(A propósito del artículo de Pepe Gutiérrez “¿Qué hay detrás de la furia antitrotskista?”. Publicado en http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=26053 el 5 de Noviembre de 2006)
Conocí a Pepe Gutiérrez en una charla-debate realizada en Granollers —Barcelona— no hace mucho tiempo. Yo no formaba parte del terceto de panelistas, sino que me encontraba entre el público, de modo que, cuando pasamos al debate, expresé mis puntos de vista sobre el tema tratado, la Guerra Civil Española.
Mi exposición, breve y catártica, sorprendió a los presentes porque no remitía directamente a la Guerra Civil sino mucho más allá, a la Revolución Rusa y los acontecimientos de Kronstadt.
Y me sorprendió a mi, no por esa remisión, sino por ese inusitado cariz catártico que refiero.
El artículo enmendado de la Real Academia dice de catarsis "Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza". Ese es el sentido aproximado con que la utiliza la psicología y ese el sentido habitual con el que la utilizamos los argentinos, como sabéis, tan adictos a dicha disciplina.
De pronto, luego de años de dudas y reflexiones, podía resarcirme de un trabajoso tránsito por el trotskysmo y de la incertidumbre y desazón que dicha experiencia me había provocado y que la presente etapa de indiferencia social no ha hecho más que ahondar.
Podía, digo, expulsar las impurezas: los demonios que me torturaban desde mi juventud intentando comprender cómo, de qué perversa, intrincada, inconcebible manera había podido surgir el monstruo del stalinismo de las mismas entrañas de la primera revolución obrera triunfante de la historia.
El acto me producía regocijo, es cierto, pero también indisimulable desasosiego al dirigirlo a dos sujetos circunstanciales —el mencionado Pepe Gutiérrez y Ramón Franquesa, del PSUC-VIU (el tercer panelista asistía por la CNT)— representantes de viejas corrientes defensoras —a pesar de los matices— de la antigua Unión Soviética. Con ello no hacía más que reflejar la perturbación que a mí mismo me había provocado el comprender que yo también, en su momento, había defendido lo indefendible.
Desde que abandoné la dogmática leninista-trotskysta -me liberé de ella, debería decir- comprendo que los hombres somos a veces presa de las fuerzas históricas que creemos gobernar y, en consecuencia, solo relativamente responsables de ellas. Creer lo contrario forma parte precisamente de lo que pretendo criticar en este artículo, a saber: el ciencismo, el cientificismo, la ciencia elevada al papel de ideología —como queráis llamarlo—, en otras palabras, la peregrina ilusión de que es posible manipular la sociedad tal cual se haría con un mecanismo y, aun, con un organismo; entusiástica y primitiva idea cuyas raíces es posible rastrear hasta el Renacimiento y que embargó a los humanos hasta bien entrado el siglo XX.
Si Lenin y Trotsky fueron presa de tales fuerzas, cómo podríamos escapar yo o los mencionados compañeros.
Con esta crítica al cientificismo no refiero a una perspectiva sistémica o compleja en cualquiera de sus variantes. No lo creo necesario. Hubo una corriente -existe actualmente, estuvo representada en dicho debate- que con 70 años de antelación anticipó lo ocurrido en la Unión Soviética: el anarquismo. Si la política es el arte de la anticipación, un espíritu inquieto debería al menos cuestionarse sobre las condiciones que hicieron posible semejante prodigio. El anarquismo siempre creyó posible doblar el destino de la sociedad, pero jamás de un modo simplista. O dicho de otra manera: lo suyo era simpleza y no simplismo, y tan radical que estaba a cubierto de ser confundida con cualquier variable de la ciencia.
El artículo de Pepe Gutiérrez refiere fundamentalmente a los ataques que recibe el trotskysmo desde el comúnmente llamado stalinismo, es decir, la corriente histórica que defendía en forma irrestricta a la desaparecida Unión Soviética. Esta crítica proviene del lado contrario. Desde la izquierda, me veo tentado a decir, pero no espero que Gutiérrez apruebe semejante esquema. Lo importante no es el nombre, lo importante es resaltar que proviene de otro lado. Y me veo impelido ha llevarla a cabo para no desaprovechar esta oportunidad que me brinda el artículo de Gutiérrez no solo de polemizar sobre este asunto sino de aclarar aquella extraña intervención mía, aun a sabiendas de que, si Gutiérrez me responde, no estoy seguro de poder contestarle, no por cobardía, quizás por falta de argumento, pero seguramente por motivos de trabajo, pues estoy restringido en este aspecto por mi condición de inmigrante y mis opciones no son ni muchas ni buenas.
La Revolución Rusa
Comprender la Revolución Rusa, y con ella los 70 años que le sucedieron, produce un efecto de clarividencia similar al que se siente al penetrar las primeras implicancias de la Teoría de la Relatividad. De repente, un mundo de conceptos rígidos y enigmáticos -tiempo, espacio, simultaneidad- se liberan de sus ataduras, bailan con nuestro punto de vista y revelan su naturaleza de referencias, de herramientas mentales que traducen la realidad en símbolos.(1)
Observada con una actitud mental pre relativista, la Revolución Rusa se parece a una caja negra donde, por un lado, entran Lenin y Trotsky y, por el otro, sale Stalin, pero es imposible discernir qué ocurrió en medio. Ante semejante corte, Stalin (me refiero a sus respectivos regímenes, claro, y no solo a los personajes) solo puede ser explicado por un salto cualitativo, de signo negativo claro, o por generación espontánea. Como la generación espontánea -salvo que se trate de un enredo cuántico que ha pasado lamentablemente desapercibido para la física moderna- podemos descartarla por metafísica, solo nos queda el salto cualitativo.
El salto cualitativo -el surgimiento de lo nuevo- pretende ser explicado por la dialéctica, y la dialéctica cuenta aun con otra herramienta, un poco obvia, pero que podemos tener en cuenta, enunciada por el propio Trotsky: la ley del desarrollo desigual y combinado.
La dialéctica es la lógica del proceso, del desarrollo, de la relación. No sé si existe una lógica dialéctica, pero sí existe una dialéctica de la lógica, como decía Piaget. Frente a la lógica formal -la aristotélica- la dialéctica aparece como esencialmente dinámica, como la lógica de las cosas en movimiento. Sin embargo, Trotsky, al referirse a Stalin y al desarrollo burocrático, no aplica la dialéctica pues el elemento esencial sigue fundamentalmente inexplicado: no se trata de explicar porqué surge Stalin como elemento separado sino porque surge Stalin precisamente de las entrañas del Partido Bolchevique y en este punto su microscopio dialéctico no registra más aumentos. El segmento esencial sigue siendo un punto oscuro, una mancha negra.
Es cierto que, aplicando la ley del desarrollo desigual y combinado, Trotsky propone diferentes soluciones a la aparición del proceso mismo en su conjunto (lo avanzado de la situación política soviética combinado con el atraso de la situación europea, la enorme tensión provocada entre la construcción de un estado obrero y el agotamiento de la vanguardia, etc.), pero el problema esencial, su correlación precisa, sigue sin ser explicado.
Si ni la dialéctica ni el desarrollo desigual y combinado, al uso de Trotsky, alcanzan para iluminar el problema, intentemos otras posibilidades. Se puede, no es delito. Se llama método hipotético deductivo y no solo forma parte de la biblioteca lógica de la ciencia sino de la de cualquier niño a partir de los doce años.
Si llegamos a una comisaría denunciando hechos de violencia familiar, diciendo por ejemplo, que el hijo ha pegado a la madre ¿qué nos preguntaría incluso el policía que está en la puerta haciendo guardia?. Nos preguntaría: ¿hay antecedentes de violencia en la familia?; el padre, por ejemplo ¿también le pegaba a la señora? Y con eso ya está la mitad del problema resuelto. No es necesario ser psicoanalista lacaniano para concebirlo.
Pero aun más. Cuando una persona es violada o asesinada ¿qué dicen las estadísticas? No tengo la cifra en mente. Pero dicen que en un 60 o 70 u 80 por ciento de los casos el autor es un conocido o un miembro de la familia. Ese hogar es una caja negra. Nadie sabe cómo sucedieron los hechos, pero lo más probable es que la relación esté allí mismo y no sea necesario buscar los motivos en hipótesis ajenas a su entorno. Dicho de otra manera: para esto no hace falta siquiera la dialéctica. El simple olfato de un policía con dos años de experiencia alcanza y sobra.
Sin embargo, la izquierda tradicional pretende que no hay ninguna relación entre Lenin y Trotsky, por un lado, y Stalin, por el otro. Son entidades cerradas, abstractas, metafísicas, sin relación entre sí.
Tanta insistencia deductiva solo tiene por objeto señalar que Trotsky no solo renuncia a una aplicación seria de su más mentada metodología, la dialéctica. No solo a la ley del desarrollo desigual y combinado (el tamaño colosal de la Unión Soviética y el infinitesimal del Partido Bolchevique, podría haber argumentado) sino al simple sentido común y solamente nos dice: eran obreros atrasados.
¿Qué debemos entender por ello? ¿Que masacró a los trabajadores de Kronstadt porque eran atrasados, porque ya no estaban a la vanguardia?
Efectivamente, Trotsky responde solo en dos oportunidades a los requerimientos públicos sobre Kronstadt, con dos miserables cartas -no con cuarenta quilos de expedientes, que aun en la justicia burguesa requiere a veces un asesinato común-. No, con dos cartas donde, en resumidas cuentas, dice eso, que eran obreros atrasados y estaban siendo manipulados por la reacción. Un hecho lamentable. Un hecho doloroso y lamentable, recitan sus epígonos desde entonces.
¿Que qué tiene que ver Kronstadt con Stalin? Mucho. Pero nos hemos adelantado. Veamos, aunque sea brevemente, los hechos.
Kronstadt
Kronstadt era una guarnición naval ubicada en el Golfo de Finlandia, en la isla Kotlin, a poca distancia de Petrogrado, entonces, la capital de la República Socialista Soviética Federada de Rusia, médula de la posterior Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Contaba entonces con alrededor de 15000 efectivos, entre marinos, soldados y trabajadores. En 1921 se levantó contra el gobierno bolchevique.
¿Qué era lo que distinguía a Kronstadt de cualquier otra guarnición, fábrica o concentración de trabajadores a lo largo de toda la extensa geografía soviética? Que eran la vanguardia indiscutida de la Revolución.
En su Historia de la Revolución Rusa, publicada en 1932, Trotsky la menciona 48 veces. No hay episodio importante de la Revolución en el que los marinos de Kronstadt no hubieran estado presentes. Por ejemplo, en el siguiente pasaje, refiriéndose a la Revolución de Febrero, la de Kerensky, dice Trotsky:
"Los marineros, gente templada bajo el régimen espantoso de la escuadra zarista y de la frontera marítima, acostumbrados al trabajo rudo, a los sacrificios y también a toda clase de excesos, ahora, que se abría ante ellos la perspectiva de una vida nueva, de la cual se sentían llamados a ser los dueños, ponían en tensión todas sus fuerzas para mostrarse dignos de la revolución. En Petrogrado, acosaban a amigos y enemigos y se los llevaban, casi por la fuerza a Kronstadt para que viesen de cerca quiénes eran y cómo gobernaban los marineros revolucionarios. Naturalmente, este estado de tensión moral no podía durar eternamente; pero duró bastante tiempo. Los marineros de Kronstadt se convirtieron en algo así como la orden militante de la revolución. Pero ¿de cuál? Desde luego, no de la que personificaba el ministro Tsereteli, con su comisario Pepeliayev. Kronstadt era como el augur de la segunda revolución. Por esto le odiaban tanto aquellos que tenían ya bastante y aun de sobra con la primera." (Trotsky, 1932)
Historia de la Revolución Rusa termina, oportunamente, en el 17, de modo que la explicación del “fenómeno” que lleva a los trabajadores de Kronstadt a oponerse a los bolcheviques queda relegada a documentos posteriores. En ellos se limita a afirmar que la guarnición se había vaciado de revolucionarios y solo vegetaban elementos atrasados y sin moral.
La verdad, es que las diferencias entre Kronstadt y los bolcheviques comenzaron al día siguiente de la Revolución de Octubre. Fueron dejadas momentáneamente de lado hasta finalizada la invasión del Ejército Blanco, y cuando ya Wrangel, el general de la Entente, estaba derrotado y lejos del suelo soviético, volvieron a resurgir en todo su esplendor. Desde hacía mucho, pero sobre todo a partir de ese momento, los trabajadores rusos de vanguardia no hablaban más que de una cosa: la tercera Revolución Rusa, la que le quitara el poder al Partido Bolchevique para devolvérselo a los trabajadores.
Lo que Trotsky no comprende es que, desde el punto de vista de los trabajadores, un partido o cualquier otra organización, no es más que un medio y no un fin en sí mismo. Los trabajadores soviéticos jamás se sintieron amedrentados por la existencia del Partido Bolchevique, lo aceptaban como una corriente más del movimiento obrero. No sintieron tampoco que "su" Revolución fuera menos "su" Revolución porque los bolcheviques anduvieran en medio pegando carteles. Los problemas comenzaron cuando el Partido empezó a tomarse en serio su destino mesiánico y a querer imponer sus puntos de vista por la fuerza, una vez que encaramado en el poder comenzó también a demostrar que ese poder ya no era de todos, como afirmaba en un comienzo, sino solo de los bolcheviques.
Es, si se me permite otra metáfora, como el problema del patentamiento de un gen por la industria biogenética. Es como si dijeran: Mientras la ciencia era un esfuerzo de todos, un bien social, todas sus conquistas iban a ser de todos. Ahora que hemos individualizado estos genes, son nuestros, porque ha sido nuestra ciencia, nuestro enfoque particular de la ciencia dentro de la ciencia de todos, la que ha logrado descubrirlos.
De repente se esfuman Mendel y sus guisantes; el presupuesto estatal educativo; los desarrolladores de aparatos y metodologías; los fabricantes de espectrofotómetros; Borges y "El jardín de los senderos que se bifurcan"; Cruz y Raya, que nuestros científicos ven cuando llegan a casa para olvidarse de los problemas del laboratorio; la mujer que limpia el laboratorio; los traductores; los diseñadores de sitios web; su madre, que los acarició cuando pequeños; Montse, la maestra de P3, que enseñó a Manolo, el más bajito de nuestros personajes, a coger los cubiertos como se debe, y los trabajadores que derribaron los árboles para hacer el papel donde cuatro señores de blanco nos dicen ahora que los genes son de ellos y de nadie más. Vaya. Es como si en tu trabajo, el último compañero de la cadena de montaje, el que pega la etiqueta, se atribuyera de pronto la realización del objeto todo. Lo mirarías un poco perplejo y con sorna te reirías de semejante arranque de individualismo.
Pues así miraban los trabajadores de Kronstadt al Partido Bolchevique, pues Lenin y Trotsky sufrían de esa misma ilusión. Creían que sus teorías -su ciencia- habían hecho posible la Revolución, cuando sucedió exactamente lo contrario. Fue la Revolución la que hizo posible sus teorías.
Pero volvamos a los hechos. Terminada la guerra, el proletariado quería poner las cosas en orden con el Partido Bolchevique. Esperaba que terminara el racionamiento, que se abolieran los privilegios burocráticos, que regresaran ciertas libertades fundamentales, que se acabara con la militarización del trabajo, que desapareciera la "cheka" -la policía política, cuya versión reeditada los obreros catalanes sufrirían en pellejo propio- y los odiados "comisarios" del partido. Pero los bolcheviques no daban señales de querer cambiar nada de esto ni de discutir con los trabajadores sus demandas.
Los trabajadores de Petrogrado fueron los primeros en protestar. Petrogrado, la ciudad revolucionaria -los trabajadores de Kronstadt eran solo la vanguardia dentro de la vanguardia- empezaba a decir basta a la prepotencia bolchevique. Dado que toda esta información está suficientemente documentada por diferentes fuentes, me limito a citar algunas bien conocidas para continuar este relato:
"Con el fin de forzar al gobierno a examinar sus exigencias, se declararon huelgas en la fábrica de municiones («Patronny»), en las fábricas del Báltico y de Trubochny, en la fábrica de Laferni. Pero en lugar de discutir la cuestión con los obreros descontentos, el gobierno de los obreros y campesinos creó un Comité de defensa como en período de guerra, con Zinoviev -el hombre más odiado de Petrogrado- como presidente. El fin manifiesto de este Comité era el de estrangular el movimiento huelguista.
El 24 de febrero [de 1921] se declararon las huelgas. El mismo día los bolcheviques enviaron los «kursanty» -los estudiantes comunistas de la academia militar que se preparaban para los grados de oficiales del ejército y de la marina- para dispersar a los trabajadores que se habían reunido en Vasilievsky Ostrov, el barrio obrero de Petrogrado. Al día siguiente, el 25 de febrero, indignados, los huelguistas de Vasilievsky Ostrov visitaron los astilleros del Almirantazgo y los docks de la Galernaya y persuadieron a los obreros a asociarse contra la actitud autocrática del gobierno. La demostración intentada en las calles de la ciudad por los huelguistas, fue dispersada por los soldados.
El 26 de febrero, en la reunión del Soviet de Petrogrado, un conocido comunista, Laskevich, miembro del Comité de defensa y del Consejo militar revolucionario de la república, denunció el movimiento huelguista en los términos más acerbos. Acusó a los obreros de la fábrica de Trubochny de haber incitado al descontento y de ser «hombres que no pensaban más que en su provecho personal y que eran contrarrevolucionarios»; fríamente propuso cerrar la fábrica de Trubochny, proposición aceptada por el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, del que Zinoviev era presidente. Los huelguistas de Trubochny fueron, pues, lock-outados y privados automáticamente, por consecuencia, de su ración de víveres.
Las medidas del gobierno bolchevique sirvieron para agriar más el antagonismo de los obreros.
En las calles de Petrogrado comenzaron a aparecer proclamas de huelga. Algunas de ellas llevaban ya un carácter francamente político; el más característico de estos manifiestos, fijado en los muros de la ciudad el 27 de febrero, decía:
«Se ha hecho necesario un cambio completo en la política del gobierno. En primer lugar, los obreros y los campesinos tienen necesidad de libertad. No quieren vivir según los decretos de los bolcheviques: ¡quieren controlar sus propios destinos!
»¡Camaradas, mantened el orden revolucionario! Exigid de un modo organizado y decidido:
»La liberación de todos los socialistas y de los obreros sin partido encarcelados;
»La abolición del estado de sitio; la libertad de palabra, de prensa y de reunión para todos los que trabajan;
»La elección libre de los Comités de fábrica y de los representantes a los sindicatos y a los soviets;
»¡Organizad reuniones, adoptad resoluciones, enviad vuestros delegados a las autoridades y trabajad en la realización de vuestras exigencias.»
El gobierno respondió efectuando numerosos arrestos y suprimiendo varias organizaciones obreras." (Berkman, 1920)
Debido a la gravedad de la situación e indignados por la metodología gubernamental los trabajadores de Kronstadt deciden intervenir:
"El movimiento de simpatía hacia los obreros huelguistas de Petrogrado, comenzó primeramente entre los marinos de los barcos de guerra Petropavlovsk y Sebastopol, los mismos navíos que en 1917 fueron el apoyo principal de los bolcheviques. El movimiento se extendió a toda la flota de Kronstadt, y después a los regimientos estacionados allí. El 28 de febrero la tripulación del Petropavlovsk adoptó una resolución que obtuvo también el consentimiento de los marinos del Sebastopol. La resolución pedía, entre otras cosas, reelecciones libres del Soviet de Kronstadt, cuyo mandato iba pronto a expirar. Al mismo tiempo fue enviada a Petrogrado una comisión de marinos para obtener informaciones sobre la situación.
El 1º de marzo se celebró una reunión pública en la plaza del Ancla, en Kronstadt; fue convocada oficialmente por las tripulaciones de la primera y la segunda escuadra de la flota del Báltico. Dieciséis mil marineros, soldados rojos y trabajadores acudieron a ella; la presidió el presidente del Comité ejecutivo del Soviet de Kronstadt, el comunista Vasiliev. El presidente de la República socialista federativa de los Soviets, Kalinin, y el comisario de la flota del Báltico, Kuzmin, estaban presentes, y tomaron la palabra. Debe hacerse notar aquí, como indicación de la actitud amistosa de los marinos hacia el gobierno bolchevique, que Kalinin, a su llegada a Kronstadt, fue recibido con los honores militares, con música y con banderas desplegadas.
La comisión de marinos que había sido enviada a Petrogrado presentó su informe en el mitin. Este informe confirmó las peores aprensiones de Kronstadt. La reunión expresó abiertamente su indignación contra los métodos empleados por los comunistas para sofocar las aspiraciones de los obreros de Petrogrado. La resolución adoptada por el Petropavlovsk el 28 de febrero fue entonces presentada a los reunidos. El presidente de la República, Kalinin, y el comisario Kuzmin atacaron ferozmente la resolución, a los huelguistas de Petrogrado y a los marinos de Kronstadt. Pero sus argumentos no impresionaron a los asistentes y la resolución del Petropavlovsk fue adoptada por unanimidad. He aquí el documento histórico:
«Resolución de la reunión general de la primera y segunda escuadra de la flota del Báltico, celebrada el 1.º de marzo de 1921
Habiendo oído el informe de los representantes enviados a Petrogrado por la reunión general de las tripulaciones para examinar allí la situación,
Decide:
1) dado que los soviets actuales no expresan la voluntad de los obreros y de los campesinos, celebrar inmediatamente las nuevas elecciones por voto secreto, teniendo completa libertad de agitación entre los obreros y campesinos la campaña electoral;
2) establecer la libertad de palabra y de prensa para todos los obreros y campesinos, para los anarquistas y para los partidos socialistas de la izquierda;
3) asegurar la libertad de reunión para los sindicatos y para las organizaciones campesinas;
4) convocar una conferencia independiente de los obreros, soldados rojos y marinos de Petrogrado, antes del 10 de marzo de 1921;
5) liberación de todos los presos políticos socialistas y también de todos los obreros, campesinos, soldados y marinos encarcelados por el delito de participación en los movimientos obreros y campesinos;
6) elegir una comisión de examen de los casos de aquellos que se encuentran en las prisiones y en los campos de concentración;
7) abolir las oficinas políticas, porque ningún partido debe tener privilegios para la propaganda de sus ideas, ni recibir la ayuda financiera del gobierno para tales fines. En su lugar será necesario instituir comisiones de educación y de cultura social, elegidas localmente y sostenidas materialmente por el gobierno;
8) abolir inmediatamente los «destacamentos de portazgo»;
9) igualación de las raciones para todos aquellos que trabajan en oficios peligrosos para la salud;
10) abolición de los destacamentos comunistas de guerra en todas las secciones del ejército, lo mismo que de la guardia comunista apostada en los talleres y en las fábricas; en caso de necesidad, estos destacamentos o pelotones de guardia deberán ser designados en el ejército, desde las filas mismas, y en las fábricas según los deseos de los obreros;
11) dar a los campesinos plena libertad de acción en lo que concierne a sus tierras y también el derecho a poseer ganado, a condición de que se arreglen los campesinos mismos sin tener que recurrir a la explotación ajena;
12) pedir a todas las secciones del ejército y a nuestros camaradas los kursanty militares que acepten nuestras resoluciones;
13) pedir a la prensa que dé la mayor publicidad a nuestras resoluciones;
14) designar una comisión ambulante de control;
15) permitir la pequeña industria a domicilio.
La resolución es adoptada por unanimidad por la reunión de la brigada, absteniéndose de votar sólo dos personas.
PETRICHENKO
Presidente de la reunión de la brigada
PEREPELKIN
Secretario
Resolución adoptada por aplastante mayoría por la guarnición de Kronstadt.
VASILIEV
Presidente.»
Esta resolución que, como hemos dicho ya, fue combatida ardientemente por Kalinin, fue adoptada a pesar de su protesta. Después de la reunión, Kalinin pudo volver a Petrogrado sin ser inquietado.
En esta misma reunión se resolvió enviar a Petrogrado un comité que explicaría a los obreros y a la guarnición de la capital las peticiones de Kronstadt y pediría que delegados independientes (no pertenecientes a ningún partido) fuesen enviados por ellos a esta ciudad para informarse sobre el estado verídico de las cosas y sobre las peticiones de los marinos. Este comité, compuesto de treinta miembros, fue detenido en Petrogrado por los bolcheviques; su suerte ha quedado siempre en el misterio." (Berkman, 1920)
Sobre las contradicciones que en las propias filas bolcheviques provocaba el hecho de enfrentarse a los marinos de Kronstadt, véase la siguiente carta:
“El 8 de marzo último, nosotros, kursanti, oficiales y soldados rojos de Moscú y Petrogrado, recibimos orden de partir al ataque contra la ciudad de Kronstadt. Se nos dijo que los guardias blancos habían provocado un motín. Cuando, sin hacer uso de nuestras armas, nos aproximamos a la ciudad y entramos en contacto con la vanguardia de los marinos y obreros, comprendimos que no había en Kronstadt motín alguno de guardias blancos sino que los marinos y los obreros habían derribado el poder absolutista de los comisarios. Y pasamos de inmediato junto a los de Kronstadt, y ahora pedimos al Comité Revolucionario que nos distribuyan en los destacamentos de soldados rojos combatientes, porque queremos luchar entre los verdaderos defensores de los obreros y campesinos de Kronstadt y toda Rusia.
Estimamos que el Comité Revolucionario Provisorio ha tomado el buen camino hacia la emancipación de todos los trabajadores, y que solamente la idea de “Todo el poder a los soviets y no para los partidos”, podrá llevar a buen término la obra comenzada.” (Volin, 1954)
El bombardeo de Kronstadt por la artillería comienza la tarde del 7 de marzo de 1921, y fue seguido por la primera tentativa de asalto a la fortaleza. Trotsky había advertido: “los cazaremos como perdices”. Pero solo luego de diez días de combates los bolcheviques consiguen entrar en la fortaleza. Entonces se produce el baño de sangre: trabajadores, mujeres y niños son aniquilados donde se encuentren o en masivos fusilamientos nocturnos llevados a cabo por la cheka.
Kronstadt, que vivió hasta último momento en la fe de que el proletariado de Petrogrado acudiría en su ayuda, desconocía que los obreros de la capital habían sido aterrorizados y la guarnición efectivamente aislada de todo socorro.
La historia, que es pródiga en paradojas y moralejas, quiso que los bolcheviques festejaran al día siguiente, el 18 de marzo, la derrota de los obreros de Kronstadt junto al aniversario de la Comuna de París, la primera experiencia de un gobierno obrero independiente que terminó, claro está, en otro baño de sangre.
Las consecuencias
El resultado fue devastador. No solo para la clase obrera soviética, cuya moral fue definitivamente quebrada, sino para el propio Partido Bolchevique. Muchos en el Partido tuvieron la dignidad de renunciar a sus filas, como atestiguan infinidad de cartas publicadas en Izvestia, el órgano del Comité Revolucionario Provisional de Kronstadt, pero la inmensa mayoría se replegó aterrorizado en sus propias vidas. A partir de entonces nada fue igual en la Unión Soviética pues si el Partido había sido capaz de aniquilar a sangre y fuego a la flor y nata de la Revolución qué no podría hacer con un militante aislado. El miedo y la suspicacia se apoderaron de sus filas hasta un grado tal que, si Stalin hubiese sido llevado frente a un tribunal por sus crímenes posteriores podría haber argumentado, tranquilamente, que actuó en defensa propia. Es decir, que eliminó a sus oponentes antes que ellos lo eliminaran a él. Esto no es una disculpa a Stalin, es solo poner cada cosa en su sitio.
Stalin fue producto de la situación y no, no hubo siquiera salto cualitativo. Tan solo una transición perfectamente lógica y consanguínea de Lenin y Trotsky a Stalin, apenas condimentada con rencillas burocráticas.
Pero volvamos a Trotsky. Ahora se entiende por qué renuncia nuevamente a la dialéctica cuando pretende aportar a una clarificación del proceso de burocratización de la Unión Soviética escribiendo una biografía de Stalin.
¿Por qué escribir una biografía de Stalin? Stalin no creó las condiciones históricas, más bien las condiciones históricas crearon el puesto que llenó Stalin, y que podría haber ocupado cualquier otro. Cualquier otro cuya biografía personal cumplimentara tanto como la de él los requisitos para el papel siniestro que debía representar.
No, Trotsky se ve obligado a hablar de cuestiones personales –al estilo de la historiografía burguesa que él mismo criticaba- para no entrar en las verdaderas razones históricas del fenómeno que decía explicar. Las demás, las cuestiones clásicas que aporta en este sentido -la derrota de la revolución alemana, el aislamiento económico, el agotamiento de la vanguardia revolucionaria- eran las condiciones que determinaron no el proceso de burocratización sino la derrota de la Revolución Rusa, pues la burocratización no era tan solo una mancha en el proceso revolucionario. Era, como lo demostró con Kronstadt, la expresión de la derrota lisa y llana de la Revolución.
Pues el pulso de un proceso histórico no lo determina el estado de un partido político, sino el estado de las masas. Y las masas rusas, a más de por las condiciones históricas y el combate con la reacción, fueron derrotadas por el Partido Bolchevique. Allí se quebró su convicción, su estado de ánimo, su fe en el hombre y en un futuro digno para la humanidad. Fue necesario que los trabajadores fueran masacrados por los trabajadores mismos para operar el milagro de su derrota. Solo eso podía vaciar de sentido su propia existencia hasta el punto de inmolarse en un intento militar sin perspectiva alguna.
La interpretación leninista-trotskysta de la Revolución Rusa es, pues, la inversión de la verdad histórica. Nuevamente, el mundo patas arriba: las causas en el lugar de los efectos y los efectos en el lugar de las causas. Revierte así, anula, la inversión ya operada por Marx del sistema hegeliano, al cambiar nuevamente el orden de los tomos de Aristóteles: la Metafísica antes de la Física.
Si pudieron realizar dicha inversión, al menos ante los ojos de la inmensa mayoría de la humanidad, fue porque, como todos los triunfadores, fueron ellos quienes escribieron la historia. Pero solo hasta que la historia los alcanzó con su espiral: hasta la caída de la propia Unión Soviética.
Los papeles, el fundamento teórico con el que pretendieron patentar dicha inversión -esos que llevas a la Oficina de Patentes cuando quieres registrar un invento- fueron de índole histórica y filosófica. La faena histórica fue llevada a cabo por multitud de obras y autores que menoscabaron el papel de las masas destacando el rol del partido –y casi siempre, silenciando vergonzosamente hechos fundamentales-. La tarea filosófica fue encarada por el vehemente y joven Lukács que, en Historia y Conciencia de Clase, publicada en 1923, amalgamaba la conciencia proletaria y la necesidad del partido en una sola unidad teórico-práctica; pero que imposibilitado de encontrar coherencia en la óptica leninista se diferenció desde su nacimiento con ella, a pesar de lo cual, no exenta de interés pero tampoco de contradicciones, fue abandonada por su propio autor algunos años más tarde.
Pero, ante todo, ¿por qué fue tan fácil imponer esta visión?
Las gafas con que miramos la realidad
Fue tan fácil porque el leninismo-trotskysmo contaba para ello con el modo habitual de ver las cosas de la inmensa mayoría de la población: el de la propia burguesía. El mismo modelo esencial solo que invertido.
¿Hay ocultación en la versión leninista-trotskysta de los hechos? Si, ocultación de hechos esenciales, pero sobre todo hay una jerarquización de esos hechos que es completamente diferente. En otras palabras. Con las gafas leninistas-trotskystas la realidad se ve tal si fuera “leninista-trotskysta”.
¿Cómo son esas gafas?
Al igual que el de la burguesía, el mundo del leninismo-trotskysmo es un mundo de héroes y villanos. Basta cambiar el lugar de uno por el otro para que la tortilla se vuelva. Pero en la realidad no basta solo con eso. Hay que dar vuelta el sartén, tienes que darte vuelta tu con el sartén y finalmente verás que gira la habitación entera.
Cuando Lenin y Trotsky se ven en el poder creen que la tortilla ya se ha vuelto y que cualquier cosa que amenace al Partido y al Estado Soviético amenaza dicha inversión (no lo he dicho aun, pero a esta altura creo que ya es evidente que el problema de Kronstadt y Petrogrado para Lenin y Trotsky no era que estuvieran manipulados por la reacción sino que se propusieran como lo que eran, es decir, la verdadera dirección de la Revolución).
Dicho razonamiento es una vulgar aplicación del "principio de no contradicción" que, junto al "principio de identidad" y al "principio del tercero excluido", constituye las bases de la lógica aristotélica clásica. "Si A es igual a A, entonces A no es igual a B", lo que traducido al lenguaje cotidiano significa: "Si los revolucionarios somos nosotros, no pueden ser ellos", principio que, digamos también de paso, debería presidir la prensa de todos los partidos tradicionales de izquierda.
¿Por qué Lenin y Trotsky no identifican a los trabajadores de Kronstadt con la clase obrera soviética? Porque no aceptan dicha evidencia como haría la ciencia sino que la desarman analíticamente como hace el cientificismo. La desarman en partidos, sectores y tendencias. Creen que los trabajadores de Kronstadt actúan exclusivamente influenciados por los socialrevolucionarios o por los mencheviques o por los anarquistas. Al concebirse a sí mismos como separados y por encima del movimiento de masas creen que cualquier actuación del movimiento de masas que contradiga sus principios está inspirada en una influencia independiente similar. Dejan de concebir al movimiento obrero como un todo.
Pero el objeto analizado en la abstracción del laboratorio ya no es el mismo objeto de la realidad. La obsesión determinista pierde de vista al objeto y es incapaz de reconstruirlo.
No basta pues con la simple inversión de héroes y villanos. Lo que se ha acabado, luego de todas estas experiencias, es la historia misma entendida en términos de héroes y villanos, de agentes y sustitutos del sujeto histórico que asumen el papel de único observador e, ignorantes de ello, pretenden imponer su sistema de referencias. Por eso la quizás inusual referencia a la Teoría de la Relatividad con que comencé este artículo no es, como podría pensarse, pura coquetería intelectual. Es una alusión totalmente válida a un hito del pensamiento que siguió desarmando la pertinaz resistencia de la lógica basada en el objeto dando un nuevo ímpetu al sistema de coordenadas, a la perspectiva desde donde miramos dicho objeto antes que al objeto mismo (tarea en la que Hegel y el propio Marx ya se habían visto involucrados, pero que continúa aun).
La visión leninista-trotskysta del mundo no arribó nunca a los sistemas de referencias. No salió jamás, ni con Lenin ni con Trotsky, de cualquier lógica que no estuviera inspirada en la simplista teoría del reflejo, según la cual los objetos son exactamente lo que vemos. Para el leninismo-trotskysmo la dirección revolucionaria es, en consecuencia, absoluta y no relativa. Es el partido y no puede ser otra, es el estado obrero y no puede ser otro.
Como corolario de tal concepción Lenin y Trotsky terminan aniquilando al objeto mismo de sus desvelos: la clase trabajadora y su vanguardia. Lo que sigue después, el auge de la burocracia, se les aparece no como una consecuencia necesaria sino como algo desprendido totalmente de su propio accionar.
Mientras los trabajadores de Kronstadt y Petrogrado aceptan como una realidad momentánea y relativa la dirección del Partido Bolchevique, el Partido Bolchevique veía su propio actuación en la Revolución como absoluta. Es más, sufría la ilusión de que todo se producía gracias a esa intervención.
Pero ¿es que los trabajadores de Kronstadt eran expertos en relatividad y teoría del conocimiento? De ninguna manera. Ni necesitaban serlo. Simplemente, sus gafas eran esencialmente las del anarquismo, pero no porque el anarquismo decidiera puertas adentro su futuro accionar sino solo porque el anarquismo coincide de un modo mucho más natural con la visión de la clase obrera, pero además, y sobre todo, porque el anarquismo, quizás de concepciones científicas débiles, no cometió jamás un error mucho peor: dar el paso de la ciencia al cientificismo.
La teoría anarquista, mucho menos determinada pero, por ello mismo también, mucho menos determinista, jamás buscó la hiper fundamentación pretendida por el marxismo. Acepta la ciencia como un aporte más dentro del quehacer humano, pero rehuye de su reinado –como en la época de Marx- y mucho más de su dictadura –como en los tiempos que vivimos-.
Bakunin, por ejemplo, carece de los geniales análisis marxianos de la mercancía y sus manifestaciones, pero creo que es igualmente imposible encontrar en todo Marx un solo pasaje de la lucidez del siguiente texto de Bakunin:
“La ciencia, que no se ocupa más que de lo que es expresable y constante, es decir, de las generalidades más o menos desarrolladas y determinadas, pierde aquí su latín y baja el pabellón ante la vida, que es la única que está en relación con el aspecto viviente y sensible, pero imperceptible e indecible de las cosas. Tal es el real y se puede decir el único límite de la ciencia, un límite verdaderamente infranqueable. Un naturalista, por ejemplo, que es él mismo un ser real y vivo, diseca un conejo; ese conejo es igualmente un ser real, y ha sido, al menos hace apenas algunas horas, una individualidad viviente. Después de haberlo disecado, el naturalista lo describe; y bien, el conejo que sale de la descripción es un conejo en general, que se parece a todos los conejos, privado de toda individualidad, y que, por consiguiente, no tendrá nunca fuerza para existir, y permanecerá eternamente un ser inerte y no viviente, ni corporal siquiera, sino una abstracción, la sombra fijada de un ser vivo. La realidad viviente le escapa y no se da más que a la vida que siendo ella misma fugitiva y pasajera, puede percibir y, en efecto, percibe siempre todo lo que vive, es decir, todo lo que pasa o lo que huye.
El ejemplo del conejo, sacrificado a la ciencia, nos interesa poco, porque ordinariamente nos interesamos muy poco en la vida individual de los conejos. No es lo mismo con la vida individual de los hombres, que la ciencia y los hombres de ciencia, habituados a vivir entre abstracciones, es decir, a sacrificar siempre las realidades fugitivas y vivientes a sus sombras constantes, serían igualmente capaces, si se les dejase hacer, de inmolar o al menos de subordinar en provecho de sus generalizaciones abstractas.
La individualidad humana, lo mismo que la de las cosas más inertes, es igualmente imperceptible y, por decirlo así, inexistente para la ciencia. También los individuos vivos deben premunirse y salvaguardarse contra ella, para no ser inmolados, como el conejo, en provecho de una abstracción cualquiera como deben premunirse al mismo tiempo contra la teología, contra la política y contra la jurisprudencia, que, participando igualmente de ese carácter abstractivo de la ciencia, tienen la tendencia fatal a sacrificar los individuos en provecho de la misma abstracción, llamada por cada uno con nombres diferentes: la primera la llama verdad divina; la segunda, bien público, y la tercera, justicia.” (Bakunin, 1870)
El conejo sacrificado a la ciencia por Lenin y Trotsky fue pues la clase obrera soviética.
Para terminar
Gutiérrez se refiere a la oposición trotskysta a la burocracia soviética como “la más consecuente”, mas si los trotskystas hubieran de gobernar esa oposición se transformaría en esencial coincidencia. ¿Por qué? Porque parten de la misma concepción del partido, la misma concepción del estado, el mismo modo de ver y entender la realidad y el mundo.
Algunas tendencias trotskistas, a lo sumo, resaltan hoy en día algunos aspectos de tímido concejismo luxemburguiano. Pero nada más. Se comprenderá que eso la gente no se lo cree. Luego de generaciones de revolucionarios que pusieron las manos en el fuego por el estado obrero y se quemaron, es comprensible que no sea fácil embarcar nuevamente al mundo en un proceso de cambio.
Se comprenderá también por qué no se produjo la anunciada revolución política en los estados obreros degenerados, por qué, una vez desenmascarado el stalinismo, los militantes revolucionarios no se volcaron masivamente al trotskysmo y por qué vive la humanidad esta situación de impasse, de helado escepticismo, que se parece a la muerte.
Hay multitud de aspectos que quedan en el tintero en este breve pasaje por el acontecimiento más importante del siglo XX. Entre ellos, la resistencia de las propias bases del Partido Bolchevique al curso burocrático mucho antes de 1921. Es un capítulo muy interesante pues, de no haberse producido, habría que pensar que los bolcheviques eran un partido de zombis. No, ni mucho menos. Tales batallas existieron y fueron duras. Allí se discutieron aspectos fundamentales del poder: la dirección de las empresas, el papel de los sindicatos, la existencia de los soviets, aunque en todas ellas la fe en la ciencia se terminó imponiendo como último criterio selectivo junto con la amenaza de expulsión de las filas partidarias. En fundanin.org, una excelente recopilación de documentos, Pepe Gutiérrez ofrece al público mucha información que las refiere.
De entre ellas, me contento con citar una de Castoriadis:
“Desde comienzos de 1918 y hasta la prohibición de las fracciones en marzo de 1921, se forman en el Partido bolchevique tendencias que expresan con una clarividencia y una nitidez a veces sorprendentes la oposición a la línea burocrática del Partido y a la burocratización vertiginosa de la organización. A comienzos de 1918 son los «Comunistas de izquierda»; en 1919, la tendencia del «Centralismo democrático»; por fin, en 1920-1921, la «Oposición obrera» (…) En ellas se expresan a la vez la reacción de los elementos obreros del Partido -que sin duda traduce también las actitudes del ambiente proletario externo al Partido- en contra de la línea de «capitalismo de Estado» impuesta por la dirección, y asimismo se expresa lo que podríamos denominar «el otro componente» del marxismo, es decir, el que invoca la actividad propia de las masas y proclama que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.”(Castoriadis, 1964)
En mi último empleo, una fábrica de cristales con mortales jornadas de doce horas, un compañero de origen ucraniano solía aliviar la labor relatando viejas aventuras de niño. Se reunían temprano, por ejemplo, armados tan solo con una gomera para salir al campo a cazar perdices. La tarea no era fácil, sobre todo el pasar desapercibidos, pero el extremo de la dificultad consistía en darle al ave en la cabeza, cuando aun se encontraba en tierra, de modo de no arruinar el cuerpo con cicatrices y magulladuras.
A modo de respuesta a la pregunta que sirve de título al artículo de Pepe Gutiérrez lo único que me resta agregar es que de todos los acontecimientos aquí referidos lo que más me molesta no es la agobiante lentitud del entendimiento humano, condenado a tropezar mil veces con la misma piedra. Es la rapidez con que se eleva soberbio y omnipotente. Trotsky no pudo acabar de un disparo con los trabajadores de Kronstadt, pero la historia, rica en moralejas, le dio caza a él, como una perdiz.
“Kronstadt ha costado caro a los bolcheviques.
La caída de Kronstadt es la caída de los bolcheviques.
Los bolcheviques pueden fusilar a los kronstadianos
pero no podrán jamás fusilar la verdad de Kronstadt.”
Stépan Maximovitch PETRITCHENKO, 1921.
Presidente del Comité Revolucionario Provisional de Kronstadt
Notas:
(1) La Teoría de la Relatividad, como antes el materialismo histórico o la teoría de la evolución de las especies, modificaron radicalmente la percepción de la vida cotidiana en los albores del siglo XX. Contemporánea de Lenin y Trotsky –la relatividad especial fue publicada en 1905 y la general en 1915- su referencia en este contexto no tiene por objeto señalar que ellos podrían haber aprovechado, antes de 1917, sus derivaciones epistemológicas. Aunque el conocimiento que Lenin y Trotsky tenían de la ciencia no es ya el del Engels de “Dialéctica de la naturaleza”, la teoría tardó bastante en ser comprendida, aceptada y divulgada suficientemente. No obstante, no debería suponer ninguna dificultad algunos años más tarde.
Uno de los “experimentos mentales” que la caracterizan, difundido por el propio Einstein y referido al concepto de simultaneidad, supone dos observadores, uno en tierra y el otro en un tren en movimiento. Si en ese momento cayeran dos rayos, uno atrás del tren y otro delante, su caída podría ser definida como simultánea por el observador en tierra –uno de los sistemas de referencias-, pero no por el que va montado en el tren –el otro sistema de referencias-, porque él vería antes aquel rayo hacia el cual el tren se dirige. Debido a la velocidad de la luz –300.000 kilómetros por segundo- puede que a pesar de ser hipotéticamente impecable el experimento no pudiera ser comprobado en la práctica por un observador común y corriente, pero es igualmente formulable para velocidades inferiores a la de la luz, como la del sonido –340 metros por segundo-.
Referencias:
Bakunin, Mijaíl; Consideraciones filosóficas, 1870. Edición electrónica de http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/filosofia/ consideraciones/indice.html
Berkman, Alexander; Kronstadt, 1920-2001. Edición electrónica de la Colección con.otros, Barcelona.
Castoriadis, Cornelius; El papel de la ideología bolchevique en la aparición de la burocracia. Edición electrónica en http://www.fundanin.org
Volin (Vsévolod Mijaílovich Eijenbaum), La revolución desconocida, 1954-1977. Ediciones FORA, Buenos Aires. La carta fue publicada en Izvestia, Nº 14, del 16 de marzo de 1921.
Trotsky, León; Historia de la Revolución Rusa, 1932-1997. Edición electrónica de la Red Vasca Roja.
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