Revolución Rusa: La analogía del sindicato

Imaginemos que el Partido Bolchevique es una corriente sindical que, como otras corrientes del mismo gremio, quiere recuperar su sindicato para los trabajadores, es decir, arrancarlo de las manos de un burócrata que lo maneja desde hace años junto a su familia, casi como si fuera un Zar. Agreguemos, para completar el panorama, que la totalidad de los gremios, en ese imaginario país —que representa al mundo—, operan bajo el mismo estilo.

Casi inadvertidamente para esta corriente, que vamos a llamar simplemente con las siglas del PB, un día, en una situación de gran debacle económica y signada por múltiples conflictos, se produce una "revolución" sindical y el viejo burócrata es expulsado del sindicato y reemplazado por una camarilla bastante más democrática (que correspondería al gobierno de Kerensky) pero de la que es posible imaginar, no obstante, un manejo y una serie de métodos que no están a la altura de lo que los trabajadores vienen ya exigiendo.

El clima de la primera "revolución" continúa, pues, unos meses. Unos meses durante los que ciertas cuestiones vitales se agudizan aun más.

Todo parece anunciar nuevos cambios. Está en el ánimo de la gente reemplazar a dicha camarilla, ahora sí, por una verdadera dirección obrera. Con ese fin se ha llamado a un Congreso extraordinario (que viene a ser el Segundo Congreso de los Soviets).

Mientras los trabajadores discuten el destino del Sindicato en el Congreso, la PB —la fracción sindical— con algunos aliados (los miembros de la PB representan el 0,018 por ciento del total de afiliados; son, digamos, 10 personas sobre un total de 55.000 —en nuestra analogía representan los supuestos 24.000(1) militantes bolcheviques sobre los 132.000.000 de la población rusa del momento— tomará la sede gremial, se hará con sus armas, se apropiará de sus fondos y sus recursos y empezará a dirigirse a los obreros del sector desde el hecho consumado. Todas estas acciones estarán decididas con anterioridad porque esta fracción ya tenía resuelto no acatar Congreso alguno, aunque mantuvo sus delegados y la apariencia de aguardar sus resultados.

Esto es así porque esta fracción posee toda una concepción del sindicalismo que dice, en resumidas cuentas, que la práctica obrera será muy obrera pero es ciega sin una teoría que le venga de afuera.

Desconfían pues del Congreso, de su lentitud democrática, de la influencia que pudieran ganar las otras fracciones y de lo que pudiera estar preparando el viejo burócrata que, muy resentido, cuenta con el apoyo de todas las burocracias de los otros sindicatos que consideran un muy mal ejemplo para la clase obrera la existencia de un sindicato realmente obrero e independiente.

A caballo del enorme impulso de las bases, de las urgencias del momento y de la inestable situación general, estas fracciones se consolidan en la dirección porque, al fin y al cabo, lo esencial ya se ha logrado: ha terminado la era de los dueños del gremio para ser ahora un sindicato de los obreros todos.

No obstante, el Congreso y algunas Asambleas regionales (los Soviets) siguen funcionando, se han instalado en la práctica cotidiana, y hasta surgen en los rincones más remotos Comisiones Internas y Cuerpos de Delegados. Todo es un poco confuso y no exento de inconvenientes pero imbuido de la alegría y la confianza de una nueva etapa, no ya para este sindicato en particular sino para el sindicalismo en su conjunto.

Sin embargo, empiezan a suceder cosas extrañas. Primero los sectores aliados de la PB son cuestionados y luego expulsados de la conducción. La existencia de las Asambleas se presenta también problemática, una especie de doble poder sin sentido en un gremio que es ahora de todos sus afiliados. Al interior de la PB se debate, aunque brevemente, la cuestión. Un sector dirigido por una compañera —llamado, irónicamente, Oposición Obrera— sostiene la necesidad de la existencia de las Asambleas, las Comisiones Internas y los Cuerpos de Delegados. Pero no es escuchado. Se impone la opinión de los dirigentes —Lentini y Trosero, entre otros (que corresponden, obviamente, a Lenin y Trotsky)— y la representación de Empresas, Seccionales y Regionales es prácticamente eliminada. Es más. Se considera su sola existencia como un cuestionamiento inadmisible y un ataque a la Revolución misma —como ha pasado a llamarse esta segunda revolución, engarzada con mayúsculas.

Se impone la figura del observador directo del sindicato —Comisario Político, en la jerga de la época— que distribuido por las seccionales y los lugares de trabajo, amonesta, reprende y denuncia, si es necesario, a los compañeros díscolos o demasiado independientes, que pasan entonces a la órbita de Dzer (Dzerhinsky), que maneja una especie de súper SS —las SSS, el Servicio Secreto Sindical— que se encarga de visitarlos, apretarlos, golpearlos —o torturarlos y desaparecerlos, si viene al caso— sin ningún miramiento, ya se trate de la vieja burocracia o de nuevos y jóvenes activistas.

Por si fuera poco, y como era de esperar, el viejo burócrata y sus aliados no se vienen con chiquitas. Durante tres años desarrollarán una verdadera guerra que con conspiraciones, actos de sabotaje, bombas y acciones armadas mantendrá en jaque al gremio y exigirá sus mejores energías aunque impondrá una breve y transitoria unidad.

Pero vencida esta amenaza las diferencias que desde el primer día se habían ido postergando surgen en todo su esplendor. Para colmo ya se anuncia, ya se ve, que los que debían ser solo los administradores de los fondos sindicales se comportan casi como los antiguos "dueños" y que, dada la precariedad de esos fondos, van a autorizarse nuevamente la inversión en empresas privadas (sabrás que los burócratas sindicales se transforman en empresarios, no hay nada más sencillo para un dirigente gastronómico que poner un restaurante o para un camionero, una empresa de transporte) y los manejos financieros de toda índole, con lo cual, si quedaban algunas diferencias con la antigua burocracia, van a ir desapareciendo definitivamente.

Ante esta situación, varias regionales importantes, pero sobre todo una, Petrotanza (mezcla de Petrogrado y La Matanza), le declaran la guerra a la dirección sindical. No son regionales cualquiera. Trosero, en su Historia del sindicalismo (es decir, en su Historia de la Revolución Rusa), menciona a San Kronstadt (mezcla de Kronstadt y San Justo), su cabecera, 48 veces. Dice que es, de lejos, la vanguardia de la clase obrera organizada.

Sin embargo, esta vez Trosero no tendrá piedad con San Kronstadt y Petrotanza. Cuando San Kronstadt declare que su Asamblea es soberana y no está supeditada a ninguna directiva del sindicato y se atrinchere con sus familias en su sede, Trosero llevará a sus matones y a pesar de poder rodearla en espera de su rendición, la atacará, aun con grandes pérdidas, masacrando cientos de compañeros con sus mujeres e hijos.

Entre las justificaciones que se esgrimen para semejante acción la más común es la que dice que la lucha de Petrotanza y San Kronstadt iba a ser aprovechada por la vieja burocracia para volver al poder, cuando en realidad sucede justamente lo contrario. Dicha burocracia y todas las burocracias del resto de los gremios aplauden la acción de la dirección sindical —aunque no lo hagan públicamente— porque el sindicato ha vuelto a ser un sindicato como todos los demás. Ha quedado demostrado que ninguna organización puede perdurar si no es con el beneficio de sus dirigentes.

El periodo de luchas entusiastas abierto cuatro años antes en pos de un gremio nuevo toca, pues, a su fin.

Lo que sigue, durante muchísimos años, son episodios interburocráticos más bien insulsos. Y no obstante los vamos a relatar aquí porque, a pesar de su terrible final, lo acaecido en este sindicato ha llamado la atención de las bases de muchos otros gremios. Hay gran parte de razón en ello, pues fue la primera vez que los trabajadores derrotaron a la vieja burocracia. Pero hay también falsas esperanzas, alimentadas por la cosmética con que la nueva burocracia —no podemos llamarla de otra manera— ha maquillado sus acciones.

A lo largo de estos cuatro años hemos visto cómo, luego de un comienzo contradictorio aunque esperanzador, se fue imponiendo un manejo gansteril de la cosa gremial. Luego del episodio de San Kronstadt y vencida toda oposición, reabiertos también los negocios privados y el uso a discreción de los fondos sindicales, las camarillas afloran por todos los rincones, tejiendo acuerdos y negociados.

Un nuevo Secretario General (Stalin) ha ido emergiendo desde las sombras. Ha asumido con la anuencia de los máximos dirigentes —Lentini y Trosero— porque a pesar de provenir de la tercera o cuarta fila de activistas y ser un poco burdo, administra con firmeza y se ha mostrado, en principio, manejable. Cuenta en su haber decenas de asesinatos, pero sus buenos modales con la dirigencia son notables. Es obvio que Trosero ha visto en él, en un primer momento, un socio menor, aunque rápidamente tomará nota de su error.

Luego de la muerte de Lentini por una enfermedad, el Secretario concentra cada vez más poder y el SSS —el Servicio Secreto Sindical— le responde hasta el punto de dirigirlo ahora contra sus competidores y antiguos camaradas.

Rápidamente se configuran dos fracciones. La del Secretario General y la de Trosero. Transcurren varios años en diversas pujas, aunque el Secretario mantiene el control del aparato. Finalmente, en 1927 Trosero intenta un golpe de mano. Ha pretendido reunir sus fuerzas, pero las bases del sindicato no le responden. Son, de hecho, totalmente apáticas. Fue él quien primero las desconoció y luego las masacró. Y, a los ojos de quien pudiera seguirlo, es tan burócrata como el Secretario y, hasta esa fecha, más asesino aun. Finalmente, con algunos dirigentes y un puñado de jóvenes de la Obra Social, durante la conmemoración de una fecha señalada, pretende iniciar una rebelión, pero pone pies en polvorosa con cuatro sopapos.(2)

Despojado luego de todos los cargos, expulsado del sindicato y obligado a resguardarse en una provincia lejana, será alcanzado por los matones del Secretario y asesinado en 1940.

Muchos años más tarde, en 1991, al fin el gremio reconocerá que es un gremio como cualquier otro. Casi una formalidad. Habrá gente que, recién entonces, comprenderá la triste lógica de este fenómeno.

Pero ¿podés creer que 30 años más tarde —a 103 de la Revolución Rusa— queden todavía algunos a los que no les ha caído la ficha?

En fin. Es un misterio.


Notas

(1) En Remarks on the History of the Bolshevik Party, Pierre Broué —historiador y militante trotskista francés— dice: "En enero de 1917, la organización clandestina contaba con un máximo de 25.000 miembros, cuya conexión e identificación con los bolcheviques era incierta. Contaba con 80.000 en el momento de la conferencia de abril y 200.000 en el VI Congreso de agosto: los viejos bolcheviques, y a fortiori los miembros de los comités, constituían una minoría de poco más de una décima parte. No todos los nuevos miembros se afiliaron individualmente; incluían grupos de trabajadores que no se definían en relación con las facciones y disputas de preguerra."
Si ya la identificación con los bolcheviques de esos 25.000 miembros era incierta, no tiene sentido considerar las cifras de adherentes de pocos meses de antigüedad. Aunque así se hiciera, el porcentual sobre la población rusa variaría infinitesimalmente.

(2) Refiere los acontecimientos del 7 de noviembre, durante los actos recordatorios de la Revolución. Cuenta Broué en El partido bolchevique
"... se resuelve la participación el día 7 de noviembre, durante el desfile oficial, de la oposición con sus propias consignas: «Abajo el oportunismo», «Aplicad el testamento de Lenin», «Evitad la escisión», «Mantenimiento de la unidad bolchevique», «Abajo el kulak, el nepista y el burócrata». A partir del día 5 de noviembre, la Comisión Central de Control convoca a Zinóviev, Kámenev, Trotsky y Smilgá conminándoles a renunciar a su proyecto. A lo que Smilgá replica que más valdría velar por la libertad de opinión antes de imponer condiciones.   En ambos bandos la manifestación del día 7 va a ser preparada cuidadosamente; sin embargo, los oposicionistas, valeroso puñado de luchadores entre una masa abúlica, parecen estar vencidos de antemano. Se cuenta con pocos detalles referentes al fracaso de la manifestación de Jarkov, encabezada en la calle por Rakovsky. En Leningrado, los oposicionistas llegan a alcanzar la tribuna oficial con sus pancartas pero posteriormente son hábilmente apartados por el servicio de orden que les aísla de la multitud reteniendo a Zinóviev y Rádek. hasta que todo el mundo regresa a su casa. No obstante, se producen buen número de. incidentes entre la milicia y varios centenares de manifestantes encabezados por Bakáiev y Lashévich que visten uniforme. En Moscú los incidentes son más graves: los manifestantes de la oposición que se encuentran dispersos en pequeños grupos entre la muchedumbre que se dirige a la Plaza Roja, despliegan sus pancartas y banderolas; su número supera el centenar según el testimonio de un renegado de la oposición. Pero éstas son inmediatamente rotas y desgarradas por los activistas colocados a lo largo del recorrido que pasan después a rodear a sus portadores. Al parecer, sólo los estudiantes chinos pudieron conservar las suyas hasta la Plaza Roja. Inmediatamente después, los grupos que ya han sido localizados son dispersados y apaleados, algunos manifestantes son detenidos. Un comando entra en la Casa de los Soviets donde Smilgá ha colocado en el balcón de su piso una banderola y los retratos de Lenin y Trotsky: los militantes presentes son golpeados. Idénticos incidentes se producen en el Hotel du Grand Paris, donde Preobrazhensky, que ha encabezado la manifestación, es brutalmente apaleado. Trotsky, que ha llegado en coche, intenta arengar a una columna de obreros en la plaza de la Revolución. Inmediatamente es rodeado por los milicianos y escarnecido por ellos, suena un disparo que rompe los cristales del coche. No tiene más remedio que abandonar su intento."


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