Por algunos comentarios que he recibido en relación al apunte que llamé Nueva visita a la anatomía del mono, me ha parecido necesario continuar la reflexión tratando de aclarar algunos puntos.
El planeta es independiente del hombre pero el mundo —entendido en el sentido de la frase: no existe un mundo que no se defina en relación a un ser para quien dicho mundo es un mundo— incluye al hombre, no porque esté “adentro” de él sino porque lo configura. Y entonces ese mundo —que no es más que el mundo porque no tenemos otro— no es un mero automatismo o el resultado casual de un universo en movimiento.
Ese mundo se configuró en parte de acuerdo a nuestras acciones, pero no hay acción que no prefigure de antemano qué debe hacer. Toda acción obedece, pues, a alguna interpretación.
Describir al hombre en los mismos términos en que se describen las cosas —interpretarlo, pues, como cosa—, no solo no contribuye a su comprensión sino que la entorpece.
La interpretación que acabo de resumir —debida a la filosofía y, particularmente, a Heidegger— describe más esencialmente la situación del hombre que la economía, la biología o cualquier ciencia particular, y —hoy que tenemos muchas menos posibilidades de salir vivos que hace 500, que hace 2000, que hace 10000 años— señala su tarea: ser el guardián —o el pastor— del ser.
¿Por qué digo que describe más esencialmente la situación del hombre? Porque apuntando al ser prioriza a la existencia por encima de cualquier circunstancia: en relación al “progreso”, en relación al lugar del mundo que se ocupa, a la clase social, a la pertenencia política, étnica, sexual, etc. Y además, porque apunta a su base, la vida cotidiana.
Se podría contestar: la física tampoco hace diferenciaciones en esos terrenos. Bueno, primero no es cierto. En el terreno tecnológico no solo hace sino que establece esas diferenciaciones que, además, se proyectan a todo lo demás. La física distingue épocas, juzga la historia porque la física está enhebrada en el progreso. Una física que no progrese es una contradicción en los términos. En cambio, desde la perspectiva del ser todas las épocas son, en definitiva, equivalentes.
Pero sobre todo, tiene muy poco que ver con la existencia.
La vida del hombre nunca dependió de “la física” como no sea en el sentido de que, por ejemplo, estuvo siempre sometida a la gravedad; gravedad que, obviamente, no es un descubrimiento de la física sino parte de la existencia cotidiana que, a 300000 años de surgido el Homo sapiens —por poner un parámetro—, la física toma en cuenta y nombra con la palabra gravedad. Todo lo cual no significa, no obstante, claro, que la física no contribuya a la existencia desde un punto de vista práctico. Pero son cosas completamente diferentes.
La custodia del ser, por otra parte, no refiere solo a lo orgánico de lo humano sino al sentido. No se trata de algo supervivientista o survivalista sino al revés: a que no vamos a sobrevivir a nosotros mismos si no escapamos al puro cálculo de la existencia. Marcha en el sentido de lo mejor de Marx, la teoría de la alienación, que es un antecedente indudable del trabajo de Nietzsche y Heidegger. Marx, por supuesto, no se agota en la “anatomía del mono”.
El giro antropológico del Renacimiento fue brutal.
Con la postura asumida en el Renacimiento el hombre ocupa el lugar imaginario del sujeto. Algo se independiza, en apariencia, y empieza a jugar su propio juego. Ser yo y no otro. Tener mis propios gustos. Mis propias decisiones. Pero no ya solo frente a la sociedad sino a la naturaleza porque, con la ciencia, tengo ahora mis propias herramientas “para no depender de ella”. Todo es descubierto, todo será descubierto.
Ahora me puedo “salir” del mundo y mirarlo desde “afuera”, porque la ciencia ha transformado al mundo en una imagen.
De algún modo, pasa todo al “haber-sido” o se adelanta un futuro en el que el “haber-sido” también gobierna en la forma de un “será-sido”. Como me decía un compañero marxista hace años, cuando conversábamos sobre los interrogantes de la ciencia: eso ya ha sido resuelto.
Se “supera” pues la ansiedad del estar-siendo (para una descripción literaria del estar-siendo se puede leer El entenado de Juan José Saer) recostándose en la tranquilidad del “haber-sido”. La inquietud del estar-siendo se resuelve en el haber-sido de “eso ya ha sido resuelto”. Ya “ha sido descubierto”, “ha sido encontrado”, “ha sido observado”, “ha sido analizado”, “ha sido”, es decir, no nos molesta más.
Este haber-sido es la imagen del mundo. El haber-sido congela la necesidad de seguir pensando el mundo (o rebaja ese pensamiento a lo menos esencial). Ejemplos son el fascismo, en la izquierda en general, o la Revolución Rusa, en el estalinismo. El fascismo es propuesto por la izquierda como un asunto cerrado, algo de lo que no es necesario discutir. Pero entonces, se cierra la posibilidad de la historia. La historia no es un índice de cosas pasadas que ya fueron de un modo determinado, acabado. Si hay historia es porque el pasado no se congela sino que se sigue discutiendo. Si no, no serían necesarios los historiadores, bastaría con lo libros de historia. El historiador no es, fundamentalmente, quien escribe la historia. El historiador es quien la reescribe, no tanto porque descubra nuevos hechos sino nuevas interpretaciones —que lo llevan a considerar la posibilidad de otros hechos— porque en esa reescritura persigue, en definitiva, cómo nos relacionamos siendo-en-el-mundo y esa relación cambia día a día.
La historia viva no es un haber-sido, la historia viva es un seguir-siendo o, simplemente, otra vez, estar-siendo.
Si hay mundo porque nosotros estamos en él, pues ese mundo no es más que el mundo, qué hacer con el mundo no se puede reducir a una cuestión económica. Es infinitamente más que económico o físico o biológico. Cualquier cosa que hagamos terminará de algún modo ahí, repercutirá sin duda en esos aspectos, pero no comienza por ahí, termina por ahí.
Necesitamos mucho más que medidas económicas, mucho más que conocimiento científico. Necesitamos, en primer lugar, reconocer lo precario de nuestra situación si nuestras herramientas se limitan solo a eso.
Si lo mejor que hemos inventado para eso es el socialismo (no incluyo aquí a los nacionalismos revolucionarios o populares socializantes, con los que en general concuerdo, pero que no son más que una solución de circunstancia), estamos perdidos. Primero porque no funcionó. Y segundo, porque no alcanza. Porque desplazar de su rol social a los poderosos es una excelente idea, pero no si hay todavía 5000 millones de personas dispuestas a reemplazarlos.
CC BY-NC-ND 4.0
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