. Y tras la vidriera tapizada de calcomanías de Chiclet y Cerveza Andes, desdobló el papelito oculto en el bolsillo. No llego, pensó. La puta que lo parió, no llego. Un poco somnoliento se dio un respiro, decidió esperar, dejar pasar la bronca, la angustia que ya le oprimía el pecho. Llovía o casi llovía. Iba a llover en cualquier momento. Tronaba por ahora, con rabia, de ese modo estúpido, fuera de lugar, con que se le daba por llover en Mendoza, con arranques de viento y sol en las veredas. Ma si. Estoy harto. Harto. Mi vida es la historia de un fracaso, es un malentendido. Mirá que ponerle “Héroes del pedal”, hay que ser guevón, eso es no tener criterio, no tener tacto. A una revista de mierda, mimeografiada, si me tendrían que meter los trescientos ejemplares por el culo. Pero qué hago, qué carajo hago. ¿Me voy a laburar con mi cuñado a la construcción? Eso no es vida. Periodista deportivo. Mucho gusto, Montero, periodista deportivo. Hay que ser tarado.
_ Aguinaga!
_ Qué hacés flaco...
_ Nada. Parece que va a llover...
_ Parece...
_ Tomáte un café...
_ Venía a comprar cigarros...
_ Dale...
_ Un cafecito...
_ Qué es de tu vida...
_ Y siempre laburando. ¿Y vos? ¿Cómo va la revista?
_ Bien, che, muy bien.
_ ¿Por qué número van?
_ Por el cuarto. Es decir, ahora tiramos el cuarto.
_ Ajá.
_ Noo, viste. Está duro. Por ahí estoy un poco ajustado. Pero no. Tiene perspectiva. El ciclismo es una actividad muy noble. Muy sacrificada. En esto las cosas son así. Esto no es una revista de moda, con flacas lindas y páginas a todo color con cremas de cien mangos. Pero tiene una afición muy seguidora y es un deporte en pleno crecimiento.
Y se doblaba. A medida que hablaba parecía como si el cuello se venciera y la cabeza se fuera a derrumbar sobre las rodillas. Los dedos encubrían los puños raídos de la camisa y los pies se hacían un nudo para ocultar los zapatos gastados. El saco no se correspondía con el pantalón, era de otro traje, oscuro también, por suerte. ¿De qué traje era este saco? Ah, ya sé, del casamiento de la Beba. La Beba, qué linda. Qué linda que estaba... Y la hermanita, ¿qué habrá sido de la hermanita? Se casó con el cancherito ese y se fueron a Estados Unidos. Qué cagada, loco, qué cagada. Qué mambo diría mi hijo, qué mambo. Tienen gracia los pendejos. Mambo, mirá qué linda palabra. Mambo, redondita, simpática, fácil, la decís y es como que nada puede ser tan grave. ¿Qué hice mal? Estudiá nene, estudiá, me decía mi vieja. Pobre vieja. Pero yo sé más que muchos boludos que se las dan y no tienen idea. Yo leo. Bueno, ahora no tanto. Pero he leído más que la mayoría de estos abogaditos y profesionales de mierda que si los sacás de su oficinita no saben un carajo, nunca agarraron un libro de literatura o un libro de historia y confunden un cuento con una novela. Se olvidaron de los ideales. ¿Qué ideales van a tener estos? Se acomodaron con el partido, enganchan el laburito, la recomendación, el dato. ¡El ciclismo es un deporte de trabajadores, de laburantes! Es gente digna, gente que hipoteca la casa para comprarse la bicicleta. No son los cuatro avivados del fútbol, nunca se van a hacer millonarios. Ideales.
_ ¿Decías?
_ Ah... si, eso ¿no?, que así son las cosas.
El saco le queda grande, envuelve demasiado holgado la figura huesuda. Se deforma hacia adelante, empujado por dos manos que van siempre en los bolsillos enrollando el boleto del micro, del 6 que va a Las Heras, entre calles llenas de charcos y de baches. Encara por San Juan y San Martín al norte y es una pena verlo arrastrarse dando tumbos. Pero a él le gusta. Le gusta ese viaje de vuelta -¿qué le voy a decir a la gorda?- porque se queda como atontado y las casas y las fachadas –derruidas, de vieja alcurnia, humildes u ostentosas, españolas, de aquel viejo estilo de barrio de nobleza austera o de chalet americano u otras imposibles o de cuento- relatan la historia de las familias, de sus pretensiones, de sus sueños. Y las esquinas, las sombras bamboleantes que dibujan en el suelo las ramas de las moreras, la pareja en el zaguán, las viejas en las sillas de totora, los chiquitos corriendo la pelota, el ladrido de los perros en los callejones oscuros y el zumbar de los grillos del descampado de enfrente, le reintegran el alma, operan una inversión del universo que vuelve a quedar poco a poco sobre sus pies.
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