La vieja del perrito 6, debe 5
La petisa rica 4
Dallas 12, debemos 10
La tetona 6
El rengo 6, debe 2
El Peluca 4
Dios te salve María 6
Puerta 4 del pasillo del Sordo 4
Se hace tarde y tengo frío 3, debe 15
_ ¡Sodero!
El perrito, uno de esos cuscos blancos que no hacen más que ladrar.
_ ¿Pagó?
_ Sí.
_ Tachála.
_ ¡Sodero!
Linda la petisa. ¡Un culo!
_ ¡Sodero!
Los potentados de la cuadra. Pero medio pelo. Columnas, fuente sucia en el jardín. Un buen auto.
_ ¿Le diste la guita?
_ Sí.
_ Tachálo.
La lista seguía: General Videla, Lo que el viento se llevó —una casucha destartalada en medio de un patio lleno de fierros y latas—, Cacatúa.
El Horacio me pasó el laburo. El Horacio le puso los nombres. Qué capo, decía el viejo Ataúlfo a cada nueva ocurrencia. Así se hicieron la clientela. ¿Soda Señora? Le dejamos los sifones sin cargo y pasamos los martes a reponerle. Dele. Deje 6 o 3 o 4. Los ricos, 12. Fácil. ¿Cómo les iba a pedir nombre y apellido? Queda feo. Y hablar de direcciones era una pretensión desmesurada para el barrio. Había pasajes sin nombre, casas sin número. El Horacio los bautizaba.
El camioncito ronroneaba por las calles salpicadas de pozos.
_ ¡Sodero!
_ ¿Qué pasó?
_ No había nadie.
_ ¡Sodero!
_ ¿Te pagó?
_ No, debe 2 más.
_ Anotálo.
El Peluca. Dios te salve María. ¿Dios te salve María?
_ ¡Sodero!
Sí, una flaca medio mal construida, narigona y llena de cruces.
Un capo el Horacio. Vos tenés que estudiar, pibe, le decía el Ataúlfo. ¿Te anotaste? ¿Empezás? Y el Horacio empezó. Empezó la facultad. Y ahí me avisó a mí. Me marcó las zonas. Me pasó la libreta. Y destacó, con un óvalo en rojo, Puerta 4 del pasillo del Sordo.
_ ¡Sodero!
_ ¿Qué pasó?
_ No hay nadie.
Se hace tarde y tengo frío era simplemente genial. Era un flaco esmirriado y ojeroso, que calzaba un pullovercito caguinche lleno de agujeros, a pesar del fresquete. Seguro que le da al paco. No quiso soda y sigue debiendo los 15.
_ ¿Qué estudia el Horacio? —me preguntó el Ataúlfo.
_ ¿Y qué va a estudiar? Letras, Ataúlfo, literatura. ¡Es un poeta!
Habían otros más caprichosos, si se quiere: los La noche que engalana venían después de El día que me quieras, una veterana que estaba refuerte y el mote no podía constituir sino una expresión de deseos. Seguían, incluso, Se vestirá de fiesta y Con su mejor color. Pero el Ataúlfo, como conocía a Se vestirá de fiesta, lo había tachado y le había puesto Don Alonso. A causa de eso, a Con su mejor color lo tenía medio perdido y al final le dejaba soda a un viejo que no sé quién carajo era.
Y así pasaban los días.
La semana siguiente, vuelta a empezar. ¡Sodero! Y meta sifones para aquí y para allá.
El pasillo del Sordo era un pasillo ancho al que daban cuatro departamentos de planta baja. El Sordo, que ocupaba el primero, ya no dejaba soda, pero a la estancia la conocíamos por su nombre. La puerta 4 era la del final, la del departamento que cerraba el rectángulo de baldosas rojas descoloridas y solo constaba, como los demás, de una puerta y un ventanal que bajaba hasta la altura de la rodilla, cerrado por una reja de planchuelas que en disposición oblicua dibujaban un conjunto de rombos, en una pared enlucida y pintada al agua de un tono pastel bastante venido a menos.
El postigo de la ventana estaba abierto, pero lo cubría una cortina blanca medio transparente que aleteaba con la brisa. Del interior llegaban los acordes de un radio bajito y el aroma de un jazmín. Sodero, dije, y casi de inmediato, una mano trigueña y chiquita descorrió el bajo de la cortina, mientras la otra me alcanzaba el sifón a través de la reja, y una voz de mujer joven decía: dejáme dos.
Uno se hace al barrio aunque no sea el propio. Con los años sabíamos quién se casó, quién se quedó embarazada, quién partió con un amante o sigue sus días entre rejas. La vieja del perrito se quebró la cadera y ahora me abre con el bastón desde la silla de ruedas. Le dejo los sifones en la cocina y a veces ni se los cobro. Al Rosendo —nunca tuvo sobrenombre— hace meses que no lo veo porque pone los envases con la plata abajo, tras la verja, y el doberman me reconoce.
El misterio de Puerta 4 fue aumentando con el tiempo. Seguía sin dejarse ver, pero su voz era más melodiosa, su tono más profundo y los gestos más espontáneos. Ahora agregaba un Hola o un Cómo andás o Que te vaya bien. Y al momento de pagarme —tal vez era solo mi imaginación—, aunque esperaba que yo tomara el billete, parecía anhelar el roce de nuestras manos.
Yo intentaba ver más de lo que podía. Adivinar, tras el velo blanco, los rasgos, los contornos. Llegué al menos pergeñar que las rodillas, reinando sobre unas pantorrillas bien curvadas, pertenecían a unas piernas largas, de muslos tersos y un poco separados bajo el vientre.
Hasta que llegó el día. Al momento de pagarme, la otra mano descorrió el velo: un pelo negro, largo y lacio que bajaba sobre el hombro en una gran trenza, unos pómulos altos, unos labios carnosos y unos ojos oscuros que me acribillaron por un segundo. Fue suficiente. Nunca más recuperé la compostura.
Dos o tres martes después sucedió lo inaudito. Aun antes de pagarme descorrió la cortina y la vi de cuerpo entero. No la cerró enseguida y se quedó así, mirándome extrañamente, sonriendo como encantada, como si alucinara. Torpe yo, sin poder desprenderme de su mirada, balbuceé: ¿algo más? No gracias, dijo con dulzura y se quedó como estaba.
Caminando hacia el camioncito me recriminaba, imaginando sus pensamientos: ¿qué más voy a querer, salame, si lo único que vendés son sifones? Me retorcía nervioso en el asiento mientras repetía ¡qué pelotudo! cuando el Ataúlfo me dice: ¿qué te pasa pibe, te agarró la chiripiorca? Y ahí comprendí: esos ojos me miraban, pero no veían nada.
El Horacio se recibió, es profesor universitario y sigue siendo un capo. Yo también estudié y, cuando dejé la soda, la libreta se había enriquecido con algunos de mis aportes: Renault 6, porque estaba siempre debajo del Renault 12; Que cien volando, un típico vago de esos que están siempre “pájaro en mano”, manoseándose las partes; 7 años en el Tíbet, un rubio de barbita y zapatillas de montaña o Mi Suegra, la madre de un bomboncito de 14 que le pasaba el trapo hasta a El día que me quieras.
No voy a detallar los momentos de incertidumbre, de angustia, de zozobra a los que se entrega un enamorado y suelen poner violentos a los hombres.
Puerta 4 del pasillo del Sordo me alcanza un mate mientras tecleo estas últimas palabras. Es lo que más quiero en el mundo. A ella y a esos dos petisos que hacen los deberes a su lado.
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