No fumaba, por supuesto, y de todos los maravillosos productos de la destilación, —aguardientes, zumaques, morapios, licores y potingues—, con que los lugares y los tiempos han empedrado, para hacerlo más amable, nuestro paso por el mundo, él solo probaba la cerveza y en acotadas dosis.
Su inventario léxico comenzaba siempre o terminaba por exponer el mágico concepto, el misterioso hallazgo: aerotransportado. Si se comentaba un episodio trágico, acaecido allende la civilización, en el que era necesario tomar rápida intervención, las brigadas eran "aerotransportadas". Si se trataba de combatir incendios en remotos bosques, los voluntarios habían sido "aerotransportados". El azar podía o no iluminar tu patética existencia de vecino infame, pero lo hacía solo si te rozaba la rara suerte, el excepcional prodigio de ser "aerotransportado".
Una vez le dije que viajaba a Buenos Aires. En qué vas, preguntó. En avión, respondí. Y entonces, se me iluminó la cara: voy a ser aerotransportado, agregué. Me miró con pena. Me miró como se mira a quien agrega soda a un tinto de barrica.
No repetí la broma. Pero pensé en aguar su efecto regalándole un cuchillo comando, cien cápsulas de pastillas potabilizadoras o una brújula metálica con cordel. No habría desestimado el obsequio, pero yo habría errado el gesto. Pues no era grosero sino con frecuencia demasiado correcto, como si estuviera idealmente equipado para un ámbito que solo existía en los papeles, en las novelas de aventuras o en las heroicas gestas de caballeros, que vaya a saber de qué modo habían signado su imaginario, pues lo único que lo veía leer, y con dificultad, eran los folletos de los supermercados.
Caí incluso en la cuenta de que para él existía una especie de calidad de aerotransportado, que yo, obviamente, no poseía. Pero habían personas que lucían esa condición. Sin duda, muchas de sus atléticas amigas del gimnasio. Pero también ocasionales transeúntes de pantalón a la rodilla, calzado de marcha, mochila y vientre plano.
De la escuela de suboficiales trajo "decodificar" y, entonces, todo era pasible de ser decodificado o podía entrar en proceso de decodificación. Pero el hallazgo semántico duró poco, apenas un mes desde que lo separaron de la institución, de donde fue expulsado por sugerir a cada rato que el compromiso patriótico de sus componentes era más bien flaco o no se atenía al reglamento, del que se había hecho un ejemplar antes de ser incorporado.
Lo perdí de vista. Pasaron los años. Un día en la terminal de ómnibus lo veo bajar de un micro. Un poco escuálido, la camiseta todavía ajustada sobre el torso que había perdido, no obstante, gran parte de su musculatura, creo que lo reconocí por el modo en que subía el bolso hacia los hombros, como esos jóvenes marinos que llegaban al pueblo en periodo de licencia. Cambiamos unas palabras. Le faltaba un diente. Era profesor suplente de educación física en una localidad del interior de la provincia. Supe, sin que me lo dijera, de la pensión miserable, de la habitación roñosa, del sueldo exiguo. Es extraño el sentimiento que sobre él me embarga. Su soledad, su indescifrable sino.
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