1.
Muchos compartimos la ilusión de adelantar un diagnóstico sobre “lo que verdaderamente está pasando hoy en el mundo” (con esta frase comienza un reciente artículo de Pedro Perucca en Jacobinlat.com).
¿De dónde nos viene este impulso, esta desmesurada pretensión de entenderlo todo? De la Modernidad, sin duda. Al hombre anterior a ella le bastaba compartir un relato que no explicaba todo, pero bocetaba los grandes gestos de la configuración del mundo. De su mundo. Porque entre otras cosas, no solo no existía, obviamente, la globalización, sino que ni siquiera un mundo compartido.
¿Qué es “lo que verdaderamente está pasando hoy en el mundo”?
El sentimiento más común, más universal del mono más desarrollado entre los actuales habitantes de este planeta, es el que ilustra aquel grafiti que se convirtió en meme y que encabeza esta página: Hemos sido engañados.
Apareció un día de 2016 en la fachada de un barrio de Alcalá de Guadaíra, en Sevilla, denunciando el hecho de que esas casas no habían sido entregadas en alquiler social tal como se prometió.
Fue un caso particular. Pero, respecto al sentimiento generalizado, me refiero otra cosa, a otro tipo de engaño. ¿De qué tenor es este engaño? ¿Qué es lo que tiene de molesto, de incómodo, de fastidioso? Los engaños existen, se denuncian, se actúa, se procede contra ellos y, se gane o se pierda, quedan reducidos al problema de lo que es justo o ha dejado de serlo. Pero, ¿cómo actuar si los que nos hemos engañado somos nosotros mismos?
“Emosido” y “nosemo” engañado.
2.
Funcionamos desde la autoevidencia. Esto quiere decir: maquinal, involuntariamente, sin poder escapar del ciclo afirmativo. Pero la vida no es solo afirmación, es también negación. Por eso chocamos permanentemente con la realidad y nos sentimos frustrados.
Una definición dice de autoevidente: Las proposiciones autoevidentes son aquellas que se revelan como verdaderas sin que el sujeto tenga que realizar para ello ninguna inferencia o apelar a ninguna otra evidencia. Autoevidente significa, pues, dar por hecho lo que solo es una posibilidad e, incluso, considerar la posibilidad de algo que es casi imposible.
Vivimos un ciclo “autoevidente” desde comienzos de la Modernidad. Muchas cosas, desde entonces, parecen indicar que, para el hombre, casi todo es posible.
La síntesis de la urea en 1828 marcó el momento en que por primera vez un compuesto orgánico fue obtenido artificialmente y, desde entonces, muchos otros fueron concebidos en laboratorios. En 1927 Fritz Haber obtuvo nitrógeno de la atmósfera, mientras que un tiempo antes se saqueaban las tumbas, los campos de batalla y hasta los enterramiento egipcios para obtener el nitrógeno indispensable para la agricultura. Desde entonces, son innumerables las conquistas de la técnica. En 1969 el hombre llegó a la Luna. Hoy espera regresar.
El marxismo pertenece a esa época: su supuesta cientificidad es la misma que se aplica en el dominio de la naturaleza e imagina que funciona de modo semejante con la sociedad, mientras considera a la negación plenamente incorporada a su sistema. Pero la negación hegeliana es lo contrario de la negación, porque en la dialéctica queda incorporada a un devenir que siempre termina siendo afirmativo. Mas, lo negativo, lo negativo a secas, prolifera como cualquier otra circunstancia y no hay fuerza humana que pueda evitarlo.
No tenemos conciencia de hasta qué punto somos adictos al éxito, a estar cada vez "más a gusto".
Cuenta Buck Morss en Hegel y Haití:
El azúcar transformó las plantaciones coloniales de las Indias Occidentales. Tanto en términos de capital como de trabajo intensivo, la producción de azúcar fue protoindustrial, provocando un aumento precipitado en la importación de esclavos africanos y una intensificación brutal de su explotación laboral para satisfacer la nueva y aparentemente insaciable demanda europea de la dulzura adictiva del azúcar. (negritas mías)
Dice Heidegger en los Cuadernos negros 1938-1939:
“…el arte pasa a ser techné en el sentido de la técnica, se lo puede encargar y calcular políticamente, pasa a ser un medio entre otros para hacer manejable lo dado, concretamente en la forma de la sublimación. «Lohengrin», y una y otra vez «Lohengrin», y los tanques y las escuadras de aviones son cosas que van juntas, que son lo mismo.
Pero la uniformidad de estas cosas, que solo en apariencia son diversas, no es más que el precario comienzo de un «desarrollo», de una serie de cosas que hasta entonces aún no las había habido, en vista de las cuales el hombre confirma su hominización de forma cada vez más segura, sintiéndose cada vez más a gusto.” (negritas mías)
Mucho más cerca, el último Perón advertía, en Modelo argentino para el proyecto nacional, escrito en 1974:
“Me parece evidente que la indebida utilización de tales mecanismos de difusión cultural enferman espiritualmente al hombre, haciéndolo víctima de una patología compleja que va mucho más allá de la dolencia física o psíquica. Este uso vicioso de los medios de comunicación masivos implica instrumentar la imagen del placer para excitar el ansia de tener. Así, la técnica de difusión absorbe todos los sentidos del hombre a través de una mecánica de penetración y la consecuente mecánica repetitiva, que diluyen su capacidad crítica.
En la medida en que los valores se vierten hacia lo sensorial, el hombre deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un «hombre-niño», que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustración, al inconformismo y a la agresividad insensata. Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad creativa para convertirse en pasivo fetichista del consumo, en agente y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes.” (negritas mías)
Un facilismo, pues, autoindulgente que en no pocos temas —el de la energía, sin duda, pues hemos consumido en 200 años el petróleo acumulado durante millones— se aproxima a las decisiones de un demente.
3.
¿Todo se termina transformando en su contrario?
La fantasía de los indigentes y sectores pobres argentinos que votaron a Milei, era que todo estaba bien con ellos, que lo que estaba mal era el mundo. Se autoperciben marginales, ajenos a la sociedad, y en Milei creyeron encontrar la explicación: la sociedad es la equivocada porque el sentido del trabajo, del esfuerzo, había sido robado por las doctrinas socializantes: lo que me dan no es por mi bien, es para mantenerme afuera.
El sacrificio —el hacerme a mí mismo trabajando de lo que sea— otorga un sentido que no se encuentra en el simple pasar. El sacrificio ha sido siempre un gran dador de sentido.
Este juego de la inversión paradójica, del giro abrupto de la interpretación, no es en realidad tan extraño. Viktor Frankl —neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, creador de la logoterapia, una de las versiones del análisis existencial—, que estuvo entre 1942 y 1945 en cuatro campos de concentración, hizo esta asombrosa afirmación:
¿Puedes imaginar una situación para un ser humano que esté más llena de estrés que Auschwitz? Y prácticamente toda la sintomatología neurótica desapareció allí… Por otro lado, en el estado de bienestar de Austria… la pregunta de mayor rango entre los estudiantes era el suicidio entre jóvenes de 14 a 15 años de edad.
Los jóvenes que instauraron la idea de que podía existir un computador personal (el Personal Computer) cuando el mundo del ordenador se limitaba a las grandes estaciones de IBM y Burroughs eran, en su gran mayoría, liberales estadounidenses, es decir, chicos más bien de izquierda. No necesariamente anarquistas ni comunistas pero, para decirlo de algún modo, potenciales votantes de Bernie Sanders.
Habían vivido el hipismo y las movilizaciones contra la Guerra de Vietnam y cuando se lanzaron de cabeza a la informática imaginaban que le estaban robando al sistema una buena porción de su poder.
Y era cierto que robaban, pero no el fuego, como Prometeo.
Una de las anécdotas más graciosas de esa época, en una de sus versiones —hablamos de la década del 70—, tuvo por protagonista al Capitán Crunch —John Draper, quien sigue vivo y programando—. Cuentan que mientras comía en la cocina sus cereales preferidos —los Crunch— sacó el silbato que venía de regalo en el interior de la caja —un juguete para niños— y lo sopló. Inmediatamente, escuchó a su madre —quien hablaba por teléfono— quejarse de que se había interrumpido la comunicación.
Al parecer, la secuencia se repitió un par de veces y el Capitán cayó en la cuenta de que el sistema telefónico estaba programado mediante frecuencias de sonido. En fin. Prueba va, prueba viene, terminó deduciendo todas las frecuencias del teclado y construyendo un pequeño aparato que bautizó Blue Box que, acercándolo al micrófono de un teléfono público y tecleando en él los números correspondientes, te permitía llamar a cualquier lugar del mundo. Por ello fue arrestado en 1972, pero compartió su descubrimiento con otro par de jóvenes que terminaron siendo esenciales en la historia de la informática personal: Steve Jobs —que logró vender unas doscientas Blue Box por 150 dólares cada una— y Steve Wozniak, los fundadores de Apple.
(Hay, por supuesto, innumerables episodios hasta llegar al Apple I, una versión de garaje de la primera computadora personal, pero rescato estas historias archiconocidas en el ambiente informático pensando en los jóvenes. No es que pretenda con ellas que un filósofo analítico se incline hacia Heidegger.)
El tema es que, ahora que Apple vale 4,11 billones de dólares (4.110.000.000.000, cuatro mil ciento diez millones de millones) y es uno de los “seis grandes” de la informática mundial —Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Nvidia—, al momento que Tim Cook —el Ceo continuador de Jobs— está por dejar su puesto a una nueva gerencia, a nadie se le ocurriría pensar que la compañía Apple es un modelo alternativo al capitalismo depredador.
4.
Hoy asistimos al despliegue de, al menos, tres movimientos entrelazados de autoafirmación que son la continuidad en cierto modo lógica o, cuando menos, predecible, del devenir último de la Modernidad:
- el desarrollo de la Inteligencia Artificial
- los nuevos proyectos espaciales
- y las guerras de Ucrania e Irán.
La aceleración de estos “imposibles” no es más que un síntoma, un reconocimiento, de que aquella se está por terminar. No es el posmodernismo, en el que los parámetros de la Modernidad se tomaban en solfa. Esto parece ir mucho más allá.
A continuación, pues, un breve repaso de la situación actual de esos desarrollos y el porqué los llamo imposibles.
La inteligencia artificial
Mucho se ha discutido ya y se seguirá discutiendo sobre la IA, pero lo realmente notable es que de lo que se habla, fundamentalmente, no es de la secuencia de tareas que puede realizar un programa que, aunque sean infinitas, no se distinguen, en lo que tienen de esencial, del programa de un lavarropas. De lo que se habla y aquello que la gente se pregunta —y no solo el público en general, que sería hasta cierto punto comprensible— sino connotados especialistas y hasta “filósofos”, es si la Inteligencia Artificial piensa o en qué grado piensa o cuanto demorará en pensar definitivamente.
Aunque sabemos, por el más elemental sentido común, que las piedras no piensan así estén partidas en pedacitos —es decir, en estado de arena, una de las materias primas del silicio—; y tampoco lo hacen los metales, ni los cables, ni los plásticos del ordenador, la complejidad de todo el conjunto sumada al “misterio” de la electricidad —el movimiento de los electrones, que no es directamente accesible a la percepción— crean en la imaginación la apariencia de una “mente”.
Se puede llegar a esta imagen por diferentes caminos; uno, por ejemplo, el que equipare cada microprocesador de la red en cuestión —Claude, Gemini o la que fuera— a una neurona.
Lo que no tiene en cuenta esta imagen es que ya existía antes de la invención del ordenador.
La doctrina de la neurona, establecida por Santiago Ramón y Cajal a finales del siglo XIX —el modelo aceptado hoy en neurofisiología—, ya consideraba la existencia de las sinapsis o conexiones eléctricas. Y todo el Modelo Estándar de la física de partículas se funda en fuerzas de interacción.
Es decir, estamos conformados por el propio lenguaje y las representaciones de la ciencia para imaginar las cosas de este modo.
No es una novedad que las diferentes épocas han echado mano a diferentes metáforas provenientes del mundo de la técnica de su propio presente. Descartes decía que los animales eran máquinas, la metáfora mecanicista. Albert Schäffle (1831–1903), sociólogo alemán, llevó al extremo la analogía organicista comparando las distintas clases sociales y profesiones con los tejidos y órganos del cuerpo humano. Finalmente, a la metáfora computacional adhieren, a diferentes niveles, connotados autores. Solo a modo de ejemplo, el primer Putnam se animó a decir que la mente es al cerebro lo que el software es al hardware. También afirmó que si un sistema artificial reproduce las funciones de procesamiento de una mente humana, posee estados mentales reales.
Un sistema artificial puede que re-produzca las funciones de procesamiento de una mente humana, pero no las pro-duce. Y, entre aquellas, las más básicas, como el cálculo. No obstante, la principal pregunta implícita en cualquier cálculo es la que ningún cálculo puede resolver: ¿con qué sentido? —los invito a leer el cuento que acompaña esta edición, titulado Es un mono que calcula—.
Se habla de “inteligencia emocional” como un tipo particular de inteligencia, pero toda inteligencia es, en última instancia, emocional.
Pensamos —y amamos, odiamos y producimos— porque morimos.
Una inteligencia de verdad no es puramente lógica. Una inteligencia puramente lógica reanimaría al torturado que se lo mantiene con vida solo para seguirlo torturando. La “lógica” de la medicina —el Juramento Hipocrático— fallaría por completo. ¡No doctor! ¡No lo reanime, déjelo morir en paz!
Toda inteligencia es emocional. Si no es emocional, no es inteligencia. Es más, no puede no ser emocional. Lo que no significa que —volviendo al médico— él no deba controlar sus emociones y en lo estrictamente operativo —en medio de una cirugía, por ejemplo— mantener la cabeza fría.
La respuesta que uno debería dar a un estudio de Coeficiente Intelectual no es resolver los desafíos que se proponen, es preguntarse: ¿Qué hago tratando de establecer mi CI? ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué la sociedad nos propone estos parámetros? ¿Con qué sentido? Eso es una respuesta inteligente. A todo el que se siente a responder habría que enviarlo, simplemente, de vuelta a casa.
Y no es que no existan personas con más capacidad de razonamiento lógico que otras. El problema es el lugar determinante que le ha otorgado la Modernidad a todo esto.
¿Cómo sucedió? Esa es la gran pregunta. ¿Por qué —aparentemente, en un solo movimiento— la humanidad priorizó lo técnico sobre todas las otras formas de entender el mundo? En vez de desayunar al lado del fuego y hablar de sus sueños, las personas salen inmediatamente a trabajar. ¿Porque Aristóteles estaba equivocado y La Tierra no es el centro del universo? (Claro que no, esa es solo la versión popular del asunto. Otras cosas, mucho más específicas, estaban cambiando al interior del pensamiento de la época, aunque se hilvanaron con eso.)
Los nuevos proyectos espaciales
Primero, acotemos la discusión, porque la imaginación febril de los tecnócratas parecen no tener coto.
Leonard Susskind (n. Nueva York, 1940) profesor en física teórica en la Universidad Stanford e investigador en campos que incluyen la teoría de cuerdas, teoría cuántica de campos, la mecánica cuántica y la cosmología cuántica, hizo, resumidamente, las siguientes afirmaciones en una conferencia magistral titulada The Physics That Makes Interstellar Travel IMPOSSIBLE, publicada originalmente en canales de divulgación científica y en YouTube a principios de febrero de 2026:
No vamos a viajar más allá del sistema solar. Y los extraterrestres tampoco vendrán a visitarnos. Puede que no estemos solos, pero estamos atrapados aquí por, esencialmente, siempre.
1. La estrella más cercana está a 4,24 años luz de distancia. La nave espacial más rápida jamás construida requeriría 6.600 años para llegar allí.
2. Seguramente podemos simplemente construir naves espaciales más rápidas. El problema es que para alcanzar cualquier velocidad cercana a la de la luz, necesitamos exponencialmente más energía.
3. Los cohetes químicos simplemente no funcionarán. Ni siquiera los cohetes de fusión funcionarán. Ni siquiera el 10% de la velocidad de la luz es alcanzable. La ecuación del cohete de Tsiolkovsky (https://es.wikipedia.org/wiki/Ecuaci%C3%B3n_del_cohete_de_Tsiolkovski) lo impide.
4. El polvo interestelar se convierte en granadas de mano cuando se viaja a cualquier velocidad cercana a la de la luz. Las naves se rompen.
5. La radiación espacial nos matará durante el tiempo necesario para viajar distancias interestelares. Es imposible protegerse sin escudos masivos, que requieren una energía masiva para acelerar y desacelerar.
Segundo. De los 184 cuerpos celestes que componen el Sistema Solar —8 planetas y 176 satélites naturales principales (considerando satélites secundarios y planetoides las cifras llegan, hasta mayo de 2022, a 1131201)— los únicos que presentan condiciones de habitabilidad tecnológica futura son la Luna y Marte.
Solo para darse una idea de algunas de las demás “opciones” de habitabilidad, mencionemos:
Venus: La superficie se encuentra a 460 °C promedio, pero (“pero”, dicen las especulaciones) a unos 50-60 km de altura, la presión y temperatura son más “terrestres”. Se ha propuesto, por eso, la idea de “ciudades flotantes”.
Con posibilidades de colonización robótica:
Titán: Atmósfera densa (protege de la radiación), gravedad baja pero estable, temperaturas de −180 °C.
Calisto: menor radiación que otras lunas de Júpiter.
Europa o Encélado: excelentes para buscar vida, pero muy hostiles para los humanos.
Tercero. Veamos ahora esos proyectos “posibles” un poco más de cerca.
Nate Hagens es Director de The Institute for the Study of Energy & Our Future (ISEOF). Posee un sitio web (www.thegreatsimplification.com) y en él ha publicado una entrevista —tras el éxito de Artemis II— a Tom Murphy, astrofísico, y DJ White, ecologista y cofundador de Greenpeace.
Ambos son interesantes, pero particularmente Murphy en el presente contexto. Trabajó en la NASA, participó de un proyecto para poner a prueba la Relatividad General en el Sistema Solar, trabajó en la evaluación de más de un centenar de propuestas de misiones espaciales, y algunas específicamente a Marte, y en el Laboratorio de Propulsión a Chorro, donde se hace la puesta a punto de cada misión.
Algunos fragmentos de la entrevista —no necesariamente continuos— son los siguientes:
Nate Hagens: en los últimos años han circulado muchas historias populares sobre la minería espacial que afirman que, una vez que explotemos las reservas de metales y minerales de los asteroides y el espacio -como el zinc, el hierro, el cobre y el cobalto-, se resolverán todos los problemas de escasez en la Tierra.
Y hace unos años vi una presentación de Jeff Bezos, y el primer tercio me dejó alucinado…
Tom Murphy: La verdad es que no he profundizado mucho en la fantasía de la minería espacial en particular. No de forma muy exhaustiva. Lo he analizado un poco en términos de cuál sería el valor de un asteroide en cuanto a sus trazas de platino y demás. Quiero decir, no se trata de trozos gigantes de oro puro ni nada por el estilo.
Contienen materiales muy valiosos. Y he analizado un poco los aspectos económicos, cuánto vale un asteroide. Pero es una cifra ridícula, en el sentido de que podrías preguntarte lo mismo sobre el oro que hay suspendido en el océano, y también es una cifra ridículamente alta en términos de valor de mercado.
Pero también me desconcierta la idea de que, sí, es extremadamente difícil. Es el tipo de adquisición de material más difícil que te puedas imaginar. No es cuestión de esperar a que surja alguna nueva tecnología, digamos, de propulsión de cohetes para hacerlo. La razón por la que fracasan económicamente todas estas startups es simplemente porque es demasiado difícil, demasiado caro.
No se encuentra en el eje real, tal y como lo describen muchos físicos. Tiene un gran componente imaginario.
…esto toca otro aspecto … hay un análisis del ciclo de vida de los costes por cada hora que un ser humano ha pasado en el espacio.
El impacto medioambiental en la Tierra equivale, aproximadamente, a 2000 veces el de una sola hora de actividad de un ciudadano medio a nivel mundial. Se trata, como sabes, de un efecto multiplicador enorme que refleja lo perjudicial que es nuestra actividad, y eso se debe a los materiales, al combustible y al simple esfuerzo que supone hacer cualquier cosa para salir de este pozo gravitatorio o mover objetos alrededor del pozo gravitatorio del Sol.
DJ White: Sí, creo que quizá habría que ponerlo en perspectiva. Tuvieron una misión de retorno de un asteroide, fueron y recogieron un poco de tierra. Fue, creo, una misión de gran envergadura y la trajeron de vuelta a la Tierra. Y el coste, y esto no era mineral metálico ni platino puro ni nada, solo es tierra.
Y el resultado fue de unos 132000 dólares la onza. Así que «ser o no ser», esa es la cuestión. Y está mal, y no solo un poco mal. Creer que esto va a suceder es no comprender la física básica, es falta de conocimientos matemáticos y es pensamiento mágico.
Nate Hagens: Bueno, sin dar nombres concretos, pero hay mucha gente en nuestras redes sociales que habla de esto con mucha seguridad.
Tom Murphy: Sí, es realmente desconcertante. Quiero decir, en nuestra cultura, descartar el futuro espacial te convierte en un bicho raro, y a mí me parece una locura. Es todo lo contrario.
La verdadera pregunta es, tal y como tú planteas, ¿cómo es posible que tanta gente sea tan crédula ante este tipo de cuento de hadas?
Nate Hagens: Quizás sea un antídoto psicológico frente a la comprensión de la finitud del ciclo del carbono, y en lugar de afrontar el declive de dicho ciclo, lo sustituimos por esta historia. Y puede que ni siquiera tengas que estar de acuerdo con ella o entenderla, pero el mero hecho de que exista aporta una especie de dopamina y esperanza.
DJ White: Es la nueva religión tecnológica. Quiero decir, tenemos a los profetas que están obteniendo beneficios, que ahora hablan de singularidades tecnológicas en las que la IA se convertirá en dioses controlados por nosotros, en las que alcanzaremos la inmortalidad subiendo nuestras almas a cuerpos robóticos, en las que expandiremos el espacio y te construiremos esferas de Dyson que envuelven a las estrellas. Es una locura.
…gran parte de lo que la gente cree ahora, con creencias motivadas, es de estilo religioso, sobre cosas que no son más reales que la carroza de calabaza de Cenicienta.
Nate Hagens: Necesitamos muchas palabras de una sola sílaba que estén ancladas en la realidad y sean relevantes para nuestra situación más allá de lo humano.
Tom Murphy: Sin duda. Si pudiera retomar algo de eso y decir, ya sabes, este tipo de creencia, esta fe, parte de esa fe, creo que es esta fe inquebrantable en la grandeza y el ingenio humanos.
Así que estamos muy orgullosos de lo que hemos logrado y no vemos límites, porque, en realidad, no entendemos del todo cómo funcionan los límites. Por eso, cada vez que alguien dice que el ingenio no tiene límites, se trata de una auténtica ignorancia biofísica. Pero creo que también nos dejamos llevar por metáforas vacías sobre la evolución.
Nate Hagens: Es un tema muy relacionado con la minería espacial, pero distinto de ella. Cuando hablamos de la colonización del espacio por parte de los seres humanos, ¿a qué zona concreta del espacio nos referimos? ¿Podrías describir algunas de las ideas más populares o cómo podría ser eso, a modo de ejemplo?
Tom Murphy: …desde mi punto de vista, todo esto son trucos publicitarios. Por un lado está la Luna, lo cual es bastante estúpido porque no hay aire, ni agua, ni comida, y hay enormes oscilaciones térmicas. La radiación es realmente difícil de soportar. Pero incluso en ese caso es algo que resulta súper difícil. El programa Apolo gastó cien mil millones, perdón, mil millones de dólares por astronauta, por día en el espacio, por tiempo y espacio.
Sabes que la Estación Espacial Internacional es mil veces más barata que la Luna. Pero eso sigue siendo un millón de dólares al día.
Marte está 600 veces más lejos y supondría unos cien millones de dólares al día, más o menos.
Hace frío. Su atmósfera contiene un 95 % de C02. Nos quejamos cuando la nuestra tiene 400 partes por millón. Tiene una atmósfera con unas 950000 partes por millón de C02. Eso es menos de un 1 % de la densidad de nuestra atmósfera. Así que es casi un vacío. En realidad es un 99,4 % de vacío en comparación con la atmósfera terrestre. La radiación, gran problema; la baja gravedad, gran problema para los huesos y la fisiología.
La pérdida ósea es un problema grave. La degeneración ocular es un problema grave. Es decir, la forma del ojo cambia y, por eso, en la Estación Espacial pasan horas al día atados a una cinta de correr, y eso no es precisamente una forma divertida de vivir, ¿verdad? Horas al día. Y aun así no es suficiente.
Cuando vuelven a la Tierra, no pueden caminar. Están inmóviles. Tardan unos seis meses a un año en recuperar más o menos su fuerza normal. En cuanto a la gravedad baja, no hemos pasado mucho tiempo en gravedad baja. O bien ha sido prácticamente ingravidez o bien la gravedad terrestre, y la ingravidez es problemática; cualquier persona con sentido común apostaría a que Marte va a ser problemático.
,,,lo primero que harías al llegar a Marte probablemente sería cavar una cueva y acurrucarte allí, esperando que tu sistema de control de presión no falle, para que tu sangre no hierva…
… De hecho, hice una encuesta entre profesores de física, estudiantes de posgrado y de grado de física allá por el 2012. Creo que se llama «Físicos futuristas» o algo así.
Y cosas como la colonia en Marte, la colonización y la terraformación, fueron situadas más allá de los 5.000 años por este grupo.
Así que, definitivamente, no en nuestras vidas, ni siquiera en los próximos 500 años, esperaríamos ver una colonia lunar o que la esperanza de vida cambiara a 200 años.
Uno siente un enorme alivio al encontrarse con personas así, cuando ya parecía que todo el mundo se había vuelto completamente loco. Y no puede sino pensar que Aristóteles estaba equivocado, pero también tenía razón. A todos los efectos prácticos —y 5.000 años parece bastante “práctico”— La Tierra es el centro del universo.
Y volviendo a la locura, una última mención incómoda pero necesaria que ilustra mi recurrencia al hecho de que el marxismo no fue una excepción sino que sumó su ingenuidad al tecnooptimismo Moderno.
En Actualización del Programa de Transición, dijo Nahuel Moreno:
...justo en el momento en que la continuación del régimen imperialista o de los regímenes burocráticos nos plantea el holocausto del genero humano, el trotskismo señala la posibilidad del más grande salto hecho por la humanidad, la conquista del universo por el socialismo. (Negritas mías)
Como sea, la ignorancia en relación al universo, injustificada en la década del 80 cuando se escribió este texto, empalidece frente a la pretensión pueblerina de exportar el socialismo, como si los hipotéticos 50000 trillones —50.000.000.000.000 millones (50 billones de millones)— de planetas con capacidad potencial de albergar vida estuvieran ansiosos de poner en práctica nuestros descubrimientos. Se necesita una fe equivalente a la de un místico del siglo XIII para semejante pronóstico.
La guerra de Ucrania y de Irán
Lo que mejor describe el estancamiento de ambos conflictos —aunque nunca hay que descartar un ataque de locura por parte del imperio— es lo que Dan Reiter describe, en How Wars End (Cómo terminan las guerras), como “apuesta por la resurrección”.
Allí relata el final de los principales conflictos armados desde la Guerra Civil estadounidense hasta el Japón de la Segunda Guerra Mundial. Y, en relación a este, detalla:
Merece la pena analizar tres estrategias como posibles apuestas para la resurrección de Japón durante el período 1944-1945. La primera es una maniobra diplomática japonesa para asegurarse una actitud favorable por parte de la Unión Soviética, ya sea un compromiso renovado con la neutralidad, la mediación para una terminación negociada o una alianza…
El segundo candidato es el lanzamiento de las misiones kamikaze…
Una tercera táctica arriesgada para lograr la resurrección habría sido el uso generalizado por parte de Japón de armas biológicas contra las tropas o la población civil aliadas. Japón contaba con un programa masivo de armas biológicas, probablemente el más importante de cualquier beligerante en la historia.
Este es el rasgo que tienen en común todos los argumentos que aún sostienen el discurso de la victoria: son voluntaristas. Anticipan que algo debería ocurrir, sin perspectivas claras que lo sustenten.
5.
Hemos sido engañados. Es cierto. Pero también, nos hemos engañado.
En la base de la Modernidad, en el giro que se inició en los siglos XV y XVI, había una promesa implícita: la técnica —completada por la ciencia— iba a resolver todos nuestros problemas. Y hasta el día de hoy, la mayor parte de aquel “nosotros” lo sigue creyendo.
¿Qué tienen en común todos estos movimientos —la IA, los proyectos espaciales y la guerra imperialista—? Que con ellos la Modernidad se convence a sí misma de que todavía tiene mucho para dar.
Heidegger, a diferencia de Marx, dirigió sus cañones no tanto contra el capitalismo en tanto capitalismo —que para él era, en esencia, angloamericanismo—, sino contra su base de sustentación, aquel giro que suministró el método y hasta la épica de su evolución: el llamado Renacimiento.
Vivimos en la era del imperialismo, definido por Heidegger como estadio supremo de la edad técnica, y no sólo del sistema capitalista. Hay “un imperialismo planetario del hombre técnicamente organizado”, explica Janicaud en este artículo, republicado el mes pasado.
Abusando de las analogías, parece un Big Bang al revés, en el que todo avanza hacia un momento singular.
De algún modo, todo se transforma en su opuesto: el poder del átomo en la amenaza nuclear; la tecnología, paradigma de la riqueza, en pobreza; la democracia en el campar de los antidemocráticos; el Iluminismo en la Ilustración Oscura; el acceso a la información infinita en desinformación infinita.
Claude Mith, la declaración de Palantir, Thiel en la Argentina, las promesas de Trump de aniquilar una civilización entera y los viajes de Artemis a la Luna apuntan todas en la dirección de una apuesta desesperada por subsistir a toda costa.
Lo que está muriendo aquí es la mismísima Modernidad.
Para terminar, una segunda invitación al lector. He subido en Apropiaciones el punto 1 del primer curso del libro de Heidegger ¿Qué significa pensar? El libro reúne los cursos impartidos durante el semestre de invierno de 1951-1952 y el semestre de verano de 1952 en la Universidad de Friburgo.
Ya en ese primer fragmento se menciona aquella famosa frase “la ciencia no piensa”, pero su desarrollo aparece, más bien, al final del libro.
Hay otro texto, de nombre casi idéntico —¿Qué quiere decir pensar?— que se publicó en castellano en el libro Conferencias y artículos de Ediciones del Serbal, Barcelona, 1994. Pero se trata de una versión condensada y reelaborada del curso universitario dictado en Friburgo, publicada en 1954 que, aunque mucho más corta, no tiene el alcance de aquel.
El fragmento ofrece solo un atisbo, pero atestigua, en contraste con estos tiempos de aceleración, lo moroso y sosegado que es el discurrir de Heidegger. Espero que sirva de incentivo para acceder al libro en su conjunto. (Lo pueden encontrar en la web o, en su defecto, escribirme)
CC BY-NC-ND 4.0
Website Builder Software